Gamaliel, hijo de Adir.

Por Mesonikis
Enviado el 17/08/2015, clasificado en Cuentos
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Para mí, Gamaliel, hijo de Adir, acudir a la casa de Yabné, a las afueras de Josafat, podía ser tan placentero como perturbador. Allí, mientras se cocían las tortas de flor de harina aderezadas con polvo amargo de langostas, conversábamos sobre lo insípidos que eran los peces secos del lago Genesaret o de como cebaban a los terneros que, tras el sacrificio, eran examinados para poder declararlos puros a los ojos de Adonai. Pero también, y era lo que más me inquietaba, podíamos ser citados con el fin de ultimar los preparativos de algún enfrentamiento con los parientes de Mosés Aboub, cuando invadían con sus rebaños las tierras de algún miembro de la comunidad. Entonces las reuniones eran más breves, pero también más numerosas. Una vez allí, Yabné se limitaba a emplazarnos para un día concreto y con la condición de que acudiésemos con nuestras dagas, bastones y hondas.

Sin embargo, un día, a diferencia de cuando solo acudía para conversar con Abimelej, Eliakum y el propio Yabné sobre peces o terneros, éramos más de veinte quienes nos encontrábamos en torno a la mesa que había bajo la lámpara de hierro y que solo se encendía en ocasiones muy especiales. Raquel, la esposa del anfitrión, nos había preparado guisado de cordero con lentejas, un plato excepcional que reservaba para días de Pascua.

Junto a Yabné, presidiendo la mesa, se encontraba Amitai, uno de los principales magistrados del Sanedrín, cuya dignidad le impedía acudir a las reuniones que se convocasen en casa de pastores o campesinos. Por lo que, debían ser muy graves y extraordinarias las razones por las que había acudido a la casa de mi amigo, dueño de una cabaña con más de mil corderos y decenas de hombres a su cargo.

Amitai, de forma grave y en silencio, observó con reparo sus propias manos por si encontraba algún rastro de inmundicia que eliminar antes de la ablución. Tras lavárselas tres veces, como preceptuaba la halajá, partió el pan, tal y como correspondía a su cargo.

Aquel día eché de menos las risas que nos provocaban las ocurrencias de Abimelej, que apenas esperaba a que se bendijese el pan para contarnos como Ajiezer, el mercader más ladrón de la comarca, le vendía racimos al doble de su precio mientras él le robaba huevos y cebollas con la misma habilidad que un zorro. Pero tanto él como todos los que nos encontrábamos en aquella sala, a excepción del magistrado, nos sentíamos tan inquietos y preocupados porque no nos dijesen la razón por la que nos habían convocado, que nadie fue capaz siquiera de hablarle a su compañero de mesa.

Cuando acabó la cena, Amitai, que en todo momento había permanecido callado, describió todos y cada uno de los pormenores de los que se componía un funeral. Desde el baño del cuerpo, pasando por las mortajas que con su blanca pureza revestían de dignidad a quienes volvían al polvo, su voz fue pasando de un leve susurro, apenas audible para Yabné, que estaba a su lado, a un hiriente y desgarrado lamento conforme se acercaba al final de su relación. Y cuando llegó al final con la keriá, no le bastó hacerlo de palabra, sino que con ira se rasgó las vestiduras ante los allí presentes. Luego, cerró los ojos, y tras invocar de nuevo el nombre de El Ha-Rajamím , Mi Dios Misericordioso, lloró por quienes a causa de sus pecados habían sido anatemizados y no podían ser enterrados en tierra sagrada.

Cuando se marchó el magistrado, los demás aún permanecimos un rato en nuestros asientos. Yabné, al igual que los días anteriores a algún enfrentamiento, nos pidió que acudiésemos al valle al día siguiente. Sin embargo, nos advirtió que no portásemos arma alguna por ser lugar sagrado. Y a pesar de que ninguno le preguntamos qué debíamos hacer o a quién se había referido Amitai al lamentarse por los anatemizados, nos dijo que allí encontraríamos a un grupo hombres y mujeres dispuestos a enterrar a una mujer. Y que aun sin armas, con solo nuestras manos, deberíamos evitar a toda costa que Mariam, la madre del rabí que fue crucificado por los romanos, yaciese en Josafat como pidió poco antes de su muerte.

 


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