La ruta de los 400 metros

Por Führer
Enviado el 07/01/2016, clasificado en Reflexiones
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Mateo y su padre divisan el letrero y se encaminan a la marcha de los 400 metros. Es un sendero solitario, plagado de matorrales sucios y tierra muerta. Desafortunadamente, el único camino para llegar al cementerio y por el cual ningún bus transita. Sin duda, sería más fácil ir en auto, pero el sacrificio del recorrido le añade la dosis necesaria de devoción a la visita de un ser querido. Mateo no recuerda la última vez que estuvo allí, ha pasado tanto desde su última visita al cementerio que ya no logra recordar el lugar con claridad.

            A los cinco minutos de caminar bajo la fuerza del sol llegan a las florerías. Su padre evalúa las que se ven más acordes con su gusto y compra un ramo. No satisfecho, maldice a la florera por elevar los precios, y es que claro, hoy no es un día cualquiera; hoy es 24 de diciembre. Al ponerse el sol, comenzará la noche buena.

            Al aproximarse cada vez más al cementerio, Mateo recuerda con menos vaguedad la última vez que estuvo ahí. Reconoce la arquitectura de ese imponente cementerio: las cascadas que caen desde una montaña artificial y los jardines coloridos que acompañan los senderos que conducen a los pabellones. En uno de esos pabellones, se encuentra su abuelo.

            Por más sorprendente que parezca, el padre de Mateo no recuerda exactamente la ubicación de la tumba de su padre. Quizá eso es fiel signo del poco afecto que sentía hacia él, la falta de concurrencia a ese lugar tan alejado pero en el que descansa el cuerpo de su padre. El muchacho se pregunta si visitaría con más frecuencia a su padre cuando este deje de existir. Nunca se llevaron bien, el sentimiento más común entre ambos lo encuentran en el fútbol. Y aún entonces Mateo considera que muchas veces su padre habla demasiado al ver un partido.

El camino es largo para llegar hasta allí y Mateo −una persona sumamente perezosa− decidió tomarlo porque quizá el remordimiento ya estaba carcomiendo su conciencia. Un mes atrás, la presencia de su abuelo lo exaltó cuando se preparaba para dormir. La guitarra que solía pertenecerle y que ahora el nieto conservaba en su cuarto, tocó un único acorde y eso de ninguna forma podía ser obra del viento.

            Durante el trayecto a la tumba de su abuelo, una gran duda lo asaltaba: ¿por qué la gente va al cementerio? Es comprensible para las personas que no son religiosas, pero ¿por qué la gente que cree en el cielo aún asiste al cementerio? ¿Es que el cuerpo permanece en el cementerio y el alma viaja al cielo? En ese caso, ¿la gente visita al cuerpo porque cree que no puede llegar hasta el alma? Muchas preguntas por el estilo rondan su cabeza, pero llega a la conclusión de que quizá esas visitas espontáneas son el único modo de honrar a un ser querido, de hacerle saber que aún no ha sido olvidado y que sigue siendo importante en nuestras vidas a pesar de su ausencia.

            Finalmente llegaron al cementerio y Mateo se sorprende al ver que la lápida de su abuelo está compartida con cuatro personas más. Tres de ellas fallecieron el mismo día que él. ¿Es por eso que comparten la lápida? Más allá de esa interrogante, se entristece al ver que los nombres son apenas visibles y no hay flor ni recuerdo que acompañe su abandono en silencio.

            Pensativo, aprovecha ese ambiente de silencio para recordar a su abuelo, se da cuenta de que han pasado más de cuatro años desde el sepelio. Y esa tarde no derramó una sola lágrima. No es porque no quisiera a su abuelo, pero sentía más alegría al saber que finalmente se había liberado de la dolorosa vida que llevaba. Tampoco se sentía culpable de haber colaborado con el avance de su cáncer cada vez que su abuelo le daba dinero a cambio de conseguirle cigarrillos a espaldas de su abuela. Mateo recuerda con claridad que hubiera sonreído en el entierro si eso no significaba un gesto mal visto por todos los presentes. Su abuelo finalmente podría descansar como deseaba en cada quejido que oía desde su habitación. Si bien no se consideraba un suicidio, su pérdida de la voluntad para vivir tenía el mismo sabor.

            Pero esos solo fueron los malos recuerdos de sus últimos días de vida. Antes de eso, si bien son difusos, aún recuerda las historias de terror que su abuelo le contaba en las noches que no tenían electricidad, lo recuerda tocando la guitarra que ahora él heredó, saludándolo cada mañana con efusividad. Se arrepiente de haber arrojado al suelo un juguete que su abuelo le compró en uno de sus cumpleaños. Tan pocos recuerdos y tan difusos para solamente cuatro años de ausencia.

            El viento corre en el cementerio y Mateo siente muchas ganas de dormir allí. La sensación de silencio y el viento que corre forman un somnífero bastante efectivo. Pero se da cuenta que no puede perderse en la melancolía, en pocas horas la noche buena empezará y ambos deben llegar a casa. Más allá de saber que su abuelo no se encuentra ahí, siente nostalgia al regresar a casa. Antes de dejar el cementerio, voltea una, otra y una última tercera vez en dirección a la tumba de su abuelo.


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