La soledad de la abuela Pancha (parte 2)

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 22/10/2015, clasificado en Cuentos
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LA SOLEDAD DE LA ABUELA PANCHA (parte 2)

 

 

-¡Ay, Vicenta! –se quejaba Pancha a su cuñada, con los ojos hinchados de tanto llorar la pérdida de su hombre, y sacando afuera todo el sentimiento racista que escondía dentro-. ¡Lo que me está haciendo tu hermano no tiene nombre! ¡Con una negra!

 

Redoblaba entonces la intensidad de su llanto.

 

-¡Pero lucha por él! –la aconsejaba Vicenta-. ¡No puedes entregárselo así de fácil a esa desvergonzada!

 

-¿Qué puedo hacer? ¡Yo no quiero perderlo!

 

-Lo primero que tienes que hacer es dejar de llorar. Lo que Alberto tiene es que esa mujer lo tiene amarrado. Si no, ¿cómo crees que él te haría semejante cosa? ¿Por qué no vamos a ver a esa brujera de Placetas de quien te hablé ayer?

 

-¿Tú crees que funcione?

 

-¡Claro que sí! ¡Ella le dio un remedio a Candita, la que vende frituras en la esquina, y desde entonces su marido se ha tranquilizado. ¡Y tú sabes bien como era él, que un día hasta se fresqueó conmigo!

 

Despertó a los niños bien temprano la mañana siguiente. Los dejó a cargo de María, su vecina, y subió con Vicenta a la guarandinga de las seis y treinta.

 

-¡Adelante! –las mandó a pasar una señora gorda, con un turbante blanco en la cabeza. Grandes collares de diferentes colores le rodeaban el cuello. En su boca, ardía un tabaco, torcido con muy poco arte, que llenaba la habitación de un humo denso y ácido. Vicenta hizo un ademán de desagrado para intentar apartarlo.

 

-¡Su esposo la dejó! –quiso adivinar la brujera, clavando en ella una mirada de inteligencia.

 

-No, a mi no, a ella. ¡Yo soy señorita! ¡Nunca me he casado! –respondió Vicenta, y le hizo un gesto a Pancha para que se adelantara.

 

La consulta duró apenas unos veinte minutos. En ese tiempo, contó Pancha con lujo de detalles toda su historia. Cuando hubo terminado, la brujera movió la cabeza en señal de haberla comprendido. La miró fijamente durante un instante, y luego sentenció:

 

-Hija mía, esa mujer tiene muy, pero muy bien amarrado a tu hombre. ¿Y sabes por qué? Porque le echó en el café tres gotas de sangre de período. Ya he visto muchos casos como el tuyo.

 

-¿Sangre de período? –preguntó Pancha arrugando la boca en una mueca de asco.

 

-¡Sangre de período! Y tú tendrás que hacer lo mismo si quieres recuperarlo. Esa es tu única arma.

 

Pancha no se atrevió nunca a seguir estas indicaciones. Tampoco se le presentó ocasión para ello, porque Alberto rara vez visitaba la casa. No obstante, aquel viaje a Placetas sirvió para aliviar un poco su dolor. Sin lugar a dudas, él era culpable, pero ahora sabía que en alguna medida, también era una víctima. “Los efectos de esa brujería pueden pasar en cualquier momento.” –se consolaba-. “Volverá entonces a ser el de antes”.

 

-¡Qué mal padre, Vicenta! –decía mientras tanto a su cuñada, en medio de largos suspiros-. ¡Ni siquiera viene a ver a estos inocentes!

 

Esperando su vuelta, comenzó a envejecer. Los hijos crecieron, se casaron, y con el tiempo, cada uno de ellos tomó un rumbo distinto. Sólo Albertico, el menor, permaneció junto a ella. La trató bien hasta el preciso momento en que estallaron las discusiones con Gilda.

 

-Yo soy en esta casa como un mueble viejo –decía ofendida en cada discusión, y dirigía la mirada a Gilda, para provocar en ella sentimientos de culpabilidad-. Me tratan pensando que un día llegará el momento de lanzarme a la basura. ¡Yo sé bien cuánto desean mi muerte!

 

-¡Por Dios, Pancha! ¡Déjese de hablar boberías! –la reprendía su nuera.

 

Una mañana, se sentó como de costumbre junto a la ventana. Era la mañana de sus setenta cumpleaños. Durante todo el día esperó en vano una felicitación. ¡Ni los nietos recordaron la fecha! Se la pasó mirando con nostalgia los fríos raíles de la línea del ferrocarril, por donde esporádicamente aparecía algún tren. Cerca del mediodía se levantó para almorzar.

 

-¿Qué le pasa, Pancha? –se interesó su nuera-. ¡La veo hoy tan extraña!

 

-Nada, hija. Son achaques de vieja –dijo, y volvió a ocupar su sillón. Ni siquiera le interesaba hoy conversar con algún vecino.

 

Se fue a la cama cuando el sol comenzó apenas a desaparecer entre los cerros. Lloró entonces sobre la almohada las últimas lágrimas que podían brotar de sus ojos. Entre dientes, pronunció varias veces el nombre del único hombre al que había amado en la vida. Calló luego, y suspirando por última vez, marchó a esperarlo en los reinos de otro mundo.

 


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