Rompiendo los prejuicios

Por Jaimaca
Enviado el 20/06/2015, clasificado en Amor / Románticos
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Cuando llegué y lo vi, supe que algo le pasaba. Estaba raro, como ido. No estaba alegre y con energía como siempre, si no más bien apagado y callado. Le pregunté si estaba todo bien y obviamente me dijo que sí, pero yo sabía que no lo estaba. Hicimos lo de siempre, sentarnos a tomar mate con galletitas en el balcón. Como todos los viernes, nos contamos las novedades, qué hicimos en la semana, qué tanto me cuestan los ejercicios de matemática, lo mucho que tiene que trabajar y lo poco que duerme. Parecía un viernes normal, pero sabía que no lo era. Esa mañana me escribió para preguntarme si podía adelantar el horario, y no quiso decirme por qué: "simplemente creo que no nos alcanza el tiempo para ponernos al día". Era dudoso pero acepté y allí estaba en su departamento a las cuatro de la tarde en lugar de a las cinco. Después del décimo mate y la octava galletita, me tiró: Te tengo que decir algo.

- ¿Qué pasó? ¿Por esto estás tan raro?

- ¿Estoy raro?

- Sí, como nervioso y apagado.

- Ah...

- (un par de segundos después...) Bueno, ¿y?

Tardó unos minutos que se volvieron una eternidad, odiaba que me hagan esperar y me exasperaba su misterio.

- Bueno, ¿sabés? Pasa que... tengo miedo de cómo vayas a reaccionar.

- ¿Por? No te preocupes por eso bobo, somos amigos. Te banco cualquier cagada que te hayas mandado.

- No, no es ninguna cagada. Bueno tal vez sí. Pero creo que no, al menos yo no lo siento así. Estuve hablando con mi psicólogo y me dijo que tengo que expresarte esto, que no puedo seguir ocultándotelo.

Se veía tan preocupado, nunca lo había visto así. Capaz que se droga, sabe que yo soy re anti-drogas.

- No me drogo, eh. ¿Viste cuando nos conocimos? Desde que te vi, supe que eras distinta. Especial. Con sólo diecisiete años te veías tan madura y decidida. Y bonita. Pero en ese momento yo estaba con Lucía, ¿te acordás? y no te presté mucha atención. Más bien, no le di pelota a lo que me pasaba, sentía que era una simple atracción. Yo, con treinta y nueve años, ¿cómo podía enamorarme de una piba de diecisiete? Lo mío era calentura. Sin embargo, te invité a casa aquella vez, a tomar unos mates. Algo me decía que tenía que conocerte mejor. Y nunca nos dejamos de ver. Corté con Lucía porque me di cuenta que sí sos especial, que mis sentimientos por vos son verdaderos. Me gustás mucho, Julieta.

Silencio. Mi amor prohibido, imposible... platónico. ¿Esto era una declaración de amor? Me quedé muda. De felicidad o de miedo.

- Perdón, si querés irte todo bien. Y no hablarme nunca más. Te re entiendo.

- ¡No! Es decir... (sonrío)

- ¿Y esa sonrisa?

- Es que... a mi me gustás desde siempre.

Nos quedamos mirándonos. Tenía los ojos más lindos que vi en mi vida. También tenía las ojeras marcadas y un poco de arrugas, pero para mi era hermoso, perfecto. Nos quedamos callados, así, mirándonos, unos segundos. Y entonces se levanta y se va para el living. Después de unos minutos escucho aquel lento de los 90', esa canción que estaba en la radio cuando nos conocimos.

- ¿Bailás?

Sonreí y me apreté fuerte contra él.

- Hacía mucho que tenía ganas de abrazarte.

- ¿Y de besarme?

Entonces lo miré y me acerqué a darle un beso. Al principio fue extraño, eran besos con tabaco y a mí no me gusta el cigarrillo. Pero después me acostumbré. Besaba muy bien, lento, ni muy baboso ni con la boca muy abierta. Y eran besos de él. No me importaba su edad, lo que la gente podría decir de esta pareja tan despareja. Yo estaba totalmente enamorada.


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