MIRANDO LAS ESTRELLAS

Por cclecha
Enviado el 16/07/2015, clasificado en Reflexiones
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Hay una anécdota del filósofo Tales en la que se cuenta que éste iba mirando las estrellas, con la cabeza y ojos mirando hacia el cielo, cuando cayó en un pozo a sus pies que, lógicamente, no había visto.

A nosotros nos sucede exactamente lo contrario… sólo nos damos cuenta  de lo terrenal de nuestra existencia… siempre vamos mirando hacia el suelo… sólo existen nuestros pequeños problemas en la oficina, con nuestra mujer, económicos y trivialidades cotidianas… no existe para nosotros nada fuera de nuestra existencia egótica  y minúscula, con  nuestros problemas insignificantes. Este macro cosmos inter estelar que tendría que ser lo más importante, en realidad, casi no existe o es muy secundario para nosotros.

En las grandes ciudades nos empeñamos en no ver el cielo. Desde nuestros minúsculos apartamentos y desde nuestras congestionadas calles, nos esforzamos para que el firmamento sea casi imperceptible… no vemos casi nada de lo que hay sobre nuestras cabezas. Conseguimos que lo único importante sean nuestros liliputienses problemas, mientras que la inmensidad del cosmos y de sus estrellas carecen de importancia. No sabemos si en nuestra galaxia hay doscientos mil millones de estrellas, o quizás cuatrocientos mil millones… se calculan que existen mil millones de galaxias y septillones de estrellas en el universo… ¡Qué más da! Sólo le damos importancia a nuestra microscópica existencia y  pequeñez.

                Alguna vez, pocas, damos salida a nuestro asombro por la contemplación de las estrellas, pensando en que pueda haber un Dios que haya urdido tamaña complejidad. Nos damos cuenta de nuestra insignificancia. La creencia, o la religión, se encarga de esto… nos pone en nuestro sitio, no hay nada que decir. Otras veces nuestra razón intenta lidiar en el asunto. Ya el gran Einstein dijo “Lo incompresible del universo es que sea comprensible”.  Lo decía porque todo el cosmos cumple por lo menos cuatro  leyes básicas: la de gravedad, la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil… y estas leyes son entendibles por nosotros, por nuestro precario conocimiento.

Si bien no sé si nuestra razón en el fondo está prepara para asumir el reto de pretender conocerlo todo. No hay que perder de vista que el ser humano optó por la inteligencia como un mecanismo biológico de subsistencia… lo mismo que la gacela optó por la velocidad, también para asegurar su continuación biológica.  Pasamos de lidiar con el medio ambiente y nuestra subsistencia, a querer saberlo todo, cosa que no es, ni mucho menos, parecido.

                De todas formas, otro de los grandes; Inmanuel Kant, ya nos previno que cuando pensamos si el universo es finito o al contrario, infinito, nuestra razón da tantas pruebas afirmativas de una cosa como de otra. A esto se le denomina las antinomias de la razón… es decir, que tanto para una cosa, como para la otra, extrae  “conclusiones”  lógicas… total, que parece que hay muchas cosas que nos sobrepasan. Los grandes científicos y astrónomos de hoy en día también están divididos en si el universo es finito o infinito… ya Galileo se había adelantado a decir que ésta no es una materia al abasto de los humanos.

Relacionado con la inmensidad del cosmos, hay una apreciación que me subyuga… es la siguiente: ¿Para qué tantos millones de galaxias y de estrellas si no hay una consciencia que  goce de todo ello? ¿Para qué tanta grandilocuencia de formas y de materia si todo permanece en el anonimato? ¿De qué sirve tanto esplendor si nadie lo contempla? Nosotros, con nuestros medios y telescopios, a duras penas podemos visionar una pequeñísima parte del cosmos… nuestro sistemas planetario y  nuestra Vía Láctea… ¿Pero y el resto del hipergrandioso universo, quién lo contempla? ¿Alguien lo observa o simplemente está  ahí, por los siglos de los siglos, aguardándonos hasta que tengamos acceso a ello?

Todo esto es hablar por no estar callado… pero sí hay una cosa cierta; de tanto mirar las estrellas, me ha pasado como a Tales y he perdido de vista mis problemas del día a día. Me explico: en la oficina tengo un conflicto con un compañero por una comisión sobre un pedido. La cuestión es que mi compañero perdió bastante tiempo informando a un cliente sobre un producto, pero este cliente cerró el trato al día siguiente, conmigo, después de convencerlo de que así lo hiciera. La norma dice que la comisión es de quien la cierra… pero sé que habrá malas caras y estoy pensando en  que tendré que negociar con mi compañero… las pequeñas cosas del día a día se imponen… pero esto no es lo peor. Lo inexplicable es que ayer sábado me olvidé completamente, pensando en las tonterías del cosmos y otras lindezas, del cumpleaños de mi mujer. Todo el día la vi de morros y arisca y hoy domingo, con más tiempo, he caído en mi inexcusable error. No  sé cómo podré solucionar el desliz, lo que sí tengo evidente es que me llevará varios días el hacerlo.

         Está más que claro que es mejor no mirar demasiado a las estrellas, no sea que nos caigamos en el pozo desagradable de los problemas cotidianos que suele haber en nuestros pies.


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