Buzones vacíos

Por Annbethquim
Enviado el 12/08/2015, clasificado en Reflexiones
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Hoy es uno de esos días en los que la nostalgia viene a hacer una visita. Sólo basta con oír una canción,  ver una película o encontrar algo que ya no recordabas, para que algún recuerdo asalte tu fortaleza. Tu mente se activa y comienza una batalla entre el pasado y el presente. Da igual que esos recuerdos te agraden o te perturben, todos dejan la misma sensación agridulce y un ligero desasosiego que te sume en un estado de añoranza. 

 

Hace días,  y acurrucada al fondo del armario, descubrí una caja. Es una caja de cartón de esas que usan para empaquetar camisas de firma. Recuerdo que hace años la forré celosamente con un papel color oro viejo y la designe como contenedor de mi correspondencia. Hoy he descubierto, que ese tipo de comunicación,  epistolar y en desuso, se llama "snail mail". Hablando claro, hoy en día es correo lento. La caja estaba repleta de cartas que mantenía con diferentes personas. Todas estaban clasificadas y atadas en fajos con un elástico. Tita, mi vieja amiga de la Palma que solía usar sobres pequeños pero muy abultados. Tere, con su letra inmensa y sus breves cartas. Fran, con sobres celestes del correo inglés. Tenía letra de médico que a veces tenia que descifrar. Siempre había un detalle en sus cartas y me obsequiaba en cada una con regalos si valor que para mi eran grandes tesoros. Elena, la creativa, la que hacía de cada carta una obra de arte. Sus hojas eran la viva imagen de la dedicación y el cariño que ponía al escribirlas. Luego otro montón: Juan, Rocio, Francis, Lourdes... aquellos que se cansaron y apenas mandaron dos o tres misivas, pero que se merecían estar en mi caja de recuerdos.

 

Releí algunas. Descubrí, incluso, algunas que yo misma escribí y que se quedaron esperando por un sello que las llevará a su destino. Recordé, en ese instante, lo inmensamente feliz que me sentía cada vez que llegaba alguno de aquellos sobres cargado de ilusiones, de buenos deseos, de confidencias, y por qué no decirlo, de algún reproche. En aquel momento eche de menos esa sensación,  esa ilusión de saber de alguien en la distancia. 

 

Hoy daría lo que fuera por volver a abrir el buzón y encontrar pequeños tesoros que leer con un café, que me hagan sonreír y disfrutar de nuevo de la amistad que no entiende de prisas, que es paciente y se dedica tiempo.

 


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