Mundo paralelo

Por Jose Rodríguez Rivero
Enviado el 04/03/2013, clasificado en Intriga / suspense
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No sé cómo he llegado a este extremo: tal vez la desesperación, la angustia, un antiguo sueño de convertirme en alguien importante… ¿qué más da? ¿A quién le importa? Uno hace las cosas porque sí y ya está. No hay que darle más vueltas a la situación. Lo que pasa es que estoy en un banco y tengo encañonadas a unas seis personas con una pistola. Y no me importaría para nada ponerme a disparar, aunque me diesen el dinero, aunque trataran de calmarme; cómo odio que traten de calmarme. La gente se pasa la vida inmiscuyéndose en los dolores ajenos, pecando de una soberbia que aborrezco. Por esa razón no me importaría ponerme a disparar.

 

El caso es que tengo a seis personas encañonadas, y no sé qué hacer, no sé cómo va a acabar esto. Hay una chica de unos veintitantos años que no deja de llorar arrinconada contra una mesa. Y lo peor es que no siento lástima por ella. Sí, ya sé que debo parecer un miserable, un insensible. Pero esto lo narra mi pensamiento, y los pensamientos son sinceros. A su derecha hay una especie de ejecutivo, tal vez trabaje en este banco, tal vez sea el director: tiene el gesto deshecho, y un tic en una de sus cejas delata su miedo. Lo miro por unas milésimas de segundo y creo reconocer algo en él, algo familiar, aunque he de decir que es el que menos pena me da de todos ellos. Boca abajo hay dos señoras, de unos cincuenta años, tal vez más, y a éstas no les veo la cara, pero deben de estar aterrorizadas también. Detrás del mostrador del banco, y con las manos sobre éste, están las dos cajeras, chicas jóvenes y asustadas, con los ojos repletos de unas lágrimas que no caen. Pensarán en por qué no estudiaron otra cosa, o por qué no dejaron de estudiar en sí, total, para acabar tiroteadas por un maníaco en un día de trabajo. Ninguna de estas seis personas es merecedora de mi lástima, ni las compadezco. Solo son seis personas que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado; podrían haber sido otras seis distintas, y la secuencia hubiera seguido siendo la misma.

 

No sé cómo acabará esto. Afuera creo que ya ha llegado la policía, y como en las películas (pero aquí sin altavoz) me convidan a que salga con las manos en alto. Yo aún no tengo dinero, y si lo pienso bien, creo que ni siquiera lo he pedido: simplemente he entrado y he apuntado a esta gente. Mi estado de ánimo va variando según pasan los minutos, unos minutos como losas, minutos como siglos, y el sudor me impregna, y tengo frío, pero no nervios. Tal vez debería disparar a alguien, tal vez matando consiga que el tiempo vaya más deprisa, porque me asfixia, me trastorna, no sé, es como estar en una habitación blanca, con todo blanco durante días, la noción acaba por suicidarse. Ellos entrarán en breve, entrarán y no tendrán complicaciones, a la mínima posibilidad me dispararán y así les daré una coartada para ser héroes. Yo soy un sin nombre, un extraño que se ha colado en la triste monotonía de un grupo de personas y que les proporcionará el no olvidar este día jamás (eso si no los mato antes). Entrarán en breve, y yo no sé cómo acabará esto. La otra posibilidad sería pegarme un tiro a mí mismo, y así ahorrarles el trabajo, romper en mil pedazos sus posibilidades de triunfo. Sí, lo mejor será que me pegue un tiro. De todas formas, este mundo me aburre, mi inconsciencia no está hecha para compartir sus felicidades o sus tristezas. Decidido, me voy a pegar un tiro. Alto, ¿qué hace ese? Es el ejecutivo, el que puede que sea el director del banco. Saca también un revólver y se apunta a la cabeza. Dispara al unísono que yo.

 

Abro los ojos. ¿De quién es esta mano que me rodea? Es mi mujer, aún dormida. Bueno, voy a la ducha, luego a desayunar y a salir para el banco. El director nunca debe hacerse esperar.


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