Clavo ardiendo

Por Caminante en la sombra
Enviado el 03/01/2016, clasificado en Intriga / suspense
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Sus pies se movían a toda velocidad, como alma que lleva el diablo. Estaba aterrado. Sus músculos se encontraban en tensión y su corazón latía a mil por hora.

Avanzó por la gran avenida, entre la gente. Giró la cabeza en varias direcciones, tratando de recordar el camino correcto hacia el parque. Un gran grupo de personas se amontonaba sobre la calzada, obligándole a apartarlos a empujones. Pareció oír sus quejas al pasar, pero sólo como un sonido lejano. Ni tan siquiera parecía escuchar el bullicio de la ciudad: los claxon de los coches, las conversaciones de la gente, los niños gritando....nada importaba en ese instante.

Trató de acelerar el paso mientras su respiración comenzó a volverse agitada.

Entonces la realidad se le nubló ligeramente. Un miedo atroz comenzó a inundarle: estaba empezando.

Sintió como lentamente una inquietante debilidad se extendía por todos sus músculos.

¡Debía llegar ya!

Al fin lo encontró: el inmenso parque del centro de la ciudad se abrió ante sus ojos. Sonrió, feliz por haber llegado a tiempo. Las figuras que se movían a su alrededor, solo eran borrones para él. Su vista se fue directa hacia el arbusto bajo el gran árbol. Corrió, una intensa sensación de alivio pareció nacer en su interior poco a poco.

Se abalanzó sobre los arbustos, golpeándolo con los brazos con violencia. Allí estaba, el sobre blanco. Lo agarró con desesperación y lo abrió para meter una mano en su interior.Un frío helado le cubrió de pronto.

El sobre estaba vacío.

Abrió los ojos, consternado. Toda la fuerza y adrenalina que había reunido hacía tan solo unos segundos: le abandonó de golpe.

Se derrumbó sobre el suelo, dejándose llevar por la debilidad que iba consumiendo su cuerpo.

Estaba muerto. Había fracasado.

El era Bill, un agente secreto que se había infiltrado junto a su compañero y amigo Jack en una mafia. Llevaban infiltrados ya un año, tiempo en el que todo había ido estupendamente y la investigación avanzaba por buen camino.

Pero hacía tan solo unas semans, algo parecía haber cambiado: de algún modo, los habían descubierto.

Jack tuvo que abandonar la mafia un día antes que él. Se vio obligado a esconderse del mundo para que no lo encontrasen. Pues su vida corría peligro.

Bill había huido al día siguiente, pero cuando lo hizo comenzó a sentirse extraño: alguien le había envenenado mortalmente. No sabía como había podido pasar, pero sabía que el virus era mortal sino tomabas el antídoto en los siguieentes tres días. Desesperado, llamó a Bill que le prometió que le escondería un pequeño frasco con el antídoto en un sobre blanco en el parque, bajo los arbustos del gran árbol. Bill sintió una gran alegría al recordar que Jack había robado varios frascos del antídoto antes de huir.

Pero ahora, ,apenas le quedaban algunos minutos de vida, pues estaban a punto de cumplirse los tres días.

Escuchó unos pasos acercándose hacia él. Trató de girar levemente la cabeza, pero no pudo: tenía ya todos los músculos entumecidos.

Una risa que conocía muy bien resonó a su lado.

–¿Creías que podríais escapar de nosotros? –oyó.

No le hizo falta mirar quien era: se trataba de Max: el jefe de la mafia. Escuchó de nuevo varios pasos que se detuvieron a su lado: como era habitual en él, no había venido solo.

–¿Qué.....ha pasado....con....el antídoto? –consiguó preguntar Bill.

Entonces Max se inclinó y pudo ver su rostro burlón a tan sólo unos centímetros.

–Tu amgio, Bill. Cometió un error.

Los ojos de Bill se abrieron por completo, en una expresión de terror.

–¿Qué.....le has hecho? –gruñó mientras apretaba los dientes con furia y fulminaba con la mirada al mafioso.

Éste soltó una carcajada que parecía un graznido.

–Interceptamos vuestras conversaciones y le encontramos aquí, cuando el te había dejado ya el sobre.

Bill sintió como se le hacía un nudo en la garganta. Jack, su amigo, había sido asesinado por intentar salvarle a el....

Aquel pensamiento le hizo sentir la persona más horrible del mundo.

–No te preocupes. Pronto te podras reunir con él. El virus está a punto de terminar contigo.

Se irguió en silencio. Y se marchó junto con los que había venido. Bill cerró los ojos, abatido. Un gran vacío nacía ahora en su interior, un vacío inmenso que le había consumido por completo.

–No debisteis meteros en una batalla que no podíais ganar –dijo Max a lo lejos.

Y entonces, todo fue oscuridad para Bill.


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