¿Qué pasa cuando andas algo caliente con una compañera de trabajo? I

Por Porgu
Enviado el 23/09/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Ella era de esas que no te causan una gran impresión apenas verla, ni una erección fulminante, pero que cuando ibas conociendo y viendo cada vez más, comienzas a encontrar su encanto. Ella era mi compañera de trabajo, en la oficina donde conseguí trabajo, a efectos del relato, la llamaremos .

Como acabo de decir, los primeros días, más bien semanas que estuve en la oficina, no me causó ningún tipo de interés, era simpática sí, no tenía un mal cuerpo, pero tampoco era una musa despampanante. Resultó que al poco, fui fijándome cada vez más en sus atributos, piel bien cuidada, ojos marrones, y unos 1,65 mts. de altura.

Desde esa primera radiografía que le saqué, no paré de mirarla cada día al llegar, intentando seguir descubriendo esos ocultos encantos (por lo menos para mí). Ella era simpática, como ya expliqué, pero no por eso iba a creerme yo que tenía alguna posibilidad de entrarle. A veces almorzábamos juntos en el trabajo, junto con otro compañero, y otras veces únicamente los dos.

En fin, llegaré Al día en que finalmente decidí liberar mi imaginación durante el trabajo, permitiéndome una desesperada erección. Ese día claro, su ya no tan discreta figura para mis ojos se dejaba mostrar muy bien, y yo ya imaginaba arrinconándola contra su escritorio, ansioso por abrirle esas bonitas nalgas y descubrir todo aquello que no mostraba. Pero claro, no era más que una simple fantasía absolutamente improbable. Ese día nos quedamos a almorzar, el calor que hacía era típico de un mes como julio, y su camisa escotada no me ayudaba en nada a dejar de mirarla con ganas.

Comimos, todo estuvo en orden, ella hablaba y yo solo la miraba pensando en cogérmela sobre la mesa, el piso, o donde mierda fuera. Mi miembro pedía a gritos ser liberado, y mis pantalones ya no conseguían disimular nada. Ella se levantó a lavar su plato, y yo fui al baño dispuesto a dedicarle “una” bien rápida y furtiva (sí, me dirán degenerado, pero en ese momento no me importaba más nada). Ya encerrado, me bajé furiosamente los pantalones y empecé a manosearme. Por todos los cielos, que buena paja (cualquier hombre coincidirá conmigo en que hay pajas y pajas), hervía por todos lados, y solo tenía en mi mente la necesidad de abrirla entera. No podría asegurarlo, pero diría que dejé escapar algún que otro gemido ansioso.

Salí del baño haciéndome el despistado, intentando esconder a la bestia, que iba durmiéndose. Al rato, cuando se acercó a mi escritorio a llevarme unos papeles, juraría que una leve sonrisa iluminó su rostro, sin mirarme.

 


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