180 grados

Por Ricardo Zamorano
Enviado el 30/07/2015, clasificado en Terror
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Era de noche y hacía mucho frío. La última prenda que quedaba seguía allí tendida. Era una sábana blanca. El viento la hacía bailar, semejando un vals provocado por la naturaleza. Luís quiso recogerla, pero el panorama era tan hermoso, que prefirió contemplarlo durante unos segundos más. Debido a esa absorción, no se dio cuenta que algo tras la sábana le observaba. En realidad no era nada malo para él; lo era para su mujer.

De pronto, el viento cesó el baile. La sábana se desprendió de sus fríos brazos y se quedó inmóvil, como una bailarina decepcionada. Los grillos también detuvieron su canto. El hechizo se rompió y Luís lo vio.

—¿Qui-Quién hay ahí detrás?

No hubo respuesta.

La boca se le secó. Un sudor frío comenzó a arrastrarse por su espalda como un viscoso lagarto. Los latidos del corazón se aceleraron.

Echó un rápido vistazo a los lados y agarró lo único que tenía a mano: el cesto de las pinzas; había una docena de ellas en su interior.

—No, no, cariño: hoy recojo yo la ropa. Hace mucho frío y llevas todo el día estornudando y con el pañuelo en la nariz.

—¡¿Quién hay ahí?! —volvió a preguntar con un tono de voz que no intimidaría ni al niño con menos picardía del mundo.

«Maldita sea. ¿Quién me mandaría a mí salir? Podía haberla recogido mañana. Hace frío, sí, pero según el tiempo esta noche no va a llover.»

Giró la cabeza y miró hacia la casa. No sabía qué hacer. ¿Correr como un cobarde o echarle huevos? ¿Correr o no correr? Esa era la cuestión.

Todas las luces de la casa estaban apagadas, pero una de las ventanas despedía una intermitente luz que cambiaba de color continuamente. La ventana era la del salón; la luz era la de la televisión. Su mujer estaba viendo La hora de José Mota. Escuchó su risa y luego su tos,  una tos que no tenía nada que ver con el resfriado. Experimentó una extraña sensación de inquietud. No estaba relacionada con la tos —a eso estaba acostumbrado—, era como cuando se quiere recordar algo y no se consigue.

—No, déjalo. Estoy bien.

—Quédate ahí sentada, María, no estás bien; te estás resfriando. Además, ¿no quieres que ayude más en casa? Es más, hace un poco de frío también aquí dentro. Voy a subir la llama de la estufa.

—Hay que comprar una bombona; ya debe de quedar poco gas.

—Mañana iré a por una.

Antes de darse la vuelta, y dejando a un lado esa incómoda sensación que por un momento se abrió paso entre el terror, comprendió que si volvía a ver esa silueta tras la sábana la cuestión quedaría zanjada con la primera opción, así que nada más girar la cabeza de nuevo hacia la tela, tiró de ella. Las pinzas saltaron como saltamontes con un chasquido. La sábana se enrolló en su brazo izquierdo. Al mismo tiempo, alzó la cesta por encima de su cabeza con el brazo derecho, volteándola y haciendo que las pinzas que contenía se precipitaran, golpeándole inofensivamente en la coronilla.

—Me encanta cuando te pones así.

—¿Así cómo?

—Así de protector. Cuando me cuidas. Te pones muy gracioso.

—Anda, deja de reírte y límpiate el moco que se te cae, mocosa.

—¡Oye! ¡Pero serás…!

—Ja, ja. Pásame el tabaco, anda.

—¡Ups! Solo queda un cigarro.

—Pues para mí; tú estás mala.

—De eso nada. Nos lo fumamos entre los dos.

—Pues espera a que vuelva entonces.

—Vaaale, pero no sé si podré aguantarme: de repente se me ha despertado el mono.

—¿Tú, aguantarte cuando se ha despertado el mono? No creo que puedas.

Nadie. Detrás de la sábana no había nadie. Quien fuera que hubiese estado ahí detrás se había ido.

¿Se había ido o…?

Lentamente comenzó a darse la vuelta sobre sus talones, con la cesta aún levantada y la sábana alrededor de su brazo.

Ahí estaba. Delante de él. De cara a la casa.

Durante el segundo que su cerebro tardó en asimilar la horrible sorpresa, la sangre dejó de pasearse por sus venas, tornándose toda su tez blanca como la mismísima sábana. Luego, cuando hubo recuperado el color dio unos pasos vacilantes hacia la figura que vestía una especie de túnica negra con capucha e hizo ademán de tocarle el hombro. Se lo pensó dos veces y consideró que sería mejor preguntar.

—¿Qui-Quién eres? ¿Te encuentras bien?

Desesperado por no lograr si quiera un ligero movimiento por parte de su inesperado huésped, se decidió a darle un golpecito en el hombro, pero justo cuando lo hizo, ocurrió algo tan impresionante como inverosímil.

¡El individuo desapareció y volvió a aparecer milésimas de segundos después unos metros más adelante!

El sobresaltó provocó que Luís retrocediera, pisando una de las pinzas y resbalando. Cayó al suelo de culo, clavándose algunas de estas. No pudo gemir de dolor: su voz parecía haber hecho las maletas y haberse marchado.

Aterrado, observó cómo la figura oscura estiraba su brazo hacia la casa y alzaba la palma de la mano en ademán impaciente, como ofreciéndola para que alguien se acercara y la aferrara.

Después, todo sucedió muy rápido.

Primero vino lo que le hizo comprender la razón de aquella extraña sensación de que algo importante fallaba,

(«Voy a subir la llama de la estufa»)

 de que además de la luz de la televisión, debía verse la que debía despedir la llama de la estufa, y que no se veía.

(«… ya debe de quedar poco gas»)

La razón fue un breve destello naranja procedente de la ventana,

(«¿Tú, aguantarte cuando se ha despertado el mono? No creo que puedas)

al cual siguió una enorme explosión

(«… ya debe de quedar poco gas»)

y un destello aún más grande y anaranjado, que le destrozó los tímpanos, le cegó por completo, y le arrastró unos cuantos metros sobre el precioso jardín de su casa.

Antes de caer inconsciente, recuperada parcialmente la visión, Luís vislumbró recortadas en las brillantes llamas, no solo una, sino dos siluetas negras que se alejaban cogidas de las manos.


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