El reencuentro II

Por Anita951
Enviado el 12/07/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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De repente la imagen de Antonio me vino a la mente. La forma en la que actuó esta tarde, la seguridad que transmitía y, sobre todo, su nuevo y cambiado cuerpo. La belleza que el tiempo le había brindado era abrumadora, magnética y muy excitante. Aquellos pensamientos hacían que mi sexo se humedeciera cada vez más. Mis pezones se marcaban en el sostén del bikini; comencé a rozarlos con la punta de los pulgares. La suavidad de la tela del bikini favoreció al contacto. Comencé a emitir ligeros suspiros, al mismo tiempo que una de mis manos descendió lentamente, rozando delicadamente mi vientre, para llegar finalmente hasta mi monte de Venus, ligeramente cubierto de vello púbico. Con el dedo índice, marqué la hendidura de mi vulva en el panty del bikini, pasando de arriba a abajo. Nuevamente, la tela del bikini aportó más sensualidad al momento. Aprovechando esto, bajé más hasta rozar mi clítoris, haciendo pequeños círculos en torno a él. Finalmente, después de torturarme por largo rato, metí mi mano en el panty, tocando mi sexo abundantemente húmedo y caliente. Volví a jugar con mi clítoris, imaginando que era la lengua de Antonio... Pero repentinamente me detuve. Me sentí extraña. No por el hecho de estarme tocando, pues ya lo hecho antes, sino porqué me estaba tocando. En mi adolescencia pasé la mejores noches en solitario, pensando en esos chicos guapos y atléticos de la secundaria que, al estar fuera de mi alcance, me las arreglaba yo sola para saciar esos deseos. Pero ahora me hallaba tocándome por él, mi mejor amigo. Pero quien puede culparme; ya no era aquel morenito chiquito y delgado del cual nadie se habría fijado jamás, no, se había convertido en todo un hombre; alto, fuerte, de movimientos resueltos y relajados, con una seguridad que llegaba a dar miedo.

 

Finalmente, me calmé y me dispuse a darme una ducha. Me quité el bikini y me metí en la tina. Me obligué a calmarme, pues los padres llegarían en cualquier momento y mi notable agitación podría resultar sospechosa, y meterme en un buen lío. Ya un poco calmada, salí de la tina y me puse mi bata de toalla. Recorrí los pasillos de la casa, la cual se hallaba en un silente ambiente.

-Mm, dónde estarán esos dos?- Me pregunté mientras avanzaba por la casa.

Caminé silenciosamente por toda la casa en búsqueda de mi hermano y de Antonio. Le eché un vistazo a cada espacio de la casa; el cuarto de mis padres, el otro baño, la sala, el balcón, etc. Nada. No los encontraba por ningún lado.

-Seguro se escaparon a algún table dance a ver viejas encueradas y a emborracharse, pff. Bueno, no me importa, no los buscaré más, me voy a dormir. Pero primero tomaré un poco de agua.

Fui a la cocina por el vaso, cuando escuché ligeros ruidos que al parecer procedían del cuarto de la sirvienta, Karla.

-Pero si Karla se fue hace horas, no es posible que siga aquí.

Dejé el vaso y caminé sigilosamente hasta aquel cuarto. La puerta estaba lo suficientemente entreabierta como para ver lo que pasaba en su interior. Me asomé lentamente para ver que sucedía. Y allí estaba él, acostado en la cama de la sirvienta. Con su torso al descubierto y sus pantalones de playa por los tobillos, Antonio estaba masturbándose, con una de mis blusas... Con una mano sujetaba mi blusa, la cual se pasaba por la cara sintiendo mi perfume y recorriéndola por todo su torso. Con la otra mano sujetaba su pene, el cual agitaba y acariciaba de arriba a abajo, haciendo que su prepucio cubriera y descubriera su glande y tronco. Aquella escena provocó que quisiera terminar aquello que había dejado inconcluso en el baño. Sin mucha demora mi sexo ya estaba húmedo, y mi mano ya estaba acariciando mi cuerpo dentro de la bata de toalla. Otra vez me estaba tocando, pero esta vez no sentía culpa ni incomodidad. Como no traía bragas, se me hizo más fácil acceder a mi clítoris, el cual estaba un poco endurecido y caliente. Lo acaricié al tiempo que volvía a echar un vistazo dentro del cuarto. Antonio se pasaba mi blusa por el pecho, bajando por su marcado abdomen. El contacto de mi blusa perfumada con su piel hizo que los músculos de su pecho y abdomen se tensaran deliciosamente, al tiempo que echaba su cabeza hacia atrás y emitía gruñidos de placer. Finalmente enrolló mi blusa hasta hacer una especie de aro con ella, para finalmente introducir su pene en el hueco que acababa de improvisar.

-Dios, Montse, que estrecha estás, me vuelves loco...- Decía él entre gemidos, a medida que iba subiendo y bajando lentamente a través del hueco improvisado.

Esa fue la gota que rebasó el vaso. Aquella oración retumbaba en mi mente e incrementaba mi excitación. Metí dos dedos en mi vagina húmeda, simulando estar en el lugar de mi blusa enrollada. Gradualmente el ritmo de cada uno iba incrementando; las acometidas de él iban y venían vertiginosamente, mientras que por mi parte mis dedos se internaban cada vez más profundo en mi, haciendo palpitar las paredes de mi vagina fuertemente. Finalmente, ambos llegamos a un punto en que nuestros órganos no pudieron más. Y así llegó. El clímax, la gloria anhelada, todo en aquel momento, al mismo tiempo. Él lanzó un gemido sonoro, al tiempo que su pene echó un chorro de su semen, ensuciando maravillosamente mi blusa y las sábanas de la cama. Yo por mi parte, grité fuertemente, sin importarme ya si él me escuchaba. Me recosté satisfecha en la pared mientras sacaba mis dedos empapados de mis fluidos. Limpié mis dedos con la bata. Me dispuse a retirarme sin fijarme si él se había percatado de mi gritos, la verdad no me importaba, me sentía agraciada, loca, salvaje y muy dichosa.

                                                            Continuará....

 


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