La Casa Solitaria.

Por Jaimeo
Enviado el 21/11/2015, clasificado en Fantasía
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Todos los días debía pasar por aquella apartada calle cuando, caminando, debía ir y volver del Liceo. La casa parecía abandonada, con el pasto seco y la maleza que invadía el antejardín; su color oscuro, indefinido, que alguna vez fue pintura fresca y alegre, atraía mi mirada. El cerco de fierro forjado, muy antiguo, impedía la entrada de intrusos; como siempre me encaminé por esa vereda, pero … ese día no fue como los otros.
Iba meditando sobre los deberes de mi clase, cuando mi pie tropezó con una piedrecilla; no era como para caerme, pero perdí el equilibrio y desesperado me cogí del cerco de la vieja casa. La cosa no quedó allí, había tomado la puerta con sus oxidados fierros y prácticamente caí dentro del que un día fue antejardín. Avergonzado me puse de pie, mirando hacia la calle, pero nadie se percató de mi pequeño accidente. Estaba recogiendo mis cuadernos, cuando por el rabillo del ojo noté que una de las ventanas había corrido unas antiguas cortinas y una niña de unos 11 años, rubiecita y de ojos azules sonreía, tal vez divertida.
Le hice señas con una mano, más que saludarla para salir airoso del porrazo y ella contestó con el mismo gesto.
Desde entonces pasaba mirando hacia esa ventana y siempre estaba allí la muchachita hermosa. En una oportunidad me detuve y traté de hablarle, ella se puso seria y cerró la cortina; me sentí algo ofendido, pero al día siguiente de nuevo la pequeña me sonreía y saludaba con sus manitos.
Intrigado le pregunté a mi padre por esa casa, más bien quería saber de la linda niña.
–Uuuh, hijo, esa casa se encuentra abandonada desde hace unos treinta años.
–Pero papá, allí vive una niña que me mira por la ventana cuando paso. Deben ser nuevos inquilinos.
Mi madre, que escuchaba nuestra conversación, se interesó en el tema.
–Seguro que llegaron nuevos vecinos.
Un día me decidí y, al verla en la ventana, entré para preguntarle por qué no iba a clases. La chica no escapó y entreabrió la ventana, su voz melodiosa y sonriente nunca la podré olvidar.
–Hola, me llamo Liber, de Libertad. Y tú ¿Cuál es tu nombre?
E iniciamos una breve conversación; le pregunté por qué no iba a clases como todos los niños.
–Mis padres no me dejan salir.
–¿Estás enferma?
Una sombra de tristeza oscureció su mirada.
–No, pero nunca podré salir…
Sus bellos ojos se llenaron de lágrimas y cerró la ventana. Me retiré intrigado, pues la situación era misteriosa.
Al día siguiente no podía dar crédito a lo que veían mis ojos; la casa estaba en llamas y los bomberos trataban de apagar el incendio. Mi padre estaba con un vecino como espectadores.
–Hijo, de acuerdo con lo que nos contaste, acabo de averiguar con otro vecinos. Allí no vivía nadie, debes haber soñado viendo a una niña.
–¡No, padre, no lo he soñado! Allí conocí a una niña llamada Liber o Libertad.
Mi viejo y su amigo se miraron con cara de espanto.
–No puede ser hijo, ocurre que hace treinta años vivía allí un matrimonio que fue asaltado y los bandidos los mataron a los tres. La niña, de unos diez u once años se llamaba Libertad…
Transcurrieron quince años desde ese extraño incidente, regresé a mi ciudad y, al pasar con mi automóvil, me detuve en ese lugar. Ahora había una hermosa escuela para niñas que jugaban en un gran patio de recreo, parecían alegres pajaritos que corrían de un lado a otro.
Creí ver entre sus delantales blancos la sonrisa de Liber, sonreí también y me dispuse a seguir mi marcha, pero con sorpresa la vi que venía hacia el cerco metálico con el uniforme del colegio. Me hizo señas y corrió a jugar con las otras niñas; me bajé de mi coche y llamé a una niña cercana, me dijo que no conocía ninguna Liber y cuando señalé a la pequeña que nos sonreía, se encogió de hombros.
–No la conozco, debe ser alguna alumna recién llegada.
Año tras año he visitado el colegio a la hora de recreo, siempre sale la rubiecita a saludarme. No ha crecido, está igual, pero hasta esta fecha nadie parece conocerla.
Me consuela saber que al fin es feliz, en una dimensión que no es la nuestra, y que pasarán los años por mí y ella será siempre Liber, la rubiecita que me saluda sonriente.


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