El entierro de las fresas

Por Hubert Ettiste
Enviado el 26/06/2015, clasificado en Humor
479 visitas

Marcar como favorito

 

El mensaje que Albert dejó firmado ante notario era claro y conciso. Si bien podía parecer una mofa hacia algo tan serio como es el morirse de forma involuntaria, sin intención ni precedentes, la misiva con su firma era algo chistosa y no exenta de cierto matiz macabro que parecía restarle importancia, pero que a su vez, justo eso, era lo que lo hacia tan irreverente.

Su falta de sensibilidad y de respeto hacia su persona podían explicar muy bien su proyecto de epígrafe póstumo, su mise-en-scène perpleja y totalmente antidecorosa; esa sátira al morirse reflejaba cierta lucidez pero una falta total de madurez, un tanto preocupante. ¿Puede llorar una fruta?.

El mensaje que Albert dejó firmado ante notario, invitaba a modo de obligación, – puesto que no le vas a negar su última voluntad a un ser querido, y más si esta no te compromete en nada – a que todo el mundo que asistiese a su entierro fuera vestido con un enorme disfraz de fresa. Un disfraz confeccionado de forma personal. Cada asistente debería realizar su traje de fresa con material de plástica: cartulina o papel de metro por setenta, pinturas para el disfraz y ceras para pintarse unos mofletes rojos y alegres en la cara. Llanto de macedonia.

No asistió mucha gente al entierro. No por faltar al respeto sino porque no querían exponerse en público vestidos de fresa. El pudor y su reputación les pudo más que el respeto hacia un amigo, un primo, un sobrino o un nieto. Con una cartulina roja con motas negras hechas con pintura, una corona verde a modo de rabillo – los más artísticos realizaron una intuición minimalista de unas hojas en un lado, proyectando su peso hacia a bajo como los cuerpos de los Cristos crucificados, que se encuentran en las cruces que adornan los interiores de las catedrales del gótico italiano – y con unos mofletes rojos con un círculo de puntitos negros en su interior, resiguiendo su perímetro circular aunque un tanto uniforme, un total de cinco personas se reunieron alrededor de su ataúd. Sin cruz de bronce en la tapa.

Sus padres cogidos de la mano lloraban mientras sus lágrimas desteñían los mofletes pintados con cera. Los otros tres asistentes eran dos miembros de ese grupo de teatro amateur donde Albert se dejaba caer los martes y los jueves para interpretar papeles muy secundarios, en representaciones que luego hacían para sus amigos, en cafeterías chic, entre cupcakes de colores y cappuccinos cremosos en mesas de cuatro, donde universitarias repelentes hablaban de su semestre de prácticas en Venecia. El quinto hombre fue su compañero de piso al que hacia tres semanas acababan de echar a la calle y no tenia nada que hacer por falta de motivación. Invirtió parte de su finiquito en un traje de gomaespuma rojo con una corona radiante a modo de bodegón afrutado del siglo XVII. Era agosto. Sudaba a mares mientras los demás lloraban desconsolados.

 


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... MiPlacer.es
TvReceas - Videos de recetas de cocina Haz tu donativo a cortorelatos.com