Después de la luz

Por Nicolás López Moreno
Enviado el 08/08/2015, clasificado en Ciencia ficción
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Todos estaban destrozados en la habitación del hospital, Juan se estaba muriendo, ya había recibido los Santos Sacramentos. Sus hijos y familiares más cercanos estaban desde hacía horas esperando el fatal desenlace. Entraban en la habitación, rondaban los pasillos, salían a la calle para fumar algún cigarro, y poco más pues querían estar presente en esos últimos momentos.

Él ya no estaba consciente, estaba fuertemente sedado. La esposa Sara, una vida junto a él, la conoció a los 14 años, estaba llorando en una butaca situada enfrente justo de la cama del pobre moribundo, la acompañaba el mayor de sus nietos, de pie justo al lado de la butaca, con una mano en el hombro de su abuela. Pero de pronto, el monitor que controlaba el corazón comenzó a pitar, todos se acercaron, en ese momento entraron un médico y una enfermera, pidieron amablemente que salieran todos de la habitación y tras el último familiar se cerró la puerta. Todos esperaban en los pasillos y comenzaron a ver un ir y venir de personal sanitario corriendo a la habitación, salían, traían máquinas y carros con medicación y distintos utensilios médicos. Finalmente, tras una interminable hora, salió el médico y se acercó a la familia comunicando la fatal noticia.                                                                                                                  

-Lo siento, explicaba el doctor cabizbajo, no hemos podido hacer nada más, como sabíais estaba bastante mal, el corazón se estaba apagando, hasta que ya dejó de latir, ha fallecido. Os doy mi más sentido pésame.

Cuando Juan comenzó a despertar se vio en una habitación pequeña y blanca, con mucha luz, cosa que contrastaba y resaltaba con su atuendo totalmente negro, estaba sentado en el suelo y tenía justo detrás una puerta blanca también, en el suelo se veía algo de tierra. Juan se incorporó y solo veía delante otra puerta blanca, cerrada también como la que tenía detrás. En la habitación también había un butacón que parecía de piel blanca. Intento abrir la puerta que tenía ante sí y estaba cerrada, se volvió hacia la otra puerta, la que tenía tierra en el suelo, y también estaba cerrada. Hace unos días al verse en esa situación se hubiese puesto a golpear la puerta y chillar, pero no sabe por qué, no lo hizo, sino se sentó tranquilamente en el butacón como si supiese que tenía que esperar.

Una vez sentado cómodamente, comenzó a recordar cosas de su vida hasta ese momento, pero no conseguía recordar cómo llegó allí.

Se abrió la puerta y entró un hombre corpulento y también vestido totalmente de negro, al ver sentando a Juan tan tranquilo comenzó a sonreír mientras le tendía la mano, Juan se levantó y le estrecho la mano también.

-Mi nombre es Rafael, soy tu acompañante, vamos y te explico.

Juan se encogió de hombros y sin decir palabra se fue con Rafael de la habitación. Salieron como una especie de pasillo enorme, era muy ancho y extremadamente largo, tenía puertas blancas en ambos lados, Juan miró a izquierda y derecha y en ambos lados no se veía el fin, tendría que haber cientos de miles de puertas. Por el medio del pasillo había como unas vías de ferrocarril o algo parecido y estaba plagado de miles de personas que iban y venían, lo curioso para él es que todas iban vestidas de negro también. A pocos pasos de la puerta se pararon, y parecía que esperaban algo. Juan miró hacia la izquierda, vio a lo lejos un enorme tren que se aproximaba rápidamente hacia ellos, paso la máquina y como diez vagones, antes de pararse totalmente. Se abrió una gran puerta y entraron. El tren era enorme y estaba plagado de gente, le pareció curioso, aparte del atuendo negro, que todos iban de dos en dos, había mujeres, niños y hombres de todas las edades. Juan observó a su acompañante, que aún mantenía una gran sonrisa y lo miraba también fijamente, pero no habían cruzado palabra en todo el camino. Transcurridas como dos horas, tiempo calculado mentalmente por Juan, Rafael le dijo: - Bajemos. Sin más palabras, bajaron y salieron a una plaza enorme que tenía en el centro como un escenario, todos los del tren se dirigían hacia allí. Juan y Rafael se aproximaron lo máximo posible, ya que estaba repleta de personas.

En el centro de este escenario había cuatro personajes que vestían unas túnicas negras como unas especies de togas. Uno de ellos, con el pelo totalmente blanco y abundante, comenzó a hablar aunque no movía los labios, pero Juan en su cabeza lo escuchaba perfectamente, es como si le hablará al oído.

-Todos os estaréis preguntando que donde estáis y que hacéis aquí. Es fácil: estabais en el mundo de los que se hacen llamar vivos, y para ellos habéis muerto. En realidad estáis en el estado puro de vuestra existencia, esto que sentís y pensáis ahora es lo verdadero. Vuestro paso por la primera

etapa en la Luz ha terminado, jamás volveréis a esa vida, naceréis de nuevo y cubriereis otra etapa y

volveréis aquí, vais a estar aquí hasta asumir la conducta que habéis tenido, pero volveréis allí sin recuerdos y comenzaréis de nuevo desde el nacimiento, como lo llaman ellos, hasta la muerte. Aquí, no comeréis ni beberéis, no practicaréis deporte alguno, ni tendréis sexo, no habrá peleas ni disputas, pues aquí no hay nada que poseer. Todos tendréis el mismo tipo de existencia, Aquí el tiempo es relativo y lo pasaréis preparando la mente para la nueva vida, aquí podréis conocer a hermanos que ya han pasado por la Luz miles de veces, otros menos, pero como mínimo una vez. No sabemos los que no han pasado nunca de dónde vienen y dónde están. En el momento que vayáis a cruzar de nuevo la Luz, vuestro compañero os avisara y os dará las instrucciones oportunas. Tal como llegaron los cuatro supremos se marcharon, toda la muchedumbre allí concentrada se fue marchando también. Juan miró hacia arriba buscando la luz del sol y vio que no había cielo ni nubes, solo se veía luz y parecía artificial.

Cada uno se dispersaba para puntos distintos, había ocho calles en la plaza y cada pareja sabía exactamente dónde dirigirse. Ellos marcharon por una calle diagonal, tan larga que parecía no tener fin, la vista se perdía en el horizonte, con edificios grises e idénticos a ambos lados, tan altos no se divisaba el fin, Juan no sabría calcular el número de plantas. Por el centro de la calle discurrían distintas filas de vías.

 

 


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