La Casa (Primera Parte)

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 09/07/2015, clasificado en Cuentos
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LA CASA (Primera Parte)

 

Siempre le tuve miedo a aquella casa. Estaba situada casi al final de la cuadra. Como las demás que la circundaban, tenía un jardín muy descuidado delante, donde entre hierbas y piedras florecían rosas. En las tardes de sol decenas de abejas, mariposas y libélulas volaban sobre ellas. Un pequeño puente de madera conducía a la calle, separada de la propiedad por una zanja fangosa que transportaba tanto las aguas albañales como los impetuosos torrentes que dejaban los aguaceros del verano.

 

Era la casa de Clara, mi abuela paterna. Durante casi veinte años, mientras la vida se lo permitió, vivió allí sola, negándose rotundamente a irse con alguno de sus hijos, porque según repetía una y otra vez ante cualquier sugerencia de este tipo, los viejos sólo sirven para estorbar, y ella no quería ser carga para nadie. Entabló una dura porfía con la casa para ver quien cedía primero, y al final perdió la batalla. Las tablas podridas de las paredes, y el techo atacado por el comején, resistieron año tras año los embates de huracanes y vientos de tormenta, mientras que a ella poco a poco se le fue la razón. Cuando comenzó a deambular por el barrio, olvidando muchas veces hasta dónde vivía, mis tíos decidieron que ya era la hora de llevársela con ellos.

 

La casa fue cerrada. Pero no por mucho tiempo. A los pocos meses, en un arrebato de granjero, a mi padre le dio por sacar provecho del enorme patio trasero. Creó una huerta para cultivar tomates de ensalada, construyó un pollero para la crianza de aves de corral, y hasta se puso a cebar un cerdo para garantizar la carne del fin de año.

 

Cada tarde marchaba a atender su siembra y sus animales, e invariablemente y contra mi voluntad, me arrastraba con él. Como quiera que de aquella casa sólo le interesaba el patio, durante nuestra estancia las ventanas y puertas laterales permanecían herméticamente cerradas. La luz del sol no llegaba nunca a las habitaciones, siempre en penumbras, y oliendo a polvo y a abandono. Con tan solo atravesar el corredor que comunicaba directamente con el patio, mi corazón se desbocaba. Miraba horrorizado en todas direcciones. Me sentía vigilado por algo que sin lugar a dudas se escondía allí.

 

Mi padre me insultaba al notar el miedo en mi rostro, y una y otra vez me ponía a prueba. Mientras él trabajaba en la huerta, colocando estacas para que las matas de tomate se enredasen en ellas, me enviaba a por tabacos o a por cualquier otro encargo a la tienda más próxima, con el único objetivo de que me viera obligado a atravesar yo solo el sombrío corredor. Pensaba que este método curaría mis paranoias.

 

Recuerdo bien aquella tarde. El sol de junio seguía muy alto en el cielo, y ni la más leve brisa movía las ramas de los árboles. Como de costumbre, recibí una orden de mi padre. Esta vez debía ir a pedirle una piocha a Darío, el vecino de al lado. Conteniendo el aliento, me dirigí al corredor. Lo hice con los ojos medio cerrados, y avanzando casi a la carrera para que aquel mal momento pasara de prisa. Y justo al llegar a la puerta, cuando ya giraba con mis manos el picaporte salvador, me decidí a abrir los ojos. Miré al interior del primer cuarto, y fue entonces que por un instante las vi. Parecían hechas de humo. Era una mujer joven, hasta hermosa, con el cabello suelto. Tomaba de la mano a una niña más o menos de mi edad.

 

Abrí la puerta espantado. Quería gritar, pero mi garganta se negaba a emitir algún sonido. Las piernas me flaquearon. No obstante, inexplicablemente conseguí fuerzas para salir. A mis espaldas, sentí un portazo atronador. Quedé con el corazón latiendo de prisa, y todo mi ser erizado de temor.

 

-Eso seguramente fue una ráfaga de viento –me gritó Darío desde el portal de la casa vecina. Me miraba fijamente a través de sus espejuelos de aumento, como si supiera exactamente lo que había pasado-. Ven, muchacho, ven a tomar un vaso de agua.

 

Aún no podía hablar. Tomé el vaso de agua con manos temblorosas, e intenté llevármelo a los labios.

 

-¿Qué te pasó? Parece que viste un fantasma….

 

-¡Las vi! ¡Las vi! ¡Están en la casa! –logré decirle, y entonces estallé en llanto.

 

Darío llamó a mi padre para que me llevara de vuelta, pero yo me negué a entrar a la casa. El se enfureció, se aflojó el cinturón y me amenazó con golpearme si no lo obedecía. Lo desafié, y sin importarme las futuras represalias, salí corriendo calle arriba a refugiarme en brazos de mi madre.

 

A partir de ese día mi padre comenzó a aplicarme una rigurosa terapia, que más que terapia, era una tortura. Para quitarme el miedo a los muertos y consolidar mi hombría, me llevó varias veces a la casa de un amigo suyo que tenía un hijo estudiando para médico en la Universidad de Santa Clara. En su cuarto había una calavera y varios huesos humanos, y fui obligado una y otra vez a tocarlos.

 

Dejé de comer carne en las comidas. Imaginaba que el filete que mi madre me servía, pudo pertenecer alguna vez a aquellos huesos, que me perseguían por las noches en terribles pesadillas. Comencé a orinarme en la cama.

 

 


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