Infiel (parte 2)

Por J. A. Garijo
Enviado el 04/03/2013, clasificado en Terror
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-Durante el viaje y la estancia en los pueblos que visitábamos-continuó-mi fascinación hacia su persona fue en aumento, al descubrir en charlas lo culta que era, y como hablaba de temas singulares que yo no conocía. Temas esotéricos, de alquimia y ciencias ocultas que, decía, le venían de su abuela. Ella no mostraba ningún tipo de interés hacia mí, al menos un interés más de atracción física, como el que experimentaba yo. Estuve rondándola unos meses, sin éxito. Hasta que un día, a finales de Enero más o menos, parece ser que me empezó a mirar con otros ojos. Tonteamos un tiempo, y finalmente, en uno de los viajes de promoción a algún pueblo de la costa, una noche nos acostamos juntos. Así estuvimos prácticamente todo Febrero, ella no paraba de hablarme de nombres de Dioses arcanos, conjuros antiguos, yo la escuchaba, pero no me interesaba tanto como a ella, lo veía simplemente divertido.

Hasta que una noche, me habló de un escrito de alguien llamado Hermes Trimegisto, se llamaba “la tabla esmeralda” y decían, podía guardar el secreto de la vida eterna. Para mí, todo eso eran cuentos, pero le daba a ella un aspecto aún más juvenil y atrayente, así que accedí a cooperar en lo que quisiese. Esa misma noche, me llevó a un claro que había en el bosque que colindaba  los acantilados de la costa. Me dio la sensación de que conocía ya ese lugar, porque andaba con mucha seguridad, sin dudar de adonde ir. En el claro, había una piedra grande y lisa tumbada en el suelo, como las que utilizan los pastores para hacer una hoguera debajo y calentar sobre la piedra comida. Emily, colocó sobre la piedra unas velas que había traído consigo, y una baraja de tarot. Yo intentaba disimular la sonrisilla que intentaba aflorar en mi rostro; estuvo un rato sacando las cartas y poniéndolas sobre la piedra mientras pronunciaba unas extrañas palabras. En un momento de la liturgia, me dijo que había que cortarnos para derramar sangre sobre las cartas. Le pregunté, que como esperaba conseguir la vida eterna así, lo dije con un poco de sorna, es cierto, y respondió que no era para conseguir la vida eterna, si no para invocar a Hermes Trimegisto, y acceder a sus secretos. Ya no pude evitar reír un poco, lo cual le molestó, así que dejé que siguiese con todo y nos sacamos sangre con un cuchillo de aspecto ceremonial que también tenía preparado. Derramó la sangre sobre las cartas, y pronunció las últimas palabras con los ojos cerrados. Entonces-y los ojos de Milton Howard se llenaron de lágrimas y su cuerpo empezó a temblar-padre, le juro que no miento, vi una figura en el bosque, a unos metros de nosotros, entre los árboles; tuve de pronto un miedo atroz, y dando un grito espantoso salté hacia atrás, soltando las manos de Emily y rompiendo el conjuro.

La señora Howard soltó un suspiro, mientras se daba la vuelta para no ver a su marido, mientras éste, jadeaba y luchaba por conseguir aire, mientras reanudaba el relato.

-Ella se enojó muchísimo, preguntándome a voces que porqué había soltado las manos, que nunca había que soltar las manos. Me llamó de todo, yo la agarré porque estaba histérica, aunque yo también estaba muy nervioso, le dije que había visto a alguien en el bosque. De pronto, con toda la serenidad del mundo, paró de lloriquear y me dijo:”no sabes lo que has hecho, nos has condenado a los dos”, y se fue corriendo.

No la volví a ver por el trabajo hasta unas semanas después, estaba avejentada, derruida y todo signo de vida, se había marchado. Sus ojos carecían de brillo, tenía, padre, el mismo aspecto que yo ahora. Sólo me dijo, que al romper el conjuro, la maldición de Hermes Trimegisto, mataba a todos aquellos que hubiesen empezado a hacer las invocaciones, incluso a los que no participaban, la maldición lo abarcaba todo.

Tres días después supe que ella había muerto, agonizando entre gritos de puro terror. En el periódico, también hablaron de un incendio, que había arrasado con el bosque en el que habíamos estado.

Esto fue hace poco más de un mes, padre, y sé que hoy, la maldición viene a por mí, llevo varias noches soñándolo.

Después del relato, el padre Philips le estuvo diciendo que Dios nunca permitiría que algo tan abominables existiese, y que con la absolución no tendría nada que temer. Antes de despedirse de Milton Howard, éste quiso, delante del cura, pedir perdón a su mujer, delante de Dios.

El padre Philips volvió a su despacho, en la iglesia antes de irse a casa. Quería tomarse una copa del whisky que guardaba en uno de sus cajones, pues el relato del señor Howard le había dejado inquieto el espíritu. Recordaba cómo le había dado la extremaunción a Emily Rose, contándole la misma historia, solo que Emily, no dio el nombre del caballero casado con el que se veía. Esa noche, hubo la peor tormenta que el padre Philips recordaba desde la muerte de Emily. Al día siguiente, Milton Howard murió entre gritos de puro terror, con la señora Howard encerrada en el baño de abajo, llorando y gritando.

Y ahora estoy escribiendo esta historia, para que se sepa. Para que nadie vuelva a jugar con los poderes de lo oculto. Nunca me arrepentiré de haber amado como he amado a mi marido, ni siquiera cuando sospechaba que me estaba siendo infiel. Nunca me arrepentiré de haber estado con él hasta el final, ni siquiera cuando oí de su boca el relato de su infidelidad. Pero no ha pasado una noche, en que me arrepienta de haberlos seguido a ella y a él hasta aquel claro del bosque, empujada por mi sed de saber, roída por los celos, devorada por la angustia. Yo, Bárbara Howard, era la figura entre los árboles, y ahora la maldición también viene a por mí.  

 

 


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