Novia de carne y leche

Por Tarrega Silos
Enviado el 09/03/2013, clasificado en Amor / Románticos
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ALICIA LLORENTE, Novia de carne y leche

Ella arrastraba una gastada maleta de cabina, repleta de trozos de corazón robados a lo largo de un intrincado viaje entre los mares del norte y de la plata, que había comenzado treinta años atrás. Aquel día de 1998 en la estación de ferrocarriles la Ciudad de México, llegó mi turno de enfrentar su espíritu acrisolado que escapaba por su arrebatadora mirada. Ella atrapó mi atención al preguntarme por el andén de las salidas a Querétaro. Eso me bastó, la acompañé simulando que yo también abordaría el pulman a Querétaro. (Luego pude comprar en secreto el último boleto disponible). Y así pasé aquella tarde en tren con esa hermosa y misteriosa mujer llamada Alicia.
- ¿”Sos Argentina nocierto”?
- Rioplatense.
- Qué sorpresa. En breve iré a Buenos Aires en la búsqueda del “Zair” y sin duda a la Biblioteca México.
Alicia agrandó los ojos pero quedó en silencio.
- ¿”Sabés”?, soy un gran admirador del viejo Borges.
¿Vos qué harás en Querétaro?
- A una galería, concluye una presentación mía.
-¿Ah, ”sos” artista?
- Soy Alicia.
Mientras se convertía en una poderosa musa Alicia condujo toda la tarde una fluida charla siempre en tono muy personal: del agua, a los retiros en la montaña, y a la soledad intencional. A poco descubrí su fascinación por la ficción, así que improvisé un relato llamado “Patroclus” en el que ella era la hermosa ciudad que un bárbaro quería conquistar, y por la que finalmente perdería la vida al defender. La pequeña historia logró tocar secretas fibras del corazón que dejó escapar algunas lágrimas que se posaron en sus mejillas, su belleza triste y dulce abrumó mis sentidos. En sus ojos aún húmedos adiviné el tornado de pasiones rodeando su vida de extranjera junto a su familia peregrina, apegada a su abuelo adscrito a la diplomacia argentina Juan María Llorente, de quien según Alicia había heredado los grandes ojos grises. Fue en la Haya que un suceso la cambió profundamente para el resto de su vida, justo cuando su abuelo fue asociado con la migración clandestina germano-judía a la Patagonia. Poco a poco la voz de Alicia se convertía en la melodía del prodigioso ensamble, de su rostro áureo y  la inquietante escultura que en la penumbra, yo no sabía dejar de contemplar y que me rendía absolutamente.


- ¿De cuántos palacios, cuantas veces escapaste, para reencontrar tu libertad y tus aventuras Alicia?...

El vino tinto en el comedor del tren liberó su sonrisa misteriosa, cuando le propuse que escasémonos a las cascadas de la Riada, al jazz del jardín Tolssá y por la noche,  arrullarnos viendo el amanecer desde la terraza del San Antonio. Sus maravillosos ojos se quedaron fijos en mí, entonces acaricié su cabello, que se convertía en la cascada por la que yo caía extasiado. Besé sus labios: jarabe de caña y vapor de azares. Y de nuevo la besé, dos, cinco, diez veces, y solo la liberé hasta que el tren llegó a destino.
-Tenemos una cita, “¿No cierto?”,”encontráme” en el San Antonio a las once, pasemos el domingo como vos dijiste. No “desesperés”, nos tendremos. Así la dejé sin que me abandonara la imagen de su abrumadora belleza. Entonces fue cuando incrédulo conecté racionalmente el apellido de su abuelo a su nombre: "Alicia Llorente". Quedé atónito. Ya desaparecido Borges, Elsa A., refirió que el viejo conoció en la Haya a una argentina, a pesar de su mujer en turno, Kodama. Borges seguramente jamás pudo contemplar el hermoso rostro de aquella niña espontánea e ingeniosa llamada Alicia, quien mucho más tarde, sería reconocida en las artes plásticas.
Aquella noche Alicia no acudió a nuestra cita en el San Antonio, solo envió una carta olorosa a las flores de su cuello.
Querido: Inesperadamente me han convocado a subasta, partiré a Texas hoy mismo. Sé que comprenderás, yo estoy tan contrariada como vos. Dime dónde encontrarte a mi regreso en dos semanas. “Esperáme” con el corazón de par en par, “sabés” que seré tuya. Alicia.
Pero Alicia tampoco llego a la segunda cita. En cambio una elegante señora llamada M.  apareció en riguroso luto para decirme que, inesperadamente Alicia había fallecido.
Entre las cosas que dejó, estaban un paquete y una carta sin dedicatoria que después de ser leída, me fue entregada. Escrita por Alicia convaleciente en Texas, me pedía que la visitase, se decía culpable por no encontrarme la noche prometida y por no renunciar a verme. También mencionaba un obsequio especial (el paquete), el cual por mi luto no quise abrir hasta mucho, mucho, después.
Dentro encontré un verso erótico de excelente composición, en caracteres pequeños y difíciles, sobre un par de viejas hojas. En la parte alta dos dedicatorias: la primera (insólita) para la señorita "B. Viterbo", el pseudónimo de una mujer próxima a Borges. La segunda en diferente tinta muy posterior a la primera y especialmente vaga: “a Laurie”. El suceso me estremeció. Especulé sin poder detenerme que no se conocía obra Borgiana tan explícitamente erótica como la que yo tenía en mis manos y que sus caracteres eran sensiblemente parecidos a las notas de Borges que aparecieron en la edición de “Siete Noches”. La excepcional hechura de ardorosa pasión en los versos ¿Fue demasiado personal para el mundo?. o ¿Era una intentona de la señora M. para llevarme a ejecutar un apócrifo trabajo producto de su soberbia?. Furioso destruí el manuscrito y decidí olvidarlo todo. Pero en la madrugada, me levanté para intentar recuperar el manuscrito en el basurero municipal. Alguna otras intenté reescribir el texto fielmente, pero desistí. La impostura de atribuir al Viejo un texto salido de mi torpe pluma era inadmisible.
Durante años me agobió la incertidumbre y cuando el olvido me consolaba, un documental israelí, me regresó al estupor inicial. Era un affaire ultramarino entre la diplomacia Argentina, el Reichstag y una mujer llamada Imat Amehut:
Según el Rabino Esra Shiva, Imat actriz nacida en Liverpool fue hija de un reconocido orador sionista. Quien agobiada por la prosecución postmortem de acreedores que buscaban el resarcimiento de supuestas deudas contraídas por Papá Amehut. Tal asedio era en realidad una venganza política disfrazada.
La Imat de 23 años logró abandonar la Isla antes de las guerras. Años después en Argentina bajo la falsa identidad de Raquel Clarión, se casó con J. A. Llorente, diplomático, a quien influyó poderosamente para que colaborase con la migración judía desde el Holocausto europeo, aún en contra de los Perón. A la caída de Berlín, Imat siguió colaborando en la búsqueda de criminales nazis en Sudamérica. Y aquí el inquietante eslabón: el primogénito de los Llorente se casó en La Plata con la hermosa Laurie Pratts hija de inmigrantes ingleses, conocidos del abuelo de Borges. Esa Laurie era la madre de la conocida artista plástica Alicia Llorente quien plasmó en su obra la desgarradora soledad de la migración judía en su luctuoso camino al sur del continente Americano, Y era tal vez la destinataria de la dedicatoria en los poemas eróticos que destruí.

Kfar Sharuv, Israel, Enero de 2005.


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