La puta y el shinigami

Por Hubert Ettiste
Enviado el 08/11/2015, clasificado en Intriga / suspense
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El olor a pólvora de ayer por la noche se escapaba por la ventana entreabierta mientras esa masa acústica punzante e ininteligible, de scooters, gritos y estrés que se extiende por la metrópolis, se colaba sin permiso en la habitación. El cuarto a oscuras. Iluminado tímidamente por las luces de neón azul metalizado y fucsia eléctrico que colgaban en los rascacielos y edificios del centro, y por ese tímido punto naranja de las cañas de incienso de aromas frutales, recién encendidas.

Akane yacía muerta con una corona de un rojo oscuro detrás de su cabeza, salpicando con fulgor postindustrial el empapelado de colores suaves. Sangre ennegrecida. Oxidada. Costras resecas en las sabanas y en la ropa, dibujando un circulo amorfo por encima de la cabeza manchando la pared. Coronando su desgracia a juego con su pintalabios y su color de uñas.

Hiroshi se encendió un pitillo. Rubio. Sin filtro. A juego con el punto de luz de las cañas de incienso. Los olores se mezclaban en la habitación. El pestazo áspero de pólvora ya apenas se palpaba. El incienso desprendía un aroma fresco que contrarrestaba con la carga viciada de la nicotina, llenando poco a poco la sala; pelándose en el aire entre ellos para ver quien embriagaba esos quince metros cuadrados. Mientras su danza viciaba cada vez más el ambiente, el cuerpo de Akane, medio desnudo, parecía mirar por la ventana con el rostro desencajado por ese disparo a menos de medio metro de distancia con una Colt Combat Commander negra, con silenciador. Es siniestro como un disparo tan tímido puede desencadenar una imagen tan grotesca.

Sentado en un sillón enfrente de la cama, sin querer mirar el cuerpo de su amante muerta, el ronin proyectó su cuerpo tímidamente hacia delante. Doblando su espalda, y con la mirada fija en el suelo, pudo ver como la ceniza del pitillo caía sobre sus zapatos y se posaba sobre el empeine de cuero caoba, con cordones de lino. Sujetando el cigarro con los labios, se aflojaba el nudo de la corbata, manchada con tres tímidas gotas de sangre en la parta inferior, solamente perceptibles con el reflejo de ese neón azul que proyectaba el luminoso anuncio del edificio de enfrente.

El ramen con verduras de hacía una hora parecía querer salir a presión por la boca. Un sudor frio reseguía las sienes de Hiroshi hasta llegar a media altura de sus mejillas; rasposas por la barba descuidada que solía lucir. Se palpó el sudor con dos dedos, acabando de reseguir con estos, el trayecto que deberían seguir las gotas de sudor hasta llegar al mentón. Se levantó casi de un salto. Cerró la ventana y cubrió el cuerpo de Akane con una sábana manchada de sangre. Apagó el pitillo en la bandeja de metal donde posaba el incienso. Exhaló el último calo, lanzando sin intención, el humo contra la mancha de sangre incrustada en la pared. Cerró la puerta y se fue, dejando tras de si el cadáver de la única mujer que le amó, un casquillo de nueve milímetros y una colilla de tabaco rubio sobre unas barritas de incienso de aromas frutales aún encendidas.

 


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