El castillo

Por Mesonikis
Enviado el 22/09/2015, clasificado en Cuentos
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-Buenas noches, señor. Y mi más sincera enhorabuena por la victoria –dijo el general en jefe de sus ejércitos al rey con el acento que caracterizaba a los mercenarios de los países del este. Luego dio un taconazo, se cuadró y con la misma marcialidad se giró en seco para retirarse.

Después de casi veinticuatro horas de brindis, vivas, fuegos artificiales todo había quedado en silencio. La misma tranquilidad que había en las calles podía sentirse en la habitación del monarca quien, solo y cansado y sin sus más leales colaboradores, miraba la maqueta de su castillo en parte tratando de buscar algún defecto y en parte usándolo como un medio para concentrarse y abandonarse a sus recuerdos.

Solo habían pasado cinco años, pero habían ocurrido tantas cosas desde entonces, que le costaba recordar cómo empezó todo. Pero tras un par de minutos observando aquellas torres de poliestireno que se levantaban como un gran alcázar en la mesa de su despacho, al fin dio con el principio de aquella aventura.

Él, un ocioso y un fracasado para sus conocidos, talló por entonces unos trozos de corcho blanco a los que dio forma y semejanza de un pequeño palacio de varias torres redondas y un torreón. Al principio, quedó satisfecho por su obra. Al acostarse y al levantarse la observaba orgulloso. Incluso, en un alarde de imaginación parecido al de los chiquillos que asemejan una silla a un tranvía, quería ver en los orificios de su construcción las ventanas de una fortaleza donde en su interior la vida transcurría en pleno Medioevo. Sin embargo, un día consideró que una de sus torres era demasiado baja.

Al cabo de varios días, y tras destrozar un par de planchas, logró corregir aquel defecto. Ahora la torre era alta, imponente, con unos sillares dotados de tal relieve que parecían piedras auténticas. Cuando sus amigos le preguntaban como había pegado esos ladrillos, sonreía satisfecho y les explicaba orgulloso todo el proceso de tallado, lijado y pintura. Pero la satisfacción duró muy poco: su objetivo ahora era más ambicioso.

Al principio, la idea de conseguir un castillo de verdad fue el pretexto ideal para que sus hermanos sonrieran con una especie de lástima y simpatía y desviasen su conversación hacia otros temas como el empleo o el estado de su cuenta corriente. Pero cuando toda la fortuna familiar, los terrenos y los dos pisos de sus padres fue invertida en su proyecto, aquella simpatía se transformó en odio, en pleitos e incluso en varios conatos de pelea que acabaron en la comisaría.

Apenas transcurrió un año desde la construcción del palacio cuando las deudas contraídas por el impago de los impuestos municipales y estatales así como las decenas de facturas de agua y luz pendientes de pago confirmaron los temores de la familia: todo se había perdido. No obstante, él, lejos de asumir aquel fracaso optó por una alternativa que aún enfadó más a los suyos: la rebeldía.

Al principio, sin que nadie supiera como lo consiguió, fueron unos doscientos hombres armados con escopetas y cuchillos quienes se atrincheraron con él en aquella residencia a las afueras de la ciudad. Luego, se unieron voluntarios de las partidas cercanas. Y tres meses más tarde llegó el apoyo más importante: el del exterior.

Sus dotes de orador, la facilidad para vender su causa por las redes sociales y la prensa, locura preferían llamarla sus hermanos, y que alguna cadena de televisión extranjera, que no tardó en enterarse del revuelo que estaba montando aquel hombrecillo algo grueso y con cara de jugador de ajedrez, consiguieron lo que nadie podía imaginar: que miles de mercenarios de todos los países, especialmente de los del este, llegaran en su auxilio. Y junto a ellos, también vinieran carros de combate, aviones, helicópteros, e incluso una flota que batalla tras batalla le brindaron la independencia y el reconocimiento como rey.

¡Con qué rapidez había sucedido todo!, pensó mientras miraba su castillo de poliestireno y sonaba heroica la música de Wagner en la habitación. Se sentía tan satisfecho como cansado por lo que decidió acostarse. Pero antes, volvió a fijarse en una de las torres de la maqueta: era demasiado alta, así que ya tenía un nuevo proyecto entre manos.


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