Encuentro inesperado (1 de 4)

Por Luis Alfonso
Enviado el 13/01/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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Una tarde regresaba a mi casa y en el camino apareció ella, Mercedes. Ese día estaba como una diosa. Era lunes y se notaba que había pasado el fin de semana en la playa. Estaba vestida para lucir su bronceado y mostrar lo mejor de ella. Le encantaba coquetear y actuar de forma picara tanto en sus gestos como en su forma de hablar. Tenía el cabello rubio, el cual hacía un contraste muy llamativo con su color de piel. Medía cerca de 1,68 metros, sus largas, delgadas y bien formadas piernas llevaban unos jeans capri (esos que llegan hasta después de las rodillas) y resaltaban su fascinante figura. Se podía apreciar su desnuda pantorrilla, la cual mostraba su mejor perfil gracias a las sandalias de tacón alto negro que también dejaban apreciar sus casi desnudos tobillos y pies. Llevaba una blusa blanca, un poco descotada, pudiéndose admirar su sexy ombligo. Sus senos eran pequeños, pero igualmente deseables, como una fruta dulce y deliciosa que deja tu paladar con ganas de seguir disfrutando tan rico manjar.

Saludé a Mercedes con un beso en la mejilla y le pregunté como estaba y hacia dónde iba. Me contó que venía de trabajar y que su mamá la acababa de llamar para encontrarse e irse juntas a su casa. Su mamá la estaba esperando en la parada de autobuses que iban hacia su casa, la cual estaba en las afueras de la ciudad.

Yo quería aprovechar el mayor tiempo posible a su lado, seguir admirando lo linda que estaba, disfrutar de su compañía. Mi estilo era espontáneo pero discreto. Me gustaba dejar fluir las cosas por la química natural que podía surgir en la relación y actuar según las señales que pudiera ver. No era fácil porque ella también me tenía a mil, mi pantalón estaba que explotaba, mi miembro crecía con cada gesto, con cada palabra, con cada mirada de Mercedes. No sólo era una mujer muy agradable, inteligente, interesante, sino también estaba buenísima. Tenía muchas ganas de hacerle el amor a esa diosa.

Inmediatamente recordé que mi tío me había pedido darle vueltas a su piso mientras él estaba de viaje. Mi tío era divorciado y vivía relativamente cerca de la casa de Mercedes. Le comenté a Mercedes sobre mi tío y le dije que si quería pasábamos por mi casa, que estaba cerca, y buscábamos el coche y las llaves de mi tío. Yo podía llevar a ella y a su mamá hasta su casa sin problemas.

En el coche, buscamos a su mamá y nos fuimos hacia su casa. El camino era largo, era hora pico y había mucho tráfico. Eso me permitía tener más tiempo con ella, aunque no estábamos solos. Disfruté de sus hermosos pies bronceados y sus uñas perfectamente pintadas. Tenía unas hermosas y bien trabajadas manos. En algunos momentos de silencio, me imaginé esas suaves manos sobre mi ya reventado pantalón, el cual quería dejar libre al animal que deseaba explorar en el afrodisíaco cuerpo de Mercedes. Su sonrisa era un llamado a la lujuria y su simpatía era la puerta que se me iba abriendo para poder soñar despierto, esa tarde, con algo más que solo llevarla a su casa.

En la carretera había varios moteles. Eso hizo volar aún más mi imaginación. Sólo tenía que dejar a su agradable madre en la casa. Antes, yo le había pedido a Mercedes que por favor me acompañara al piso de mi tío, que sólo tenía que pagar algunos recibos de luz, agua y teléfono. También le dije que en agradecimiento la invitaba a comer algo en algún restaurante cerca. Ella con gusto había aceptado acompañarme.

Era natural el buen trato entre nosotros. Había un gran aprecio. A pesar de que era una mujer muy bella, ella no había despertado mi libido hasta ese día que me tenía como loco.

Teníamos algunos amigos en común, yo había sido novio de una conocida de Mercedes. Durante algún tiempo habíamos coincidido en algunas fiestas y habíamos compartido haciéndonos bromas y generando una buena química como amigos. Creo que mi ex-novia, en alguna salida de chicas, había hablado de mí y de la forma en que la trataba. Tal vez eso me hizo algo de marketing con Mercedes. De alguna manera el ambiente estaba aderezado con el hecho que yo había sido alguien prohibido en el pasado.

Una vez que llegamos frente a su edificio, ella le comentó a su mamá que nos íbamos a comer algo y que luego regresaba a casa. Su mamá se despidió con un cariñoso beso.

Cuando llegamos al piso de mi tío teníamos una sonrisa cómplice, como de amigos que estaban haciendo travesuras. Llevábamos la situación muy relajados, hablábamos de las cosas cotidianas, de nuestra relación con nuestra pareja anterior, de lo que pasaba en el cine o del último libro que habíamos leído.

El piso de mi tío tenía una vista panorámica a la montaña. La sala y la cocina estaban en un solo ambiente. Al principio nos sentamos en un mesón tipo bar que comunicaba la sala con la cocina. Mercedes se sentó en los bancos que daban hacia la sala y yo estaba del lado de la cocina arreglando los diferentes recibos que tenía que pagar.

En la nevera no había mucho, pero mi tío, como buen hombre viviendo sólo, tenía cerveza, vino y champagne. Para mantener el ambiente casual me incliné por la cerveza y ella con gusto me acompañó. Me contó que ese día había estado trabajando como promotora de unos productos. Mercedes recién se había graduado de abogado pero todavía aceptaba algunos trabajos que le pagaran bien como promotora mientras conseguía un mejor trabajo en su carrera. Me comentó que había estado todo el día parada y que le dolían mucho los pies. La forma en que hizo su comentario fue una invitación. Sentada se inclinó un poco hacia abajo y acarició sensualmente con sus manos el empeine de sus bellos pies mientras me decía: “Luis, me duelen mucho los pies, estuve todo el día parada y también camine mucho.”

Mientras buscaba la segunda ronda de cervezas le dije que nos sentáramos en el sofá y que le iba a buscar algo para que se le aliviara un poco el dolor. Preparé una ponchera de agua tibia ligeramente enjabonada y me fui a la sala con las cervezas frías. Ella me dijo que si estaba loquito, pero finalmente accedió.

Me senté en la alfombra de la sala y coloque la ponchera cerca de sus pies. Le pedí que me acercara uno de ellos y ella se dejó llevar por la situación. Me permitió consentirla y con delicadeza le quité una de las sandalias de tacón negro. Me sentía en el paraíso. Sus pies eran realmente hermosos. Provocaba besarlos, acariciarlos, morderlos suavemente en el talón. Luego subir por los laterales con lamidos y pequeños y suaves mordiscos hasta llegar a los dedos de sus pies. Chuparle el dedo gordo como si fuera un bombon de chocolate con crema de avellanas, recorrer mi lengua haciendo círculos en sus dedos hasta llegar al dedo pequeño y chuparlo como el último pedacito de un exquisito postre.


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