Todos Somos Asesinos Inconscientes

Por Nubis
Enviado el 05/08/2015, clasificado en Reflexiones
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Un zapato puede haber matado a más gente de lo que parece: o más bien sus cordones.

Desde que leí cierta teoría, la tengo en mi cabeza, regresando a veces como un eco. La misma trata sobre la teoría del caos o efecto mariposa, que hoy día ya no necesita explicación.
Según aseguraba ese texto, un hombre había muerto por culpa de unos cordones desatados. ¿Cómo? La verdad, como siempre, tan sencilla como terrorífica. Nunca deja indiferente.

Se contaba sobre una persona que había tropezado por culpa de tener los cordones desatados. Los había anudado mal o era una broma de su hijo o el perro, pero el caso que lo enfadó para el resto del día. Debido a ese enfado, fue haciendo una bola de nieve mental hasta el punto de pagarlo con su secretaria, y encima a primera hora, lo que la amargó a ella también al no saber a qué venía ese reproche. Para añadido tuvo cinco minutos menos de descanso, perdidos otros tantos por culpa del mal funcionamiento de la máquina de café. Una de sus compañeras estaba haciendo la idiota, como de costumbre, y sin quererlo le gritó un par de palabras que, aunque no las sintiera, resultaron ofensivas. Su compañera no dijo nada y se limitó a regresar a su sitio, arrugando sin querer un informe importante. Fue a la fotocopiadora para intentar arreglar el lío y se encontró al repartidor de charla con uno de los compañeros. Por el camino les dejó caer una indirecta, lo que hizo reír y negar por lo bajo al compañero. Sin embargo al repartidor lo pilló con las defensas bajas, así que se marchó despidiéndose de forma tosca. Le quedaba aún bastante ruta para terminar, y eso fue acrecentando su amargura hasta el punto de convencerse de que necesitaba una birra. Fue a un bar de carretera y una cosa llevo a la otra, donde cosa era cerveza y otra un taponazo de whisky. Enseguida se le subió el alcohol –había pasado de almorzar– y discutió sin saber cómo con el camarero, lo que atrajo al dueño del bar. La discusión no acabó en las manos, pero sí en una petición amable de que el hombre se marchara. El portazo fue clave en el asunto. La jornada de la mañana acabó y el dueño del bar marchó a su casa, enfureciendo por el camino y encontrando su colmo cuando llegó y comprobó que la comida aún no estaba lista. Discutió con su mujer, la cual acabó llorando en silencio y salando un poco más la comida. El silenció presidió la mesa.
Llegó la tarde y la mujer esperó a que su marido se marchase para llamar a su amante. Esperó la hora con ansia decorada de paciencia y recibió al hombre con una sonrisa. Estuvieron hablando y haciéndolo gran parte de la tarde, alarmados por las horas que se iban haciendo y que la cena ya tendría que estar lista. El último beso lo valió todo. El amante era apuesto y seguro por fuera, pero por dentro era tristeza y confusión, tan empático que se dejaba contagiar por los ánimos (desánimos) ajenos aunque no lo mostrase. Llevaba tiempo queriendo afianzar su relación con ella, pero en cada vez que la visitaba tenía que aguantar la misma historia con otras palabras sobre que el marido era el mismo Satanás disfrazado, que sólo se preocupaba por su negocio, que la tenía abandonada. La charla (él escuchando) de ese día lo deprimió más que de costumbre, preguntándose si le merecía seguir aventurando su pellejo por esa mujer. Irónicamente acabó en el bar del marido, donde, llevado por una bebida dulce, arremetió contra él con indirectas. Éste lo ignoró (lo que divirtió al amante porque resultaba una redundancia) y, henchido de ego, el amante asaltó a una joven con carnet falso que había a su lado. La chica se arrepintió entonces de la pequeña aventura al lugar, desapareciendo de un plumazo la emoción inicial. Consiguió librarse del borracho a base de arrimarse a otros clientes hasta que encontró quien la protegiese. Al comienzo de la discusión, que en lo seguro acabó en pelea, huyó de allí. Fuera giró a observar el bar para maldecirlo. Había comenzado bien la noche, y siempre tenía que aparecer algún idiota que lo estropeara. Se fue a casa comiéndose la cabeza, exagerando situaciones y conclusiones debido a su edad. Antes de abrir la puerta ya escuchaba los gritos de sus padres. Entró con cuidado y sin hacer ruido, pero no sirvió y su padre la descubrió, tomándola con ella mientras infectaba el aire con un fuerte olor. Como la chica venía caliente de lo sucedido en el bar, se armó de valor para discutir con su padre, defendiendo por una vez a su madre maltratada. Recibió un par de golpes por la impertinencia, pero eso no la hizo desistir, imaginando en el lugar de la cara de su padre el rostro del borracho que la había acosado. Se sucedieron más golpes, cada vez más serios. Fue entonces cuando la chica se arrepintió una vez quedó sentada en suelo contra una esquina. Sin embargo, antes del patazo final contra su cara, su madre apareció con un grito de guerra. Su discurso era recordar qué significa que te defiendan, y su emblema un cuchillo. El enemigo calló y cayó tras la primera carga. Ambas mujeres quedaron abrazadas junto al pasado yaciendo en el suelo.


Con la de situaciones y posibles que suceden en un día, y la de cantidad de los mismos que existen al cabo de una vida, no es de extrañar que hayamos provocado sin saber (ni sabremos) más de una situación peculiar, a veces extrema. Después de todo, sí que puede ser que todos seamos asesinos inconscientes. Desde entonces uso zapatillas con velcro.


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