El Paraíso del Clan Foreman. (I)

Por Jaimeo
Enviado el 22/11/2015, clasificado en Ciencia ficción
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Comienza el fin.


El señor Charles Foreman contemplaba complacido las frutas que estaban madurando en diferentes árboles; más allá uno de sus empleados picaba la tierra y plantaba renuevos de vegetales.
–¡Eh, Juanito, anda darle pienso a los animales en el corral!
Un muchacho corrió obedeciendo la orden y a lo lejos distinguió varias rústicas construcciones de madera. Había ovinos, caprinos y porcinos; más allá un gallinero y entre las aves de corral había también patos y gansos; en realidad era bastante la tarea encomendada.
Foreman había usado el castellano para comunicarse con su empleado, sin asomo de acento “gringo”. Su segundo apellido era Pastorini, indudablemente italiano; su esposa Olga Hadad era de origen árabe, desde mediados del siglo XXI, cuando él tenía 20 años, se encontraban casados cuando su novia tenía apenas 15 años. Cosas de los viejos, pensaba, le dio tres hijos que seguramente se encontraban en el enorme gimnasio donde se divertían con los hijos de sus trabajadores; ya no había razón para mantener distancia con ellos. Una nube de tristeza oscureció su sonrisa; inquieto miró el mar lejano, allá abajo; contempló sus aguas plomizas que apenas se movían como un gran y quieto lago.
Alzó los ojos y vio el cielo de color entre azul y ocre, echó hacia atrás su gran sombrero alón que le daba un aspecto de vaquero del lejano oeste. Por su mente pasaban escenas como una película, los horrores que aún no terminaban; aquellos que juraron ser hermanos terminaron en una guerra suicida por los combustibles, los alimentos, el agua y hasta por el aire puro. Las multitudes en todas partes del planeta en su desesperación destruían todo aquello que fuera el orgullo de la civilización; fueron asesinados los magnates del petróleo, los gobernantes huyeron ante el caos total, irreversible, pero la terrible verdad era que no había un solo lugar donde refugiarse sin los peligros ambientales. Las altas montañas del Tibet eran el último refugio, nunca más se supo de aquellos que a sangre y fuego quisieron escapar al destino conquistando los sagrados montes. Tampoco se supo más de las naves enviadas a Marte con los primeros colonos que alcanzaron a salir de la Tierra antes que algunos locos creyeron solucionar, o quizás apurar, el desastre total, lanzando algunas bombas atómicas que los países agredidos tuvieron un leve chispazo de inteligencia y no contestaron al ataque.
Antes del principio de dolores, cuando aún la nube de la muerte no se apoderaba de los cielos, en su costoso barco “El Arca”, el joven Charles Foreman recorría los mares y se enamoró de los bellos paisajes de un país cercano a la Antártica. En medio de borracheras y de la degradación que corrompía a los ricos y poderosos que, en su soberbia se creían indestructibles por ser dueños de los yacimientos de petróleo y por ende de la economía mundial, su visión fue más allá en el tiempo cuando un día despertó en la bella Isla Paraíso que había comprado y donde construyó una fastuosa y enorme mansión; viendo la desnudez de sus jóvenes amigos, muchachas y muchachos supuestamente educados en una civilización que los tenía destinado a dirigir la humanidad; entonces su mente iluminada comprendió que el fin de la vida se acercaba a pasos agigantados por la estupidez del hombre.

 

Continúa Cap.ii


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