Mi vecina Vicky. ¿Cliché? (Tercera parte)

Por Rumplestiltskin
Enviado el 22/09/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Es curioso cómo el deseo es capaz de distorsionar la percepción misma del tiempo, y es que muchas veces depende del mismo para hacer de unos minutos unas horas y viceversa. Revisar el móvil y caminar de allá para acá mientras espero a Diana resultan ser muy poco efectivos para calmar esa mezcla de sensaciones como la excitación y la impaciencia ahora homogeneizado.

Diana es una mujer agradable a la vista y al trato, su corto cabello rubio hace juego perfecto con la sonrisa inocente que lanza una vez que la saludas. Nos conocimos en la universidad y nos hablamos cada que encontramos un pretexto suficientemente convincente para no evidenciar la necesidad que tenga el uno del otro, lo cual hasta ahora ha terminado en un encuentro más "violento" que el anterior. Bien se podría decir que nos conocemos a un nivel que nos permite dejar de lado ese caminar de puntitas que conlleva el averiguar qué puedes hacer, qué puede gustarle y qué definitivamente dejar de lado en el sexo.

Finalmente después de tener la sensación de haber dejado una brecha marcada de tanto caminar sin sentido, me dejé llevar por la ansiedad y le llamé al móvil.

—¿Qué tal? ¿Todo bien?

—Alguien está desesperado...

—No confundas desesperación con la terrible sensación de imaginar que algo malo le había pensado a la rubita que venía en camino.

—¿Preocupación entonces? Debes estar enfermo, o algo.

—Ehh. Enfermo, sí.

 —Pues, voy subiendo, enfermo. —Soltó una leve risa mientras terminaba la oración.

El escenario estaba puesto y como chiquillo presenciando una travesura y pegado a la mirilla de la puerta, esperé a que su silueta pasara por enfrente del alcance de ese ojo indiscreto. Justo cuando mi paciencia pretendía dominar mis decisiones vi pasar su figura envuelta en un vestido claro y suelto. Una ola de sensaciones se me acumularon en el estómago queriendo reventar justo al escuchar que golpeaba la puerta de mi querida vecina.

No paré de maldecir ni un segundo por no ser capaz de desenmarañar los murmullos que alcancé a percibir a través de la gruesa puerta de madera y salí "descuidadamente" a recibir a mi amiga que, por su lenguaje corporal, parecía que le estaba haciendo pasar un verdadero bochorno.

—¡Hey, llegaste! —Dije luciendo cínico intencionalmente.

—Vaya que llegué, pero a la puerta equivocada.

—Sí al parecer alguien le dio el número equivocado. — Dijo Vicky asomando un leve tono molesto, aún con la misma vestimenta, trayendo de nuevo a mi mente la escena que recién tuvo lugar en mi departamento.

—Perdona, Dianita mil perdones. —Dije "arrepentido" seguido de un muy, pero muy hipócrita abrazo intentando disculparme por lo ocasionado, ocultando mi cara entre su cuello y su hombro, haciendo lo máximo posible por ver la expresión de mi vecina, quien después del muy barato gesto cerró la puerta de un empujón.

Lo que sea que haya causado en ella, era algo lo suficientemente fuerte como para que azotara la puerta lo que finalmente me ponía en competencia en ese retorcido juego en el que intentaba hacer partícipe a Vicky.

—Eres un cerdo, ¿sabías? —Susurró en mi oído mientras seguía abrazándola.

—¡Pero qué dice, señorita! —La apreté contra mí de las caderas sacándole un leve quejido.

—¡Bruto!

 —Mucho, lo sabes.

No tardé demasiado en pasarle la lengua por el cuello justo después de hacerle a un lado su rubio cabello. La idea de sentir que Vicky nos observaba por la mirilla de la puerta me ponía malísimo de sobremanera, tanto así que Diana tardó nada en notarlo soltando una leve risita mezclada con asombro.

—¿Tan alegre estás de verme o es tu vecinita quien te pone así?

—De qué hablas? —Dije casi balbuceando sin dejar de lamer su cuello y despejando su hombro para morderlo suavemente.

—Sabes que lo peor que puedes hacerme es creerme idiota, ¿no?— Y me clava las uñas en la cintura en señal de reprimenda.

 —Tan lista, ella. —Dije tomando dulcemente su barbilla y besándole la mejilla.

—Idiota.

Acto seguido me tomó violentamente de las caderas y me jaló para quedar contra ella, quien apoyaba la espalda justo en la puerta de mi alterada vecina, de la que por un momento me olvidé por completo al ser sorprendido de esa manera.

—¿Quieres jugar a juegos de adolescentes, eh? Juguemos en serio entonces.

El cambio en su mirada fue brutal, era deseo puro y aprovechándome de la situación la besé sin delicadeza alguna, enredando su lengua contra la mía, tomándola del cabello, empuñándolo ocasionando en ella un par de exhalaciones fuertes que a nada estaban de ser gemidos de excitación.

 Era demasiado por asimilar, como una fotografía a la que te cuesta trabajo encontrarle sentido por la multitud de siluetas que forman parte de ella, pero en este caso las siluetas eran meras sensaciones que me invadían todas a la vez exigiendo ser tomadas en cuenta: La incertidumbre de no saber qué pasaba con Vicky, la excitación al tener a Diana metiendo sus manos por debajo del pantalón sujetando mis nalgas como si intentara marcar el ritmo, el peligro de ser observado, evidenciado y obviamente echado de mi cómodo departamento por conductas poco apropiadas. Lo peor de todo es que me encantaba la situación, prueba de ello era mi dureza que me evidenciaba y la intención de subir su vestido y simplemente hacer a un lado su tanga para empezar con el delicioso vaivén propio de la entrega de dos personas que se desean con instinto animal. Me importaba poco que fuera justo ahí, incluso tan poco me importaba que llegué a considerar mandar todo a la mierda con Vicky sólo por la idea de concluir tan morbosa escena. Estaba más que claro que pensaba con cero claridad y era presa de mi instinto.

—Venga, sácame las tetas. 

Yo estaba que no me lo creía y como buen cristiano tomé su deseo como una orden. Quería jalonear su escote, romperlo, arruinar ese lindo vestido que hacía el trabajo perfecto de mostrar, pero con libidinosa delicadeza. Justo cuando colocaba mis manos en su escote para proceder tal como lo imaginaba, bruscamente sonó un claxon anunciando la llegada de una bola de preparatorianos rebeldes y escandalosos, o al menos eso era lo que deseaban aparentar. Ese balde de agua fría nos trajo de nuevo a la realidad y reaccionamos de inmediato metiéndonos a mi departamento, donde la soledad, el espacio y el momento nos permitirían saciar la necesidad alimentada justo en la puerta de mi vecina.

 

Continuará...

 

R.

 


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