Ubicum, corda et eternum

Por Tarrega Silos
Enviado el 06/03/2013, clasificado en Amor / Románticos
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Ubicum, corda et eternum


La búsqueda de la luz
Cuando aún no sabía del tiempo.

Sin entender nada, mi intuición me guió entre sombras en la gran aventura de reconocer la ignorancia y el vacío. Rebelde a la experiencia del mundo y ambicioso de secretos fantásticos, corrí en todas direcciones, cruzando solitario montañas, desiertos y turbulentas aguas, sospechando en bocanadas la posibilidad de escapar del abismo de la soledad. En esa búsqueda de ciego, llené mi cuerpo de cicatrices mientras combatía al imaginario enemigo que era mi propia sombra.


Salir del laberinto
La intensidad de descubrir la luz.

Un designio divino o la casualidad y no mi torpe búsqueda me condujo hasta ti. Descubrí el brillo de tus ojos en lo alto de la enorme torre de la ciudad de los inmortales. Tu mirada no dedicada a este mundo me impuso tomar el cielo por asalto para raptarte virgen inalcanzable.
Un día poderosamente dilatado, y largamente esperado conocí el misterio de la pasión en tus labios, luego las floridas ventanas en los balcones de las calles empedradas desde Querétaro hasta Morelia desmenuzadas en coloridas pinceladas por un ejército de poetas no fueron ni remotamente exquisitas como el sabor de ese beso. Tus manos trémulas decían que me amaste desde el día secreto, supremo de este mundo y de toda creación.
Me descubriste a la vida, pintada en un tapiz del cielo y del mar brillante en fulgores sicodélicos con la dulce tinta destilada en la fábrica de tu corazón y con susurros la música de tu voz tejió la felicidad más desbordante e intensa que alguien pudiese imaginar en este universo.


Périda y eternidad


La soberbia me enfermó del deseo de posesión y los demonios dentro de mi me torturaban furiosos ante tu pureza jamás conocida. La primer hora de la eternidad llegó cuando te extrañé hasta enloquecer y me faltaste como el aire para respirar, la miseria me mostró como era estar sin ti, y me embarcó secretamente en el viaje de la desesperación el más vil de todos. Peregrino, expulsado, vagabundo en el desierto, vigilado por el vértigo desde el vacío de los abismos, regresé al laberinto, donde el tiempo me castigó con la fuerza de tu pérdida, el polvo selló mi boca y todas las puertas que recordaba se cerraron.


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