DOS TESOROS DIFERENTES (PARTE 2 DE 2)

Por cclecha
Enviado el 31/08/2015, clasificado en Fantasía
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- ¡Oh no! Nada más lejos de la realidad… Precisamente no me interesa hacerme rico. El carácter material de la riqueza no me importa. Creo que esta faceta no la controlamos directamente, depende mucho del exterior… lo mismo que la fama y los honores, que obedecen a las circunstancias que nos rodean. En cambio, sí depende de nosotros nuestro interior, nuestros conocimientos y nuestra forma de ser.  Yo pretendo escarbar en la verdad y alejar a mis semejantes de la superstición.

Ni que decir tiene que las palabras del biólogo me parecieron grotescas. Para mí estaba claro que lo único que tenía valor era el dinero y el poder que ello conllevaba. Había que engañar a los demás para conseguir nuestros fines. Teníamos que ser “vivos” o “listos” para conseguir nuestros intereses. La lucha por el dinero tenía que ser nuestra. Darwin era un ingenuo, un idealista, o, en el peor de los casos, un tontaina.

El Beagle continuó su andadura por días y semanas, recorriendo toda América del Sur, cartografiando los países que recorríamos y efectuando mediciones oceanográficas, hasta que, al fin llegamos a las deseadas Galápagos.

Conseguí ser el marinero qué bajase a Sir Darwin, y a sus dos marineros ayudantes, a la isla de Santa María.

Iba  remando con lentitud, como si quisiera engañar las prisas que tenía en comprobar si el cofre de Blake me aguardaba realmente. En la barca, al frente, veía a Darwin, a sus ayudantes, y al Beagle anclado. A mis espaldas, la verde y volcánica isla de Santa María.

Debajo de la barca de remos, nos acompañaban un par de delfines y un multicolor banco de peces. Un coral rojo, moteado de algas verdes, daba de comer a aquella turbamulta de pescados.

Lentamente, pusimos pie en las cristalinas aguas de la playa. Una arena blanca y fina, como el azúcar, nos dio la  bienvenida.

Mientras pisábamos la multitud de conchas de la playa, una multitud de pingüinos corría a resguardarse de nosotros… unos flamencos rosados nos miraban expectantes, y lo más increíble de todo, fue que un pelotón de tortugas gigantes se ponía indolentemente en movimiento.

La primera impresión de Darwin fue de júbilo. Su atención estaba completamente centrada en las joyas naturales que le rodeaban, así que no reparó en que yo me apartara del grupo, con una pala, hacia la loma en la que Blake había marcado la presencia de su tesoro. No tardé en llegar al montículo, marcado por varias piedras medianas formando un círculo, en donde tenía que estar enterrado el cofre.

Una iguana retadora me hizo frente, pues había puesto sus huevos en medio del círculo… Con la pala no tardé ni medio minuto en desembarazarme de ella. Rápidamente me puse a cavar y mi pala dio, de súbito, con el cofre que estaba enterrado bastante en la superficie. Saqué el cofre, lo limpié de tierra y, antes de abrirlo, vi cómo abajo, en la playa, se divisaba a Darwin, revoloteando feliz en medio de lagartos, focas y demás animales, y dando instrucciones a sus ayudantes para que recogieran fósiles, conchas, plantas y esqueletos varios… volví a pensar que era un iluso, un ingenuo que pretendía llevarnos a la verdad a todos los mortales.

Desde estas alturas se divisaba todo el verdor de la isla… se abarcaba todo a simple vista… no podía tener mucho más de unos 16 kms de la largo por… no sé, unos 13 de ancho… Me quería tomar mi tiempo en abrir el cofre, así que mi vista se fue hacia la zona volcánica de la isla, con sus playas negras y el cráter redondo y cercano. Finalmente, forcé la cerradura del  cofre y lo abrí.

Mi desilusión fue enorme: varios instrumentos de navegación descansaban en la caja. Un antiguo astrolabio desfasado, un sextante relativamente nuevo, un octante, una corredera con su  cordel plegado, varias cartas marinas y tres míseras monedas, que ni siquiera eran de plata. Todos los instrumentos de metal, y las monedas, estaban completamente oxidados por la humedad de la isla.

Inmediatamente, una lágrima de rabia y frustración resbaló por mi mejilla, y contrastó con la alegría exultante que manifestaba el biólogo, abajo en la playa.  Volví  a pensar en el naturalista y en su ingenuidad de pensar en el dinero como algo externo a nosotros, que no llevaba a la felicidad. Sin embargo aquella alegría desbordada de Darwin… me obligaba a dudar, me  hacía entrever que el sí había encontrado su tesoro, en forma de corroboraciones a su teoría y a su verdad.  Un tesoro consistente en el conocimiento y en un interior sólido.

 


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