La mujer

Por Eduardo
Enviado el 28/06/2015, clasificado en Drama
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Desperté acostada en una fría cama. Tenía los brazos cruzados en mi pecho, y a duras penas alzaba mis manos a la altura de mis ojos, pero no podía ver nada. Todo está oscuro, como cuando te levantas a media noche despertando de una pesadilla y no ves nada, sólo sientes tu respiración agitada y la frente sudorosa al tocarte la cabeza. Sin embargo, sabía que ya había amanecido, porque podía oír el canto de los pájaros allá fuera. Y centrando mi imaginación en los recuerdos, vi la aurora aproximándose, y las gallinas bajando del ciruelo y las luces en la calle, una a una, apagándose en cada poste. Después de unos momentos, sentí el aroma a tierra mojada, seguramente proveniente del jardín. Busqué la orilla de la cama con mis pies y una vez en el aire, tantee mis huaraches. Pero no los encontré. No había nada, todo estaba enrarecido, sentía que mis pies nadaban en un infinito vacío donde sólo encontraban aire y más aire que helaba mis dedos. Por fin me rendí y esperé un rato para estar segura de que era lo que había que hacer en aquellos casos. Ya antes había sido testigo de que una vecina amaneció ciega, inesperadamente, una mañana, después de que un gato le lengüeteara los ojos, pero no podía creer que a mí me estuviese pasando eso. Yo no tenía gatos, sólo un perro. Y no podía conciliar la idea de que mis ojos estuviesen muertos. Quizás, pensé, ya no podre ver a mis hijos sentados a mi alrededor, en la meza, como cuando eran niños y les repartía los montoncitos de comida que les daba a cada uno. Todo era en partes iguales. Nadie más y nadie menos, ellos reían y su alegría me daba aire, luz y fuerzas para seguir luchando en esa dura marea que es la vida. La vida de una mujer que hacía muchos años había perdido a su marido. Aunque, siendo sincera, no lo extrañaba tanto, pues cuando vivía no me ayudaba en gran cosa, ya que tomaba constantemente,  y me golpeaba…pero…yo lo amaba a pesar de todo y nunca le fui infiel. Cuando murió tuve otros pretendientes, pues yo, estaba joven y según decían era bonita, pero con el tiempo fui recapitulando mi vida y supe hacer frente a esa necesidad de ser amada a amar a mis hijos. Ellos fueron siempre los únicos en mi vida y con el tiempo supe cosechar las dichas, las semillas que tanto tiempo me costó sembrar en ellos. Al verlos hechos todos unos hombres y mujeres de bien me sentí aliviada. Me sentí feliz. Tan feliz que sólo recuerdo la fiesta de mí cumple años setenta que ellos, mis queridos hijitos organizaron, y nada más. Recuerdo las sillas alrededor de las mezas bien adornados en el salón Esmeralda. Y el grupo de música norteña acompañando las voces en una mañanita triunfal que recordaba mis sueños hechos realidad. Mi familia, todos estaban ahí cantando, con los ojos chispeantes de emoción, cuando inesperadamente todo fue oscuridad, como si un remolino me hubiese dado vueltas hasta hacerme vomitar. Sentí la caída lenta, muy lentamente, y a pesar de mis ojos empañados pude ver las piernas de todos los invitados de pie, alrededor de las mesas, frente a las sillas que se movían, como ante un terremoto, y corrían hacía mí… Y ahora, pensé, no sé porque he despertado aquí y nadie está, todo, todo es oscuridad…Pero seguiré buscando...Creo que lo encontré, tengo que salir de esta caja donde me han puesto y subir…allá arriba escucho voces…


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