Los inventores

Por JFraguio
Enviado el 18/10/2015, clasificado en Cuentos
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Desde pequeño, Esteban siempre había destacado por su imaginación y curiosidad. Lleno de ideas nuevas y diferentes, parecía vivir en una realidad distinta a la de los demás niños del pueblo. Su creatividad encontró un propósito cuando, con trece años, le llegó a las manos un artículo del periódico local sobre jóvenes inventores. Por aquella época España destacaba por sus aportes a la innovación: el autogiro, el submarino, la jeringuilla desechable... El artículo alardeaba de que teníamos los mejores inventores del mundo y los elevaba al nivel de héroes nacionales. Esteban se sintió profundamente inspirado leyendo las historias de esos hombres de ciencia que, aun habiendo nacido humildes, habían alcanzado el éxito, y decidió que quería ser inventor. Pero como era más de ideas que de implementaciones, también supo que necesitaba ayuda.

En la casa de enfrente de Esteban vivía Ricardo. Eran amigos desde pequeños y siempre se juntaban al salir del colegio. Ricardo era un gran estudiante, y se le daban especialmente bien las ciencias. Esteban lo convenció para unirse a él en su nueva aventura.

–Piensa en el futbolín, el chupachups o la fregona.- decía, –Sólo tienes que añadirle un palo a algo para inventar otra cosa.

A Ricardo le pareció una buena forma de pasar el tiempo, y juntos se pusieron a manos a la obra.

Su primer proyecto fue la "bicicleta autoestabilizable". Pretendían hacer una bicicleta que, sin tener molestos ruedines, no se cayese a los lados. Cogieron la bicicleta del padre de Esteban y probaron con ella todo tipo de rudimentarias artimañas: contrapesos, poleas, soportes. Tras varias semanas de desvaríos sin ningún resultado decidieron dar el proyecto por imposible, pero no perdieron la ilusión y siguieron trabajando en cosas más sencillas.

El primer invento que consiguieron terminar fue el libro-almohada: parecía un libro normal pero, en vez de hojas, escondía en su interior un mullido cojín. Lo empezaron a llevar al colegio para dormir sobre el pupitre durante las horas de castigo, y al poco tiempo todos sus compañeros de clase querían tener uno.

Motivados por el éxito de su creación, decidieron seguir inventando. Al libro-almohada le siguieron el gorro-vaso, el encendedor-lupa y el tenedor enrollable. Empezaron a quedar todos los días para crear objetos cada vez más complejos, que después ponían a la venta en la tienda del padre de Ricardo. Con el paso del tiempo su pasión por inventar fue aumentando, y empezaron a ser conocidos por el pueblo.

Cuando cumplieron los dieciocho años, fundaron su propia empresa. Empezaron a sacar productos más trabajados y a venderlos a precios que ya no todo el mundo podía pagar. La cunecedora, mitad cuna mitad mecedora. La carretilla con motor, para subir terrenos escarpados. La lámpara solar, rellena de agua y cloro, brillaba sin necesidad de electricidad. La gente de los pueblos de alrededor empezó a visitar la tienda del padre de Ricardo, reconvertida en un espacio para la innovación. Empezaron a tener fama y a ganar mucho dinero.

Todo este éxito tuvo, sin embargo, un alto coste en la amistad de Esteban y Ricardo. Sus personalidades, que no se parecían en nada, los empujaban a seguir caminos diferentes. Su compañerismo empezó a ser sustituido por competitividad, por celos y por una constante lucha por asumir el liderazgo de la empresa. Las peleas eran habituales y, poco a poco su relación se fue desgastando hasta que, en lo más alto de su carrera, decidieron separarse.

Trabajando cada uno por su lado, las cosas empezaron a ponerse difíciles. Esteban era más imaginativo, pero Ricardo era mejor técnico. Ya no les bastaba con crear cosas útiles: su lucha por ser el mejor inventor del pueblo les obligaba a sacar aparatos cada vez más llamativos. Esteban creó el horno solar y Ricardo la nevera de arcilla. Esteban creó las escaleras-tobogán y Ricardo los ascensores de contrapeso. Intentaron compensar sus propias carencias invirtiendo cada vez más dinero en los proyectos, lo que terminaba ocasionando grandes pérdidas cuando la venta no funcionaba. Poco a poco sus beneficios fueron disminuyendo hasta que, sin ideas y llenos de deudas, tuvieron que cerrar sus empresas.

Esteban empezó a trabajar como dependiente en la ferretería del pueblo. Agotado después años de obsesión por conseguir el mejor invento, aceptó llevar una vida sencilla y sin preocupaciones. No tenía familia ni demasiados amigos, y siempre lamentó el haber dedicado toda su juventud al trabajo para nada. Con el paso de los años y la llegada de la vejez, empezó a sentir los achaques de la edad, especialmente en las articulaciones. A los 70 años tenía tanto dolor en la espalda y las rodillas que casi no se podía mover, por lo que decidió mudarse a una residencia de ancianos cerca de la ciudad. Después de toda la vida viviendo en el pueblo, tenía que marcharse.

Unos días antes de irse, recibió la llamada de Ricardo.

–Antes de que te vayas tenemos que vernos. He conseguido terminar el invento definitivo, y quiero enseñártelo. Con esto quedará claro quién es el mejor inventor que tuvo el pueblo. - le dijo.

Esteban sintió una gran desazón. Parecía que Ricardo finalmente había conseguido inventar algo grande. Después de todos esos años retirado, el que una vez había sido su mejor amigo volvía para terminar de humillarlo. Le dieron ganas de mandarlo al infierno, pero finalmente le pudo la curiosidad, y aceptó quedar en el bar del pueblo el mismo día de su partida.

El encuentro en el bar, después de tanto tiempo sin hablarse, empezó siendo bastante frío. Pero poco a poco las típicas preguntas de cortesía fueron dando paso a bromas, recuerdos y anécdotas de media vida juntos. Esteban estaba bastante triste por tener que dejar el pueblo, y se animó rememorando batallas con su viejo amigo poco antes marcharse. Tras un buen rato de charla, Ricardo se levantó.

– Ha llegado la hora. Acompáñame fuera. - dijo.

Cuando Esteban salió del bar, la sorpresa fue tan grande que, por un momento, se olvidó de sus achaques y dolores. Todos los vecinos del pueblo estaban allí, y cuando lo vieron empezaron a aplaudir.

–El mejor inventor que tuvo este pueblo no puede irse sin una buena despedida - dijo Ricardo.

Estaba de pie al lado de la vieja bicicleta de Esteban, la que habían intentado convertir en autoestabilizable, que se aguantaba de pie gracias a un soporte con rueda enganchado el la parte alta del cuadro. Esteban analizó el invento. Cuando la bicicleta estaba vertical, los soportes se mantenían plegados. Cuando empezaba a ladearse, el soporte correspondiente se desplegaba y la sujetaba. Pero no la frenaba, de forma que el ciclista podría seguir pedaleando.

–Tenías razón - dijo Ricardo, –sólo había que añadirle un palo a algo para inventar otra cosa.

A Esteban le pareció una idea brillante, aunque no podría decir si había sido suya o de Ricardo. Decidió que ya no le importaba, y los dos amigos se fundieron en un abrazo que también era una despedida.


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