Cacería en enero (2)

Por Pedro Buda
Enviado el 06/11/2015, clasificado en Cuentos
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                                                                  II

Mientras el sol baja para ocultarse tras la inasible línea horizontal, como cada tarde, los veteranos pasan del tereré a la cerveza. Lo acompañan con empanadas de pollo, que un sobrino trajo de lo de la vieja Elvira. Una veterana, como estos tres ex-policías rurales, que cocina como los dioses pero que tiene un humor de mil demonios. Mientras atiende te mira casi de costado y luego te indica que, por la demanda del día, el pedido se va a demorar, pero nadie se va. Todos prefieren esperar pues, parece que, tras su cara de pocos amigos, hay una gran cocinera que conoce su oficio.   

Es el aniversario 35 de aquella cacería. Demasiado tiempo ha pasado desde entonces, pero algunos recuerdos están tan presentes, como los días de aquella aventura. Si de ese modo puede nombrarse a lo ocurrido entonces. Pues fue una cacería, donde hubo un grupo de perseguidores y, por otro lado, un grupo de seres acosados. Lo que queda de los primeros son estos veteranos, que no son tan añosos, pero que aparentan más por una serie de enfermedades que los tiene disminuidos en sus capacidades físicas.

 Cuando la luna asomó por el este, Chochán se quedó con la mirada perdida en la perfecta esfera blanquecina, más plateada que alba. "Es la misma luna ¿no? ¿Se acuerdan de la primera noche de la expedición?" –comentó con la voz más firme que pudo.

?  Creo que sí. Fue la misma luna –contestó el Gringo.

?  Sin duda, la misma –corroboró Carpincho. Pero quizás se notaba más la luz, su fuerza, en medio de los pastizales a orillas del río. Fue la primera noche junto al fuego, a orillas del río cuando, finalmente, nos dijiste sobre la presa –aclaró Carpincho, mirando a Chochán.

En aquella oportunidad, Chochán explicó a sus compañeros que sería una salida de caza diferente; el animal que rastrearían andaba en manada, en grupo de cuatro o cinco. Iban río arriba cazando sus alimentos.

Las huellas aparecían y al rato se disipaban. Esto llevó a preguntar al Gringo cuál sería la presa que rastreaban, pues las huellas eran claras, sin embargo, algo no cerraba.

? Mi abuelo los cazó por cientos y así logró sus tierras; las conservó y se volvió, a su modo, rico – dijo Chochán.

? No sabía esa parte de la historia de tu abuelo..." –Contó el Gringo, que tomó otra cerveza de la enfriadora de botellas.

? Claro, por eso justamente, me pareció que era posible intentarlo. Teníamos las herramientas necesarias, las armas, el adiestramiento y la fuerza para enfrentar las circunstancias que fueran, durante y después de la cacería.  

De hecho, en esos tiempos, ellos  ? los policías rurales ?   eran la ley, y más en medio de esos bosques ribereños. Su pensamiento había sido entrenado para sentir que eran "la ley". Y, como tal, no debían entender que lo que hicieran estuviese mal o fuera de la ley; pues, ellos: eran la ley.  

Chochán siempre había sido un tipo grande, pero nunca había tenido una actitud agresiva o altanera. Era un tipo grandote pero de buen talante. Eso cambió un tiempo después de entrar a la Fuerza... Podía decir con total soltura que, si antes de ingresar no mataba ni una hormiga, ahora, podía bajar a dos o tres sin mosquearse, sin casi transpirar.

El Gringo, en los tiempos en que fueron uniformados activos, era de porte más pequeño que Chochán, igualmente mantenía un buen estado físico. Era  retacón. Antes de entrar a la Fuerza había trabajado toda una vida como peón rural. Conocía el campo, el trabajo duro. Podía pasar varios días a caballo sin sentir la menor incomodidad. En realidad, en las actividades diarias de la función policial estaba el recorrer amplias zonas montado a caballo. Por ello, ninguno tenía problemas para cabalgar durante largos tramos del día. Y tal cual, en los tiempos como peón, una orden era una orden, y la acataba sin cuestionar. Estaba acostumbrado a ello. Al enterarse del objetivo a perseguir recordó que algo había leído sobre esas prácticas, en los tiempos de la colonización, y al sur del territorio americano –en esa zona que llaman Tierra del Fuego. "Y qué va..." –se dijo. "Quizás todo quede en una simple cabalgata y nada más". No era seguro que, finalmente, decidieran consumar la cacería. Pero se equivocó.

 

                                                           Sigue...

                                                                                                                    Walter H. Rotela

                                                                                                                          Pedro Buda

http://www.pebuwar2.blogspot.com.uy/2015/11/cuento-caceria-en-enero.html


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