EL ÚLTIMO PASAJERO

Por cclecha
Enviado el 23/06/2015, clasificado en Reflexiones
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El tren está a punto de partir. Me dirijo a la culta ciudad de  París y, después de pasar la noche en un vagón-cama, espero  amanecer  allí.

                Empezamos a movernos… primero indolentemente y cada vez con más apariencia de velocidad. Reconozco que la velocidad resulta apasionante. Ir mirando por la ventanilla y ver como las imágenes van pasando con rapidez, hasta el extremo de difuminarse, implica que la realidad actual del exterior desaparece, cambiándola por un entorno nuevo, cambiante y distinto. Reemplazamos el escenario actual por uno nuevo y veloz, que todavía está por aparecer.

                Ya vamos a toda velocidad. Creo que ir a tanta velocidad es algo antagónico con el movimiento pausado y natural del ser humano. Antiguamente, todo se movía con lentitud, cuando más apartado en el tiempo, más lentos nos movíamos… y nosotros tenemos esa herencia, luego, no es de extrañar que nos dé miedo esta velocidad endiablada de los medios de transporte de hoy.

                He ordenado mi maleta en el vagón-cama y, como cualquier mortal, empiezo a sentir una punzada de hambre, avisándome que la hora de la cena ya ha llegado. Así, después de echar un vistazo por la ventana y de ver el vértigo de las imágenes, me dispongo a ir al vagón restaurante.

                Sólo entrar en él se aprecia un movimiento alegre y una densidad alta de gente. Consigo una pequeña mesa libre y le pido al camarero algo ligero: una ensalada y un pescado.

                Mientras espero que me traigan lo pedido, observo por la ventana como las luces de exterior casi si unifican por el movimiento de nuestro paso. La deseada París, el fin de mi viaje, cada vez está más cerca… todo va pasando… la ciudad muy pronto estará a mi alcance, también mi vida va pasando, no tiene pausa… todo permanece en movimiento hacia alguna parte… o hacia ninguna.

                 El camarero pone fin a mis disquisiciones, colocándome delante los dos platos pedidos… el vagón está a reventar… sigo ensimismado en mis pensamientos. Reconozco que, el viajar solo, es una buena terapia para poner tus pensamientos en orden. Ahora mismo, me doy  cuenta de voy subido en un caballo de hierro que sigue una dirección única, y obligatoria, que le marcan las vías del suelo. El tren no se puede alejar ni un ápice de la obligatoriedad de las vías. En eso se parece a la vida humana, que también sigue un camino determinado, si bien los humanos nos podemos apartar brevemente del camino, pero siempre para volver a él. No nos podemos apartar mucho de nuestra senda, siempre acabamos regresando a ella.

                Quiero pedir el postre al camarero, pero nada… es como si se lo hubiera tragado la tierra. Afortunadamente la densidad de la gente ha empezado a disminuir… ya empieza a haber  mesas libres…

                Me fijo en un caballero de dos mesas más allá de la mía. Está hablando con una pareja de jóvenes y parece como si les hiciera alguna pregunta, pero creo que, por hombros de interrogación de los jóvenes, no obtiene ninguna respuesta.

                Vuelvo a mirar por todo el vagón y todos los camareros han desaparecido, me voy a quedar sin postres… los jóvenes se acaban de levantar de la mesa del caballero, dejando su sitio a una señora gruesa y de mediana edad, que se sienta justo delante del hombre. Me parece que éste vuelve a formular las preguntas. El caballero juguetea con el cuaderno que tiene enfrente y parece que tiene que apuntar las respuestas en él… creo que la señora también  ha optado por callarse.

                   Me doy cuenta que cada vez quedan menos mesas ocupadas, y que  también la señora de mediana edad acaba de dejar su sitio a un abuelito con bastón. Me da la sensación de que el señor vuelve a empezar el ritual de preguntas que ha formulado anteriormente…

                 Por un lado aquel juego me incomoda, pero por otro lado, ya estoy plenamente convencido de que el próximo en acudir a la mesa del caballero, seré yo. Una voz interior apremiante me dice que, sin plantearme el motivo, acuda a la entrevista del hombre. Miro alrededor y el vagón ya está completamente vacío, tan  solo queda un joven que se me acaba de anticipar en la entrevista del hombre de dos mesas más para allá.

                 Finalmente el joven se levanta de la mesa del hombre… ya no queda nadie en el restaurante, estamos solos. Sé que he de ir a la entrevista del hombre… me levanto y voy para allá, me siento delante de él y lo miro.

                Creo que  ya tengo una idea más o menos hecha de lo que pasa, pero aún así visualizo al hombre que tengo delante.

                Va vestido de oscuro, entre gris y negro… las ropas no están marcadas por ninguna moda actual… inmediatamente el hombre me mira directamente a los ojos… parece como si éstos pudieran introducirse directamente en mi interior, en mi alma más oculta. Me siento transparente. Sin ningún preámbulo me suelta:

                  - ¿Cree usted que la vida, desde la perspectiva humana, tiene algún sentido o lógica oculta?

                Aquella pregunta me cogió de improviso y me encogí de hombros. Inmediatamente volvió a la carga:

                 - En la naturaleza no apreciamos ni el Bien ni el Mal ¿pero, los humanos, cree que deben hacer el Bien?

                 Mi silencio volvió a ser elocuente.

                 - Una última pregunta; ¿cree usted que la actual capacidad de razón de los humanos permite pensar en estas preguntas? ¿Tenemos el suficiente volumen, o lucidez, para optar por lo correcto?

                 Volviendo en mí la sorpresa, le contesté sin pensar:

                 - Bastante he hecho en mi vida con ir sobreponiéndome a los problemas del día a día, en intentar vivir.

                 Entonces se hizo el silencio entre nosotros y, como aspirado hacia arriba, me vi flotando y contemplé la escena del tren descarrilado, humeante por el choque, y con los vagones fragmentados, en medio de multitud de gritos de dolor y angustia de la gente que todavía estaba viva. En mi vagón-restaurante, en medio de un charco de sangre, y bajo una mesa con los hierros retorcidos, contemplé inerte mi cuerpo despedazado.

                Continué mi ascensión imparable hacia arriba y, mi último momento de lucidez fue para pensar que no sabía porque el individuo quería saber mi opinión personal, si yo no podía decidir nada… Daba igual si en mi vida había actuado correcta, o incorrectamente, yo no pintaba nada… el accidente, por ejemplo, es obra de ellos… en asuntos de dolor, enfermedad, accidentes y muerte, yo no podía determinar nada, y además, mis condicionantes eran múltiples… Entonces, ¿qué importaban mis respuestas?


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