La criatura más cruel

Por Andres Son
Enviado el 17/06/2015, clasificado en Humor
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Nos habían reunido a todos en un círculo, Jeff se encontraba en el centro. Comenzó a delegar las tareas para el resto de la tarde, a mí me tocó el glamoroso trabajo de recolector madera para la tan preciada fogata. Después de haber asignado todos los quehaceres, decidió que era importante informarnos de los horrores que se ocultaban en el bosque. Luego de alrededor de 20 minutos había quedado claro que, en las profundidades de ese tenebroso lugar, se ocultaban un sinfín de criaturas que, al parecer, su única función en la vida era provocar dolor, mutilaciones y muerte a los pobres e indefensos seres humanos. Pensé que el portar una simple navaja realmente no balanceaba para nada las cosas en mi favor, y como si eso no fuera suficiente, nuestro simpático y bien instruido coordinador nos advirtió que este era un lugar protegido. Es decir que si por alguna razón intentaba defender mi débil vida del feroz ataque de alguna siniestra fiera, corría el riesgo de terminar en prisión. Realmente toda la situación me pareció de lo más injusta.

Me interne en las profundidades de la lúgubre zona, con grandes sentimientos de inseguridad. Con cada ruido del lugar, por más suave que fuera, daba saltos en el aire. Sentía ojos observándome a todo mí alrededor. De pronto sentí una presencia, algo que se acercaba hace mí, cada vez más rápido. El miedo se apodero de mí, me quede congelado en el lugar. Tome la navaja muy fuerte entre mis manos. Cerré los ojos y considere que un tiempo en una celda era mucho mejor opción que una lenta y dolorosa muerte en las garras de una bestia del mismísimo infierno. Grite con todas mis fuerzas y corrí con el filo de la hoja hacia mi rival. Era matar o morir pensé. Los dos nos habíamos reducido a las simples leyes de la selva. Mi mente estaba en blanco, un instinto de supervivencia se había apoderado de todo mí ser. Choque contra mi adversario con todo el peso de mi cuerpo. Un golpe. Silencio y sangre cubriéndolo todo. Abrí los ojos sin saber si estaba vivo o muerto.

Jeff se encontraba en el suelo, sin moverse, recostado en un gran charco de su sangre. Trate de llamarlo, pero no respondió, calcule que la navaja clavada en su pecho podría ser el motivo. Me senté en el suelo a su lado. Había cometido un gran error de cálculo, y el pobre Jeff había pagado el precio. En mi defensa podría decir que fue el quien lleno mi mente de miedo y preocupaciones, pero no creí que muchas personas lo entenderían de esa forma. Sabía que Jeff no era necesariamente parte de la reserva y dude que estuviera protegido por alguna de las leyes del lugar, eso no quitaba que si alguien se enteraba del pequeño incidente, igual iba a tener que pasar un tiempo en algún calabozo no muy agradable.

Decidí aprovechar el anonimato de toda la situación, saque con cuidado la navaja del cuerpo del difunto Jeff, la limpie un poco en sus ropas y me la guarde. Después procedí a ocultar el cuerpo con hojas y ramas del lugar, hasta que estuvo completamente cubierto, salude y me disculpe mentalmente con el pobre hombre. Ya no había nada más que pudiera hacer.

Volví hasta la fogata llevando una buena cantidad de leña. Nadie me pregunto por Jeff, y sentí que lo más correcto de mi parte era no decir nada. Supuse que después de toda esa larga charla enumerando todas las feroces y malignas criaturas que vivían en lo profundo del bosque, el ingenuo y desprevenido Jeff olvido decir que yo era una de ellas.


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