Tres sumisas para mí en una casa rural (Capítulo 2B)

Por T.ahotlo
Enviado el 20/02/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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………- Pepe para una vez que tengo que hacer el descanso de fin de semana del camión lejos de casa no hay en este pueblo ningún club de alterne, con la falta que me hace que me la chupe una buena morenaza
-¡anda que a mí! - dijo el otro.……..
- Señores yo tengo una puta preciosa, morena en una casa cerca de aquí, estaría dispuesto a presentársela ¿Quieren que la traiga mañana junto a su camión para que chupe sus pollas? – les dije en voz baja.
- ¿Cuánto nos costaría? -dijo el más mayor.
-Nada solo un regalo para ella, un detalle, yo lo que quiero es que practique que le falta soltura mamando pollas y que mejor que algo imprevisto para ella, porque no se lo diré hasta mañana, justo antes de que se las chupe, porque lleva poco de puta y necesita experiencias; pero eso sí sólo dos mamadas, nada de follar y para ver su progresión yo y dos señoritas estaremos mirando como público ¡De acuerdo! -les dije - De acuerdo amigo –dijo el más joven.)
Hoy llegamos junto al camión a la hora acordada, las una del mediodía.
Los camioneros se situaron junto Virginia que relucía desnuda, de rodillas en el suelo delante de ellos, su piel blanca resplandecía, los dos se pusieron algo nerviosos al verla tan bella rodilla en tierra, mirándolos desde el suelo.
Virginia desabrocho los pantalones de los dos camioneros y los bajó hasta los muslos, luego les bajó los calzoncillos (Tenían los penes encogidos) “El nerviosismo supongo”, Virginia empezó a acariciarles los testículos, a cada uno con una mano, con mucha suavidad, como sopesándolos arriba y abajo y apretando solo lo justo para notar sus testículos duros dentro de las bolsas de sus escrotos y con suavidad arañando sus huevos con un leve roce de sus uñas, al mismo tiempo besaba sus penes alternativamente y ellos se acercaron el uno al otro, para facilitar el bamboleo de la cabeza de Virginia de un pene al otro, desde su posición de rodillas, esos penes fueron creciendo rápidamente, ahora en lugar de besarlos se los introducía en la boca alternativamente también, a ellos les temblaban las piernas
(El pene del más mayor era grande pero no se ponía duro del todo, el del más que joven era de tamaño pequeño (Cosa que me alegro, ¡No fuera a tener Virginia pensamientos impuros! Que para eso ya estaba yo) pero se le puso tiesa como una vara; Virginia se metía el pene grande del más mayor a puñados en la boca ya que aun estaba morcillón y después lo dejaba caer en el aire cuando pasaba a chupar la "polla-vara" del joven, el cual se corrió pronto, justo cuando ella comenzaba a chupársela de nuevo en uno de los relevos y le puso la cara y las tetas perdidas de leche, que barbaridad de corrida, cuánto tiempo llevaría guardando la leche, porque se veían hasta cuajarones por los pechos blancos de Virginia, su leche también cayó al suelo, Virginia sin detenerse se dedicó con esmero a la gran polla flácida de cincuentón con las dos manos y la boca, como tocando la flauta. ¡Que sorpresa nos dio a todos el más mayor! Porque las caricias de las manos de Virginia junto a la calidez de su boca consiguieron poner aquel enorme pene duro como el mármol, por lo menos mediría unos veinticinco centímetros y más gorda que la mía que ya es decir (Cosa que no me agradó del todo) Ella no podía metérsela toda en la boca, estiró sus brazos y agarró los cachetes de Pepe el camionero, intentando hacer palanca y tragársela toda, pero ni por esas, solo consiguió meterse la mitad y aun así su boca se dibujaba como un círculo estirado, tenso y deforme, con el pene saliendo de ella como una caricatura de un cactus grande asomando por el filo de la maceta que se le quedó pequeña, esa polla estaba muy dura, por un momento temí por la mandíbula de Virginia, pero parecía ser tan elástica como la boca de una serpiente.
Los testículos también grandes de este hombre se contrajeron hacia arriba, señal inequívoca de que estaba a punto de correrse, en el momento de la eyaculación las venas de esa gran polla se marcaron con firmeza y el hombre gritó fuerte ¡Uuuuuaaa¡ Virginia echó la cabeza de golpe hacia atrás, lo cual nos indicaba a todos que le había soltado un buen caño de leche dentro de la boca, al tirar hacia atrás la leche le rebosó la boca, acto seguido Pepe acabó de correrse en el rostro de Virginia, tres grandes chorros que le dejaron toda la cara blanca y los ojos cerrados.
Le dije a Ingrid y a Sara que le lamieran la cara y se tragaran todo, mientras ellas lamían el semen del rostro de Virginia, el camionero más joven fue al camión y trajo una toalla y se la dio a Virginia, la cual se limpió la cara como pudo quitando los restos que las amigas no habían succionado con sus lenguas, pero dejando algún churrete, el más mayor trajo un paquete envuelto y se lo dio a Virginia dándome a mí las gracias por ese rato tras los árboles.
- Virginia vístete que vamos a comer al restaurante, ¿Lo has pasado bien? -le dije mientras veía como le colgaba un lamparón pegajoso de la barbilla.
-Mucho señor Antonio. –dijo Virginia con sus parpados aun casi pegados.
Al llegar al restaurante mande a Virginia a asearse con agua, que parecía que había metido la cabeza en un canasto de huevos rotos, después pedimos al camarero, ellas pidieron platos más abundantes, las pobres que casi no habían comido desde ayer, pero había que domarlas.
- ¿Cómo está la comida?, ¿está bien preparada?- les dije a las tres.
-Esta muy rica Señor, todo buenísimo.
Hablamos durante la comida, Me dijeron sus edades, Sara la rubia platino tenía veintinueve años (Uno más de lo que yo calcule ayer) Virginia, la morenaza tenía treinta y tres e Ingrid la pelirroja pecosa tenía veintisiete. Al acabar el postre les pregunte.
- ¿Estáis arrepentidas de haberos hecho mis sumisas? -dije con curiosidad.
-No, lo que estamos es súper activas, como más jóvenes y más vivas por la excitación de esperar la orden y cumplirla guste o no guste, lo hablamos esta mañana vistiéndonos, nuestros cuerpos están que arden y nuestras vaginas siempre empapadas ¡ Señor Antonio! -me dijo Ingrid en nombre de las tres.
En ese momento yo tenía mi pene clavado contra la cremallera de mi pantalón, por la excitación que el poder como dominador me proporcionaba, poder que esas tres mujeres me habían otorgado.
Al salir sin pagar Sara me preguntó.
- ¿No pagamos señor Antonio? -yo le conteste cogiendo a Ingrid del brazo.
- Claro que vamos a pagar Sara..................... (Continua en el capitulo 2C)


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