La puerta

Por Solaris
Enviado el 21/06/2015, clasificado en Varios / otros
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Ya apenas podía recordar aquella fatídica ocasión que le hizo sentir atrapado por sus propios demonios y no poder escapar a una fuerte sensación de súbita desesperación. Qué lejos quedaban los viejos errores y que seguridad le brindaba ese risco desde donde poder estar siempre alerta a la más mínima señal de naufragio.

En su vida había una pequeña constante pero decisiva dentro de ese deseo de no vivir fuera del presente, consciente de lo conseguido y rodeado del amor de los suyos. Los martes eran idénticos en lo posible, el ritual de nuevo tomaba las riendas que guiarían sus actividades otro día más. Y junto a esta disciplina ligera pero necesaria en sus días el destierro pesaba como una losa sobre todos aquellos recuerdos que se situaban justo antes de aquella tempestad que en su juventud empujo toda su vida hacia los impasibles acantilados, siempre amenazantes ante su continua perplejidad. Sus pasos habían tomado otros caminos, su mirada ya no se perdía con facilidad, sus sentimientos eran correspondidos, ya no había margen para soñar sino era meticulosamente la materia de la que estaban conformados los días.

Formaba parte de algo más grande, que lo alejaba de una vida hueca que terminó en su momento por desintegrar todos sus anhelos y errar cualquiera de sus pensamientos, incluso el mismo aliento era repensado como algo ajeno, días y noches que sólo reforzaban esa pesadilla que había nacido como un impulso más, solo eso.

Sus amigos, su familia, su trayectoria ininterrumpida al frente de su trabajo en incontables años solo podían ser el mejor apoyo y ese seguro a una vida alejada de los fantasmas del pasado que de una u otra manera una vez lo encerraron en una espiral de espera interminable y cruel que enmudecía sus pensamientos más cercanos a la proximidad del otro. No fue fácil, y lo sabía él mejor que nadie, cerrar esa puerta, la incertidumbre en lo cotidiano.

No eligió caminar toda una vida junto a la ausencia de la misma vida. Si un color solo podría ofrecer su misma replica en un momento dado, todo lo demás estaba y a la vez desaparecía. Era ya innecesario seguir asistiendo a la fragmentación de todo un mundo tan lejano y a la vez contenido en la retina.

 


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