La dichosa solicitud

Por Silvia Patón Cordero
Enviado el 21/06/2015, clasificado en Cuentos
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Hace unos años me aventuré a presentar una solicitud, no recuerdo bien para qué, pero el caso es que en un principio pensé que aquello sería fácil, que apenas si me llevaría algún trámite; desgraciadamente, me equivoqué.

Pasé cerca de una hora en la cola, una fila en la que la gente parecía colarse o aparecer de repente, sin razón ninguna, y entremeterse en ella; al menos, esa impresión me dio a mí. Una señora, bastante nerviosa, se quejaba todo el tiempo de que el servicio era muy lento y la atención al ciudadano bastante deplorable. Yo hubiera hecho caso a la señora aquella, sino hubiera sido porque volvió dos o tres veces más sin motivo alguno, y encima perdió los papeles que debía entregar, por lo que preferí no dar crédito a tan despistada fémina.

Una vez llegué al final, entregué mis documentos y me creí ya libre, exento de más demoras y más problemas. Pero, ¡oh, desgracia!, el señor aquel de la ventanilla me indicó con el dedo que debía ponerme a otra cola, una cola más larga aún que la anterior.

Con desesperación acaté sus órdenes y saqué fuerzas de flaqueza. Como en la anterior vez, la hilera aquella me pareció interminable, además de que la gente se infiltraba cuándo y cómo quería, y que había más de uno que ni traía lo que pedían, ni venía a nada más que a pasar el día. Unos hablaban sin ton ni son; otros protestaban airados; pero los demás callábamos sumisos y esperábamos y esperábamos con desesperación.

Por fin me tocó el turno, y me vi en la ventanilla, con lo que respiré aliviado. Entregué los documentos, incluso los que me había dado el de la primera ventanilla y me creí libre de compromiso por segunda vez. Mas… ¡qué inocente! Aquel funcionario que me atendía me indicó también que debía ir a una tercera ventanilla, puesto que me lo requerían los trámites.

-¡Pero bueno!- me quejé yo-. ¿Es que no pueden pedirlo todo de una vez? ¡Llevo toda la mañana y aún no sé cuando voy a finalizar todo el papeleo! ¡Con tanta ventanilla podrían formar un tren!

La gente se me quedó mirando, pero a mí no me importó. Pensaba que todo aquello no era más que una horrible pesadilla de la que no podía escapar.

Esperé la tercera cola con resignación, que era más larga que la que seguramente conduce al Infierno. Tuve la misma sensación que en las otras filas anteriores, pero me resistí a mirar el principio de ésta para no disgustarme por la impresión. Cuando me vi cerca del final juzgué que aquella sería la última, si bien no fue así; me sucedió lo mismo que en las precedentes.

-¡Buenos estamos hoy!- exclamé casi enojado conmigo mismo y con el mundo. Quise tirar la solicitud a la papelera, pero me faltó valor.

Me situé en dos o tres colas más, con más inquietud que otra cosa. Las esperas se sucedían y aquello no parecía tener término. Cuando pasé por infinitas colas y no conseguí nada más que desesperarme, decidí acabar con todo aquello desistiendo de mi interés.

Mas… ¿qué le iba a hacer? ¿No había ido allí para hacer algo, para llevar a cabo una acción administrativa? Si volvía a mi casa, volvía con las manos vacías. Tuve, por tanto, paciencia e insistí en mi empeño.

Las colas, que yo cifré en unas cien o algo por el estilo, acabaron en el mismo momento en que la administración cerró para finalizar sus trámites ya no de cara al público, sino en privado. Yo me sentí derrotado, engañado por una administración que ni sabe qué quiere ni puede decir o pedir de una vez todo lo que precisa de una persona. ¡Así son las cosas!


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