Cita a ciegas

Por NinfaRelatos69
Enviado el 30/06/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Llevaba meses sin follar, no soy de esas que lo buscan y ya, para mí tiene que haber amor. Pero en ese momento yo no tenía novio ni estaba enamorada. Mis amigas se alarmaban de que estuviera soltera y yo les decía que no quería nada pero ellas la armaron para que aceptase a ir a una cita a ciegas que organizaron. Yo no quería una relación, mi vida ahora mismo no tenía tiempo. Pero ese día, no sé qué me pasaba. Sólo iba allí por un cometido: sexo. Creía que el chico iba a esperar lo mismo, o al menos lo que mi vestimenta sugería: un minivestido negro ajustado, sin sujetador ni bragas, que marcaba mis pezones y resaltaba mi grande trasero. Pero el hombre no paró de hablar en toda la cena. Yo ni lo escuchaba, sólo oía el ruído de sus palabras revoloteando por mi alrededor. Yo ni siquiera lo miraba a él, si no que estaba intercambiando miraditas con un hombre un poco más mayor, de unos 32 años, moreno de piel y de cabello, con un traje y una corbata bajo el que se le notan las duras horas diarias de gimnasio. Yo estaba tan caliente que ni me reconocía, quería tener a alguien dentro de mí. 

-Oye, estoy cansada. Me voy, si no te importa- interrumpí el monólogo de mi acompañante, dejé mi dinero sobre la mesa y me dirigí al ascensor. El moreno de dos mesas más adelante me siguió. Había captado mis señales. Antes de que se cerraran las puertas del ascensor ya nos estábamos besando apasionadamente. Le desabroché el pantalón y él me abrazó por atrás mientras me subía unos centímetros el vestido. Me penetró agarrándome los pelos de la cabeza, mientras yo empañaba el espejo del ascensor. Me penetró nuevamente, cada embestida más fuerte que la anterior. Cuando noté que se iba a correr, bajé y le lamí la punta para que dejara su semen en mi boca. Estaba delicioso. Ya limpio, se abrochó la cremallera, metió un dedo en mi interior, saboreó mi jugo y me colocó el vestido justo a tiempo para cuando se abrían las puertas. Una pareja con un bebé dormido entraba en el ascensor, saludándonos con la mejor de sus sonrisas. Sin despedirnos nos fuimos cada uno por su lado. Ese desconocido ya había saciado mi apetito. Tal vez otro día yo fuese a buscar otra víctima. La fiera que había en mí había despertado.


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