POR SIEMPRE BEATRIZ (2 de 2)

Por Federico Rivolta
Enviado el 23/07/2015, clasificado en Terror
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Beatriz se golpeó la cabeza muy fuerte contra el suelo. Los sillones coloniales se acercaban y se alejaban de ella, y la biblioteca Chippendale flameaba como una bandera. Miró a su lado y vio que su madre se había quebrado el cuello; yacía muerta con los ojos abiertos y sin dentadura. Beatriz se llevó la mano al rostro y se despegó la prótesis de su madre que se le había adherido a la mejilla.

El dolor de cabeza no la dejaba ni pensar, lo único que tenía ganas era de acostarse a dormir. No había nada que hacer por la vida de la anciana, y se le ocurrió esconderla en algún lugar de la casa hasta que se lo ocurriese algún plan.

La sujetó de las piernas y la arrastró hasta el sótano. Luego se fue a un rincón del oscuro lugar y vomitó en un recipiente; el dolor de cabeza se había hecho más agudo. Subió las escaleras hasta su habitación, donde se acostó y no tardó en quedarse dormida.

Un fuerte silbido la despertó. Parecía el ulular de un viento frío; pero no provenía de afuera, sino del interior de la antigua mansión.

La ventana de su habitación se cerró de repente. Beatriz saltó de la cama por el ruido. Estaba oscuro, pero ella no sabía qué hora era, sentía que había dormido durante una semana.

Se sintió ahogada, intentó abrir la ventana con todas sus fuerzas pero no pudo. Camino por el pasillo del primer piso tambaleándose mientras se sujetaba de la baranda o se apoyaba en la pared, tirando cuadros y otros adornos colgantes.

Todas las luces estaban apagadas. Tocó la perilla de la luz, pero no se encendió. Fue hasta el baño. Un claro de luna la iluminó a través del tragaluz, y puedo verse al espejo; estaba pálida.

Solo por costumbre, se paró en la balanza.

– No funciona – dijo una voz – Te dije que la romperías, cerda.

Las luces comenzaron a titilar. Beatriz miró a su alrededor y de pronto la lámpara estalló. Salió del baño corriendo y los postigos de la casa comenzaron a abrirse y a cerrarse, golpeando con fuerza contra las ventanas.

– Jamás abandonarás esta casa, Beatriz – dijo la voz.

Bajó por las escaleras e intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave, fue corriendo por la casa, chocando con cada mueble. Pero todas las ventanas estaban trabadas.

– ¡Perdóname, por favor! – dijo Beatriz –, no fue mi intención. Tú me maltrataste toda mi vida

– Debiste irte si así fue. Tú decidiste quedarte. Ahora es demasiado tarde.

Se escucharon ruidos en la puerta principal, alguien estaba intentando abrirla desde afuera.

– ¡Está trabada la puerta! – dijo Beatriz – ¡Le suplico que me ayude!

El visitante forzó la puerta y logró entrar. Se trataba de un grupo de seis hombres.

– ¡Es mi madre, me persigue, ha regresado de la muerte!

Dos hombres se dirigieron al piso de arriba, otros dos se dirigieron al sótano y dos se quedaron en el salón principal junto con Beatriz.

– Disculpe, señor. ¿Oyó lo que le dije?

Nadie le contestó.

Beatriz intentó explicar lo sucedido, pero aquel que le daba órdenes al resto, no respondía a sus preguntas.

Los hombres que se habían dirigido al sótano hallaron el cadáver de su madre. Todo daba vueltas a su alrededor, su cabeza comenzó a dolerle nuevamente y el fuerte silbido volvió a lastimar sus oídos.

– ¡Esta bien!, ¡lo admito! Yo la maté. Fue un accidente; estábamos discutiendo junto a la escalera y las cosas se salieron de control.

Nadie contestó. Un instante después vio que bajaban las escaleras con una camilla y un enorme cuerpo cubierto por una bolsa negra.

El forense llegaría luego a la conclusión de que Beatriz y su madre habían caído por las escaleras, pero que ella no había muerto al instante, sino que sufrió un traumatismo cerebral, y falleció mientras dormía.

Su cuerpo y el de la anciana ya no estaban en la casa, pero de algún modo allí seguían las dos.

Beatriz giró la cabeza y vio que el antiguo espejo Luis XVI no la reflejaba, luego giró hacia el otro lado y vio una pequeña figura traslúcida de dientes amarillentos:

– Te dije que te quedarías conmigo para siempre, Beatriz. Debiste irte cuando pudiste. Ahora jamás abandonarás esta casa. ¡Jamás!

La risa de la anciana sonó en toda la mansión y Beatriz volvió a escuchar el fuerte silbido, pero esa vez no se detuvo.

 

FIN

 

 


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