Sé lo que hice este verano (2 de 6)

Por EvaManiac
Enviado el 23/08/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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En realidad, la nueva pareja que teníamos el placer de contemplar ahora estaba compuesta por dos mujeres de bonitas formas y fisonomía agradable y voluptuosa. Desde lejos no me había fijado en el carácter homosexual de este segundo grupo, pero reconozco que me agradó muchísimo contemplar a dos bellas ninfas treintañeras haciendo el amor, tal y como yo misma lo había practicado varias veces antes. Juan parecía sorprendido y a la vez muy excitado por el panorama. Ambas mujeres, completamente desnudas y parcialmente cubiertas con un enorme pañuelo de raso que, probablemente, había traído alguna de casa, tenían sus largas piernas trenzadas y no dejaban de besarse mientras ambos cuerpos se fusionaban en un encuentro a flor de piel sudorosa. La que estaba más encima tenía una de sus manos debajo del pañuelo, de forma que era imposible encontrar su ubicación exacta, aunque la respiración entrecortada de su pareja y los gemidos apagados permitían adivinar perfectamente el lugar de la práctica furtiva.

 

Juan tenía clavada la mirada en el epicentro de esa lujuria lésbica, y yo clavé la mía en el paquete que él nos estaba regalando a las tres, bajo ese pantalón prieto que ofrecía ahora un bulto considerable. Me solté la mano de la suya y la coloqué sobre la tela hinchada mientras el tío no apartaba la mirada de las dos tortilleras. Parecía que, a cada gemido femenino, el volumen y la dureza de Juan era mayor. Entonces detuve mi masaje para no forzar una extracción que, precisamente ahí, frente a dos lesbianas, no hubiera sido muy apropiada. Dudo que fuera una polla dura lo que estas mujeres querían ver ahora. No sé si mi acompañante comprendió mi decisión, pues no nos estábamos dirigiendo ni una sola palabra. Las miradas y los gestos eran suficientes para determinar la evolución de cada momento.

 

Fue entonces cuando él adoptó el siguiente gesto colocándose detrás de mí para comenzar a besarme el cuello y acariciar mis hombros. Parece que este iba a ser el momento clave para iniciar un acto sexual con un desconocido que se podría decir que me había sido impuesto, y que ahora yo celebraba empezar a disfrutar. “¿Te excitan las lesbianas?” me susurró al oído mientras colocaba sus dos manos sobre mi blusa a la altura de mis pechos. No respondí. Tenía los ojos cerrados y ya casi no me acordaba a quiénes teníamos delante. Las caricias de Juan sí que me estaban excitando muchísimo y el masaje que ofrecía a mis mamas propició que mis pezones se endurecieran de forma abrupta y dolorosa. Él noto esa consistencia bajo la tela porque, muy cuidadosamente, intentó pellizcarlos con dos dedos de cada una de sus manos. Alargué mis brazos hacia abajo para palpar sus piernas tras las mías, frotándolas suavemente primero y más contundentemente después, a modo de indicador de excitación. Sus manos ya estaban recorriendo todo mi cuerpo cuando decidí abrir los ojos para disfrutar también con las vistas. Ambas mujeres sabían lo que estaban generando en sus espectadores, y nos miraban de reojo como esperando siempre un paso más por nuestra parte. Y no tardó en llegar porque, súbitamente, mi pareja introdujo ambas manos bajo mi falda para levantarla completamente y mostrar mi ropa íntima a las respetables. Fue un momento tan álgido que no pude evitar soltar un pequeño gemido de aprobación, e inmediatamente Juan palpó mi entrepierna sobre mi tela mojada mientras yo juntaba, como nunca, las dos rodillas con la intención de evitar un tocamiento más explícito en mi zona genital que me llevara al paroxismo definitivo. Mi gesto era parecido al que se adopta cuando estás a punto de mearte encima, justo antes de llegar al baño. Y es que no me apetecía ir tan rápido. Algo con lo que no estaba muy de acuerdo mi amigo porque, sin titubear un ápice, y siempre desde atrás, se agachó a la altura de mi trasero y estiró de mis bragas hacia abajo con un solo gesto violento. Cuando él se incorporó de nuevo mi prenda descansaba en mis tobillos y, al levantar de nuevo mi faldita mostró mi zona genital a las dos tortilleras que, de repente, dejaron lo que estaban haciendo, se miraron y rieron jocosamente a la cara. "Será mejor que pilléis el sitio que queda antes de que os lo quiten" dijo una de las tías con voz emponzoñada de lujuria.

 

Ruborizada y acalorada, me agaché rápidamente para retornar mis bragas a su posición natural, empujé suavemente a Juan hacia atrás y me dirigí al rincón sexual que, aparentemente, nos había sido adjudicado por las meras circunstancias. Juan siguió mis pasos hasta el sofá cama que nos debía servir de inspiración y, sin darle tiempo a decir una sola palabra, me senté en el borde y atraje su cuerpo hacia mí agarrándolo por ambas cinturas. "Estás muy caliente" se le ocurrió afirmar en respuesta a mis actos. Pero no le respondí. Me limité a demostrárselo frotando una de mis palmas sobre la paquetería que sobresalía de forma muy clara de su perfil, mientras alzaba mi mirada hacia la suya con la esperanza de arrancarle algún gruñido de placer. Conseguí que resoplara una vez. Y después otra. Y a la tercera comencé a desabrocharle los botones de la bragueta y, rápidamente, introduje una de mis manos dentro del pantalón.


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