Me adecué al cambio, hasta ahí ... _1

Por ArDuro
Enviado el 15/11/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Stephen Hawking, el célebre científico británico que ha conseguido despejar grandes incógnitas del universo, considera que “las mujeres son un completo misterio.”

Concuerdo, absolutamente, con él.

Mariel, mi esposa, de familia católica profesante, educada en colegios de monjas, un día, repentinamente, me embarcó en un intercambio de pareja.

Unos tres meses antes de la noche que relato, Mariel me acompañó en un breve viaje de trabajo. En el de regreso, tuvimos una demora pronunciada en el aeropuerto. Fue ahí que conocimos a la otra pareja, Laura y Jorge. La simpatía fue mutua.

Las dos chicas, altas, estilizadas, apenas mayores a los 30 años, son realmente atractivas. Nosotros los varones, arrimándonos a los 40, ambos de talle, figura y disposición del cuerpo bastante correcta, no desentonamos.

Ya de regreso, comenzamos a reunirnos, los cuatro, aunque las dos mujeres tenían encuentros frecuentes a solas. Con la perspectiva de lo ocurrido estoy persuadido que entre las dos idearon la experiencia. Mariel comenzó con tirarme, en la intimidad, comentarios que eran “globos de ensayo”:

“…yo … últimamente cambié de parecer sobre la exclusividad ..”,

“ … Laura es muy bonita y … debe ser muy apasionada … “,

“ … me intriga como sería hacer el amor con otro … “,

“ … Jorge está para darle y no cobrarle … “,

“etcétera”.

Yo, asentí en algunos – los referidos a Laura -y no me escandalicé en los otros.

Aquella noche de sábado, habíamos convenido cenar en la casa de ellos, sólo los cuatro, sin los chicos.

Mariel se “produjo” con esmero: cambió peinado, tratamientos faciales los días previos, maquillaje cuidado, minifalda ajustada y  blusa negra aún más ajustada que le resaltaban las curvas y sus hermosos senos.  Laura no desentonó. Se veía preciosa y sexy  con su pollerita negra, ajustada y bastante arriba de las rodillas, blusa -también ceñida- de color azul, su cabello lacio estaba suelto y desprendía un perfume sugestivo.

A la hora de sentarnos a la mesa, caí en cuenta que “esa nube traía agua”: Mariel, se ubicó al lado de Jorge, Laura a mi izquierda, con la reducida pollerita, subida, dejándome ver una generosa porción de sus muslos. (Por instantes, también podía vislumbrar su bombachita violeta.)

Durante la cena, con frecuencia la mano de Jorge desaparecía debajo de la mesa. En el rostro de Mariel, por momentos, se adivinaba por donde andaba esa mano.

Laura, adhirió al jueguito de esconder, de vez en cuando, la mano, con la que, de movida, comenzó a rozar mi pierna izquierda con el dedo meñique y el anular. Con el correr de los minutos tomó confianza y manoseó con más entusiasmo aunque sin llegar al bulto.

Esperaba reciprocidad pero yo quedé inhibido.

A la hora del postre, flotaba en el aire, por sobre el aroma de bebidas y comida, el de los cuerpos inquietos, perturbados.

Laura fue a la cocina, para traer el postre y, desde allí llamó al marido (estimo que para dejarnos a solas). Sabía lo que hacía.

-Decime, Mariel ¿Qué es esto? –

-¿A qué te referís?-

- Te lo digo con todas las letras: estos dos nos quieren coger y vos lo arreglaste con ellos. ¿O estoy meando fuera del tarro?-

 Bajó la vista, y cuando la levantó la clavó en mis ojos y se sinceró sobre lo que tenía in mente:

 - Ya te dije … que yo…. cambié de parecer sobre la exclusividad .... si no te jode demasiado,... mientras vos te la volteás a Laura,....que anda caliente con vos.... me largo con Jorge.......  ¿qué decís?-

-¡No te lo puedo creer!!! …. –

En ese momento volvían, sonrientes (con, en las caras, la expectativa) nuestros anfitriones de modo que me callé. Mariel asumió aquello de que “el que calla otorga” ya que, una vez que dimos cuenta del postre y el café (éste último, sentados en el living), vi como Jorge la besaba en la boca, fugazmente primero, con franqueza después y le metía manos.

Tuve sensaciones encontradas: irritación, celos, excitación y morbo.

Laura juzgó que mi aparente inacción era aprobación y me besó en la mejilla muy cerca de la boca y a acariciarme, cara cuello y torso, introduciendo su mano debajo de la camisa.

Acudieron a mi mente dos pensamientos adicionales del genial Stephen Hawking:

“Solo somos una raza avanzada de monos en un planeta menor..”

 Como tales, pienso yo, somos presas fáciles de los instintos que, por siglos, gobernaron el comportamiento de los primates. ¿Qué instinto es más fuerte que el sexo? ¿Cuál raza de primates es monógama? Me temo que ninguna.

"La inteligencia es la habilidad de adaptarse a los cambios."

Asumí, el nuevo cuadro de situación. Lo hice besando y manoseando, en el sofá, a la mujer del que estaba besando y sobando a la mía. Y me agradó.

En una pausa, me volví a mirar lo que hacían los otros dos, ya no estaban en el living.

-Vení, vamos al otro dormitorio. – me informó Laura incorporándose, para llevarme, de la mano.

 


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