Siempre de tu mano.

Por Luna White
Enviado el 12/09/2015, clasificado en Amor / Románticos
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Permanecía inmóvil en la pequeña sala con las paredes de color melocotón, repleta de sillas vacías, aunque le hubiera dado igual que estuvieran ocupadas. Sus pequeños y tan expresivos ojos azul cielo no podían creer lo que su vista no dejaba de leer una y otra vez. Su vista, uno de tantos sentidos que podía perder o verse mermado por la ID (Impresión Diagnóstica) de la RMN ( Resonancia Magnética) que el médico había solicitado y ya se tenían los resultados.

Toda la vida la habían educado en el miedo, en preocuparse por no salir a la calle en las horas más peligrosas, en rodearse de los amigos menos problemáticos y encontrar el novio más adecuado porque el mundo era un lugar muy peligroso y la felicidad era un boleto que no les tocada a muchos.

Cada una de las palabras del informe comenzaban a moverse como una ola, « ¿Ya? No es posible, no tan pronto». En ese momento se dio cuenta de cómo sus dedos habían comenzado a temblar y habían provocado que pareciera que su visión estuviera borrosa o alterada. « Respira Paula, respira».

Así empezó todo, así lo recordaba cada vez que un brote paraba su vida en seco y provocaba que se sintiera inválida, o como quisiera llamarlo la gente. Podía caminar, podía leer, podía llevar como decían los médicos, “una vida normal”. ; vida normal sin poder correr, con dolores diarios pero con buena cara. ¡Cómo le gustaba aquello a la gente!: “Tienes buena cara”. No dejaba de escucharlo cada vez que iba a su trabajo en uno de esos momentos alejada de su vida laboral que tanto le gustaba y para lo que tanto se había esforzado. Con tener buena cara todo parecía estar en orden, pero cuidado con decírselo a los demás cuando tuvieran problemas. Ellos entendían perfectamente el de Paula pero ella no podía ni imaginarse lo graves que eran los de los demás.

Gracias a Dios, tras cada una de sus visitas, llegaba a casa y estaba Diego. Solo él era capaz de tranquilizarla, canalizar toda esa ira que provocaba esa gente que creía saber por lo que pasaba sin acercarse lo más mínimo. La escuchaba, la abrazaba, la consolaba sin hacerle sentir que estaba enferma y necesitaba la caridad de todos. Solo él entendía por lo que pasaba, aquellos momentos en los que la había duchado, peinado, vestido, e incluso dado de comer.

Paula siempre lo había pensado, ¿ por qué la gente se cree con el derecho de, por “ponerse en su lugar”, opinar acerca de ello? Solo de la mano de Diego, era capaz de levantarse cada mañana, ir a trabajar o incluso sonreír.


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