Una mano

Por Pura Coincidencia
Enviado el 21/09/2015, clasificado en Varios / otros
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   Le acompañaron hasta el último momento en su viaje hacia la incertidumbre que hay más allá de la vida. Ninguno de sus más de trescientos amigos dejaron de apoyarle cada minuto, escribirle palabras de ánimo, recordarle los maravillosos momentos que habían pasado juntos desempolvando viejas fotografías...

  Ansiaba encender su ordenador cada mañana, en la recta final, era poco más lo que su debilitado cuerpo le permitía hacer. Allí estaban ,en su muro, dispuestos a sacarle una sonrisa o decididos a no mencionar que tal vez, esa noche ya no podría leerles. Se propusieron alabar sus virtudes en vida, y no esperar a contar maravillas de su persona una vez que ya no pudiera escucharlas. Perdonaban sus defectos, por lo compensados que quedaban con cada una de sus virtudes , en cada palabra de aliento que le dedicaban, y ellas susponían un segundo más de vida para él.

  Apareció gente olvidada en ese epílogo, aquella que en algún momento, dejó de acompañarle en el recorrido, sin tener muy claro el motivo, pero que al comenzar la última subida ( o bajada), se puso de nuevo a su lado, sin pedir ni dar explicaciones.

 Las lágrimas acudían sus ojos, no por el convencimiento absoluto de que no llegaría a ver el otoño, sino por el privilegio que suponía tener una legión de congéneres preocupados por cómo se encontraba cada minuto del día. Se preguntó cuánta gente pasaba por la vida sin tener a nadie que le hiciese esa pregunta al menos una vez cada mes, y se quedase a esperar la respuesta, realmente interesado en ella.

 Oyó sus pasos, y regresó el escalofrío. Entró en la habitación sin sigilo alguno, como solía hacer siempre. Colocó una bandeja repleta de pastillas sobre la cama y vino el discurso inevitable :

- Hora de descansar, apague el ordenador, me lo llevaré para asegurarme de que no lo enciende en cuanto me dé la vuelta. Se lo devolveré un rato por la tarde, ¿ de acuerdo?

  La luz se volvió más tenue cuando el viejo portátil se cerró. Hacía más frío. La oscuridad no sólo invadía la estancia, penetraba en su alma, no conforme con dejar la habitación en penumbra. Se encogió en su cama resignado, cada vez más cerca de todo. O mejor dicho, de la nada.

  Clavó su mirada en el lugar en el que solía colocar su ordenador cuando la enfermera no se empeñaba en requisarlo por su bienestar ( como si eso fuese a otorgarle más tiempo en este mundo).

 Y se sintió un poco más muerto que ayer, al comprobar que cambiaría cada uno de los 300 amigos que bombardeaban sus redes sociales con mensajes,sosteniéndole en su caída....por un solo conocido que le diese la mano en aquel momento.


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