SUEÑOS

Por cclecha
Enviado el 21/09/2015, clasificado en Intriga / suspense
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La carretera iba ascendiendo de forma serpenteante hacia unas alturas majestuosas. Mi coche empezaba a mezclarse con unas nubes que parecía que ya habían llegado a lo más alto, pero había como un techo que las impedía encaramarse  más.

Me dirigía hacia un minúsculo apartamento que había alquilado para pasar las vacaciones. Pronto llegué, con la ilusión de quien comprueba el nuevo territorio por descubrir y que le sorprende agradablemente todo lo que ve. Para celebrar mi nuevo estado (de vacaciones), después de la agradable inspección del apartamento, me preparé una cena copiosa con un buen vino.

Sin embargo, me di cuenta como esa noche había comido en demasía… estaba pesado y sintiendo más de la cuenta mi frágil cuerpo. Estaba cansado por el viaje y por la cena. Ya sé que no es conveniente irse a acostar justo después de una cena tan abundante, pero como ya era tarde, me fui a la habitación y me metí en la cama.

Con el cansancio del viaje, no tardé en dormirme. Unas imágenes de un futuro examen me intranquilizaron… Entre imágenes, veo  cómo me he preparado bastante bien el temario de examen, menos, precisamente, lo que las preguntas que aparecen en el papel que me acaba de entregar el profesor, me piden. Aquí empieza la angustia, los temblores y el temor de verme obligado a entregar de vuelta mi papel de examen en blanco. Finalmente, entre miedos, me desperté antes de verme obligado a entregar el papel.

Menos mal que era un sueño… volví a cerrar los ojos y me dormí en poco rato. Otras imágenes mías, esta vez, de modo grotesco y sin dientes, me enfrentan a mis relaciones cotidianas… ni que decir tiene que lo paso fatal, hasta que, afortunadamente, entre sudores, me volví a despertar.

Esta vez me levanté y, dando un ligero paseo por el apartamento, tomé medio vaso de agua. Tras un buen rato de espera me volví a acostar.

Afortunadamente van pasando las horas y no sobrevienen más sueños… y, ya era hora, llega el amanecer. Saco la cabeza por la ventana y no hace muy buen día, negros nubarrones me observan no muy lejanos; pero sin embargo, haciendo gala de mi primer día de vacaciones, voy a emprender una excursión exploratoria, a ver si encuentro unas vistas, que me han dicho que son maravillosas, del Pantano de Sau, que se divisa en la lejanía y abajo a nuestros pies.

El camino que emprendo lo intuyo, entre la montaña, pero no tengo la exactitud de por dónde voy y si es la dirección correcta, aunque el mapa y una austera brújula, así me lo indican. Va pasando el tiempo en medio del bosque, me entretiene el ir acompañado de robles, nogales y de alguna solemne haya. Por tres veces he roto el camino, en bifurcación de caminos, y por intuición he seguido por el sendero que yo creía. Finalmente, creo que me he perdido… continuo andando pero cada vez con menos entusiasmo, voy desacelerando y camino sin convencimiento, cuando, por fin, veo un claro en el bosque en donde preside una casa campesina.

Un par de niños me dan la bienvenida riendo y corriendo y yo, inmediatamente, les pregunto dónde estoy y el camino que conduce al pueblo. Los niños, lejos de contestarme, se alejan riendo y saltando.

Afortunadamente veo como un pequeño tractor rojo, que va arando el campo, conducido por un campesino con gorra de paja, se dirige exactamente hacia mí. Me espero a que llegue cerca de mí y le pregunto exactamente lo que a los niños. El tractor, aunque va muy despacio, no se detiene para contestarme, al contrario, veo como el campesino, encogiéndose de hombros, se ríe y me saluda a modo de despedida con la mano.

Esta despedida, sin responderme, me intranquiliza y empieza a angustiarme… estoy perdido… ¿Qué pasa? ¿Por qué no me han contestado? Salgo del pequeño campo por arar, retomo al pequeñísimo camino y, dudando entre desandar el camino o continuar, veo como a pocos metros, siguiendo el camino,  un gran claro aparece a mi vista.

Súbitamente, y aumentando mi angustia por la situación, el cielo empieza a enviar, en forma de lluvia moderada, un finísima cortina de agua que me hace ajustarme la endeble chaqueta que llevo. El camino me va llevando hacia el claro que tira de mí, como una curiosidad a descifrar. Envuelto entre el agua que cae y la luz que aumenta por el despoblamiento de árboles, me guía hacia unas imágenes únicas, excepcionales, insuperables: unos precipicios sublimes de rocas grises, cayendo a plomo, formando unas paredes verticales, apenas con vegetación, que se mezclan, muy a lo bajo, con las aguas azules del pantano. Por fin había conseguido embriagarme con aquellas imágenes al alcance de muy pocos privilegiados. La angustia por no saber el camino de vuelta quedaba en aquel momento en muy segundo término...

                Para gozar más de aquella maravilla, me acerqué al filo del precipicio y mis ojos deambularon libremente por aquel paisaje maravilloso. Tanto indagué con mi vista aquellas insólitas vistas, que me despreocupé de estar muy cerca del precipicio y de que cada vez estaba lloviendo con más fuerza. No supe que estaba tentando a la suerte hasta que mi pie, dando un resbalón que me hizo perder agarre con el suelo, me precipitó de improviso en un vuelo de caída libre en medio de las rocas. El pánico fue indescriptible, la sensación de velocidad constante y del viento aumentado casi me paralizaban el corazón… en muy pocos segundos estaba rememorando mi vida. Por unos instantes tuve la secreta esperanza de que todo aquello volviera a formar parte de un sueño lúgubre de mi inconsciente… al fin y al cabo, el volar, solía ser un sueño recurrente entre nosotros.

Esto me tranquilizó momentáneamente. Sin embargo, caía y caía cada vez más deprisa, la sensación de velocidad no me dejaba  pensar y las imágenes se  disolvían por la celeridad del movimiento, ya veía el suelo con las aguas y continuaba cayendo hacia la destrucción, faltaba poquísimo para que impactara con el suelo y no había manera de despertar… ¡Por favor, necesito despertar! ¡Tengo que despertar! ¡Por favor!


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