Tan próximas, tan irreconciliables ...

Por Javier Garcia - Verdugo Sanchez
Enviado el 23/08/2015, clasificado en Reflexiones
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Es un lugar mágico y misterioso a la vez, que parece extraído de un cuento de hadas, de una leyenda o del mismo corazón del mundo de la fantasía. Es un cerro con unas asombrosas y espectaculares vistas que incita a una meditada y detallada observación de todo cuanto puede verse desde ese énclave. Es un elevado y solitario promontorio a mitad de camino entre las localidades de Valdemoro y Seseña, un lugar pintoresco desde el cual, en días nítidos y luminosos, se divisa una inigualable panorámica de la Comunidad de Madrid, todo un abanico geográfico que abarca de este a oeste, y precisamente, desde la ubicación más al sur de esta Comunidad, casi en las lindes de la provincia de Toledo, una estremecedora e imponente vista tanto en amplitud como en profundidad. Es prácticamente una visión aérea de la planicie donde se asienta la ciudad de Madrid y sus poblaciones aledañas. En dirección norte, contrastando con el azul intenso del cielo, se aprecia una bella línea de horizonte perfilada por el macizo agreste y quebrado de la Sierra del Guadarrama, con el bloque de Siete Picos, el saliente de la Bola del Mundo y las suaves crestas de Cabezas de Hierro, a una distancia próxima a los noventa kilómetros siguiendo la red convencional de carreteras. Inmediatamente bajo este atractivo perfil irregular de montaña y serranía se distingue la ciudad de Madrid, como un conglomerado de edificios apiñados que en la lejanía se dibuja como un apretado y denso mosaico de puntos cuadrangulares variables en tamaño, de colores ocres, amarillentos, rojizos, anaranjados y agrisados, coronado por las construcciones de mayor altura que parecen vigilar impasibles la urbe: Torre España, Torre Picasso, las torres gemelas de Colón, los nuevos rascacielos del ala norte de la capital. A los pies del mágico cerro, a unos tres kilómetros de distancia en línea recta, puede contemplarse la población de Valdemoro en su totalidad, con las modernas urbanizaciones levantadas en el sur y en el oeste de la localidad, el casco antiguo con el prominente campanario parroquial, las lomas escalonadas del parque Tierno Galván, el nuevo hospital, los muros y edificaciones del Colegio de Guardias Jóvenes y el tramo de autovía que divide en dos la población. En dirección oeste, como una línea borrosa, aplastada y alargada, se adivina la localidad de Getafe, y ligeramente bajo esta línea se distinguen los núcleos urbanos de las localidades de Parla y Fuenlabrada, como dos manchas imprecisas en tonos blanquecinos que rompen la monótona textura de tonalidades marrones, rojizas y verdosas que imponen las tierras de cultivo, barbecho y terrenos silvestres. En el extremo más occidental de la panorámica, sobre un achaparrado cerro árido y desolado, se levanta un aislado repetidor esférico de telecomunicaciones, visible desde varios kilómetros a la redonda. En dirección este, en lontananza, sobre lomas verdosas de arboledas, arbusto y helecho, se alzan perfiles aislados de ostentosos caseríos y fastuosas fincas que rodean la localidad de Chinchón, no visible desde este enclave. Bajo este rico horizonte de edificaciones puntuales, olivares y encinas, se descubre parte del Valle del Jarama, con una línea de fresnos y álamos que siguen en continuo suceder la vereda del río. En dirección noreste se perfila la nerviosa cuerda de cerros que comienza en la población de Titulcia, pueblo colgado sobre un singular promontorio que inicia esta inquieta cordillera que en suaves curvas avanza hasta la escandalosa y siniestra silueta que dibuja sobre el cielo la fábrica de cemento ubicada en un prominente otero antepuesto a a la localidad de Morata de Tajuña. Si se orienta la vista un poco más hacia el norte, surgiendo espectacularmente sobre el horizonte, de sopetón, como si de una intrincada ilusión o de un espejismo se tratara, se alzan dos elevadas y yertas torres, imponentes, dominantes, desafiantes, hipnóticas. El efecto que suscitan a la vista es instantáneo: una estremecedora parálisis, una perturbación inmovilizante. Las dos torres, tan distantes entre ellas y tan próximas a la vez, tan pegadas entre sí y tan separadas una de otra, provocan un desconcertante sobresalto, una pasmosa impresión. El pensamiento se bloquea en una confusión de conceptos, en un transitorio trastorno de la realidad, en un disparate alucinatorio: es el impacto en la retina del tan contradictorio y opuesto símbolo planteado por las dos elevaciones, tan próximas en el espacio y tan alejadas en su significado. En línea recta las torres distan apenas dos kilómetros entre sí y en la perspectiva espacial y angular que se observa desde el cerro, se aprecian muy próximas una de otra, como anexas, adyacentes, casi coincidentes en el mismo plano. Es en lo que representa cada una donde se advierte una separación dispar, casi abismal, un alejamiento insalvable, un distanciamiento inmenso, inconmensurable, casi infinito. Una de las elevaciones se alza como atalaya de vigilancia del penal de Valdemoro, símbolo de la reclusión, de las penurias y amarguras, del hastío, de la pobreza y pesadumbre, de la postración y el embrutecimiento. La otra torre se levanta como una espectacular atracción de un parque temático: “La Lanzadera”; representación de la libertad, del alborozo y la alegría, del esparcimiento y la diversión, de la opulencia y el optimismo. Dos significados contrapuestos que se confunden en la panorámica observada desde este cerro, dos contradicciones cuya visión turba los sentidos, que encandila y que cautiva, que emboba y que fascina. ¿Existe en la inmensidad del planeta otro lugar tan singular, extraordinario e impactante como éste, donde coexistan dos conceptos tan radicalmente opuestos, incompatibles e irreconciliables dentro de la armonía, el equilibrio y la serenidad que brinda el paisaje que los circunda?. Nunca se nos ocurre imaginar o fantasear escenarios o situaciones donde puedan subsistir y perdurar dos contraposiciones, dos elementos que se excluyen entre sí, dos ideas o conceptos opuestamente contrarios, dos realidades en las antípodas que ligan tan estrechamente la afirmación y la negación, como sería a modo de ejemplo un mundo donde el sol pudiera presenciar y observar la oscuridad de la noche, o donde la lluvia pudiera brotar de un cielo completamente azul y despejado de nubes, o donde los desiertos permanecieran siempre cubiertos de nieve y de hielo. Yo mismo fotografié esta excentricidad, las dos torres en un atardecer, resaltadas sobre el fondo anaranjado y canela del crepúsculo, una foto que nunca he llegado a mostrar a nadie, que conservo como una confidencia personal, como un tesoro que sólo me pertenece a mí, el secreto de un mágico escenario que yo descubrí, un lugar que parece no pertenecer a la tierra y del que sólo yo disfruto con enorme regocijo, con desmedido deleite y satisfacción.


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