Mi dedo mocho

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 17/11/2015, clasificado en Cuentos
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MI DEDO MOCHO

 

En la noche de un tórrido día de septiembre, pedaleaba yo por la avenida del Malecón, transportando en la parrilla el voluptuoso cuerpo de Maricusa. El muro, era toda una vitrina al aire libre, donde se exhibía lo más variopinto de la sociedad habanera, que trataba a esa hora de mitigar el calor con la escasa brisa que pudiera llegarle desde el mar a sus espaldas.

 

Cuando pasamos por el costado del Hotel Deuville, la música de una canción de moda penetró molesta en mis oídos: “Se fue, se fue su sonrisa de fábula…”, no por el original que provenía de un enorme altoparlante situado en el portal de la instalación, sino por la versión gangosa de Maricusa, que estuvo tarareándola hasta tanto no hube de mandarla a callar.

 

Al desviarnos, atravesamos un sinnúmero de callejuelas, todas llenas de huecos en el pavimento, y desprovistas totalmente de iluminación. Una y otra vez Maricusa dejaba escapar lastimeros quejidos, al impactar sus glúteos contra los hierros de la parrilla.

 

-¿Y aquí es a dónde tú me traes? –sonó su voz como un reproche cuando tuvo ante sus ojos el cuarto que pude resolver para pasar esa noche con ella.

 

Era un cuarto de solar en un edificio con peligro de derrumbe. Mi amigo Rafael no dudó un instante en prestármelo por unas horas, no sin antes advertirme de los inconvenientes con que iba a encontrarme. Carecía de baño, así como de instalaciones para agua. El preciado líquido, lo guardaba mi amigo en un tanque oxidado ubicado en un rincón. Lo llenaba cada cuatro días con una manguera, desde una pipa que irregularmente hacía el reparto en la zona.

 

El cuarto era a la vez sala y cocina. La única salida para el agua era un fregadero con múltiples usos. Cuando en la noche Rafael se veía necesitado de evacuar su vejiga, se encaramaba en una silla y apuntaba al orificio de desagüe. Para reclamos mayores de su organismo, utilizaba un cubo, y una jaba, y luego en la mañana, la lanzaba hacia la calle, en dirección a un tanque de basura que estaba siempre desbordado.

 

Una escalera de madera medio podrida -completamente vertical para ahorrar espacio-, daba acceso a una especie de barbacoa o tarima con piso de cartón y tablas, situada en la parte superior. Allí dormía Rafael en una colchoneta agujerada por las trazas. La humedad era altísima, y muy poca ventilación llegaba a través de la ventana casi clausurada que daba al pasillo.

 

No obstante a estas dificultades, logré que Maricusa se acomodara de alguna forma en la colchoneta, y respondiera apasionadamente a mis reclamos de amor. Luego de cada sesión, bajaba con cuidado las escaleras, siempre siguiendo mis instrucciones, para evitar cualquier tropiezo con las tablas tan débiles y tan estrechas. Ya en el piso, colocaba la silla junto al fregadero, y haciendo malabares para no estrellar su anatomía contra la meseta, se lavaba con la ayuda de un jarro, el sexo recién entregado.

 

Me despertó muy temprano a la mañana siguiente. Afuera aún no había amanecido.

 

-¡Vamos, que tenemos que irnos! ¡Voy a llegar tarde al trabajo! –dijo, mientras me besaba cariñosamente por todo el cuerpo.

 

Con los ojos aún cerrados comencé a vestirme. Quise bajar a lavarme la cara en el fregadero, pero mi pie izquierdo no encontró donde apoyarse. Al intentar asirme de las tablas que Rafael tenía como anaqueles justo encima de la escalera, mi anillo dorado quedó enganchado en el clavo del que pendía una estampilla de San Lázaro. Durante unos instantes, estuve colgando en el vacío. Luego el anillo se fue corriendo, llevándose con él toda la piel de mi dedo anular. Caí estrepitosamente contra el piso, despertando de seguro a todo el solar. La sangre brotó a borbotones de mi dedo deshecho, y mi cuerpo se llenó de dolorosos hematomas.

 

Durante todo este tiempo, Maricusa se había quedado arriba con las manos en la cabeza, y sin atreverse a preguntar nada. Sólo cuando comencé a quejarme y a pedir ayuda, se sintió con el valor suficiente como para venir a socorrerme.

 

Cuando llegamos a las puertas del hospital, ya el sol comenzaba a calentar la ciudad. Maricusa sudaba tanto como una yegua de coche, pues ahora tuvo que encargarse ella del manubrio, y traerme a mí en la parrilla. El doctor me examinó el dedo –luego de quitar la improvisada venda hecha por Maricusa-, y al dictaminar la amputación, ella cayó presa de un desmayo encima de la silla verde que muy a tiempo le tendió una enfermera.

 

El anillo dorado quiso entregármelo Rafael días más tarde. Lo había encontrado milagrosamente, aún con pellejos y sangre, en el lugar de la tragedia. Y digo milagrosamente, pues aquella mañana al salir tan apresurados para el hospital, Maricusa olvidó pasarle el doble seguro a la puerta. Los habitantes del solar aprovecharon entonces para sacar de allí las pocas cosas de valor que encontraron a mano.

 

Sin embargo, ya el anillo no me hacía ninguna falta. Juré no volver a decorar ninguno de mis nueve dedos restantes con algo tan inútil. Con el consentimiento de Maricusa –que ha estado a mi lado desde entonces, y asegura quererme igual a pesar de mi dedo mocho-, le hice entrega a Rafael del objeto causante de mi desdicha.

 

-Si no quieres usarlo, lo puedes vender –le dije-. ¡Me da tanta pena que por mi culpa te hayan robado el ventilador ruso y la radio de pilas! Al menos así, si te entrego el anillo, voy a quedarme un poco más tranquilo…


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