Encuentro inesperado (2 de 4)

Por Luis Alfonso
Enviado el 13/01/2016, clasificado en Adultos / eróticos
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Ignoré mis fantasías y simplemente me concentré en colocar su pie con suavidad en la ponchera. Acaricié el empeine y limpié la planta de su pie con la otra mano. Hice algunos masajes en el tobillo, mientras bajaba por el talón y hacía algo de presión para que se relajaran los tendones. Parecía que el agua tibia y el calor de mis manos le sentaban bien. Mercedes se recostó en el sofá, con los ojos cerrados, como disfrutando el momento. Sin preguntar, tomé el otro pie, le quité la sandalia de tacón negro y lo coloqué en la ponchera. Repetí el procedimiento. Me quedé varios minutos entre acariciando y masajeando con suavidad sus hermosos y bronceados pies. Se apreciaba el juego perfecto que estos hacían con sus torneadas piernas y desnudas pantorrillas.

Me entregué a consentir los pies de la diosa que me acompañaba. Ella sonrió y sensualmente me dijo: “gracias Luis, me gusta mucho, se siente rico. Me estaba haciendo falta relajarme así”. Después de un buen rato, le sequé los pies con una toalla y me senté en el sofá junto a ella mientras acomodaba sus pies sobre mis piernas. Su cabeza se recostó sobre un cojín en la esquina del sofá. Mis manos no dejaron de acariciar su empeine, planta, tobillo y pantorrilla. Desde esta posición pude apreciar mejor su ombligo desnudo, la blusa se había subido ligeramente. Nuestros ojos se encontraron y con una sonrisa picara me dijo: “nos estamos portando mal, muy mal”. Ella movió uno de sus pies, lo puso sobre mi evidente paquete y lo acarició con la planta

- Que duro lo tienes Luis, no sabía que yo te gustaba tanto. Se siente fuerte y rico tu amigo.

- Estas muy preciosa Mercedes, me tienes así desde que te vi. Eres una mujer maravillosa.

Ella acomodó sus piernas, apoyó sus rodillas sobre el sofá y se acercó a mí con un tierno beso en mis labios y me dijo: “gracias, me encantó”. Nuestros labios se rozaron con suavidad mientras los humedecíamos poco a poco. Era una sensación deliciosa, su perfume era exquisito. Mi nariz rozaba con la suya mientras nuestros labios querían más de ese tierno beso que iba subiendo de temperatura.

Coloqué mis manos sobre su cintura desnuda y las de ellas estaban sobre mis hombros rodeando mi cuello. Su rubio cabello se confundía con mi rostro mientras nuestras frentes se apoyaban una sobre la otra y sus apasionados ojos se sumergían sobre mis ojos. No hacían falta muchas palabras, nuestras miradas entregadas lo decían todo. Simplemente continuábamos jugando con nuestros labios mientras poco a poco permitíamos que nuestras lenguas se unieran también a la fiesta. Se saludaron con dulzura, mi lengua hacía círculos en su labio superior y luego en el inferior. Sin prisa, disfrutábamos cada momento, cada parte de nuestras bocas, nuestras lenguas se exploraban mutuamente, quedando entrelazadas en el delicioso intercambio de fluidos. Ya mis manos acariciaban la espalda de Mercedes, mientras sus manos acariciaban mi cabello desde la nuca. Nuestros ojos cerrados simplemente se dejaron llevar por ese momento tan especial, como si solo estuviéramos ella y yo en medio del espacio infinito.

Arrodillados sobre el sofá, subía el calor de nuestros besos. Nuestras piernas se acomodaron para lograr presión sobre nuestros sexos. Mi paquete no podía más. Los jeans de Mercedes estaban entre mis piernas. Ella hacía presión con su sexo, estábamos entrelazados y ninguno quería parar..

Con suavidad comencé a morderle el lóbulo de la oreja. Mi lengua jugaba con su pabellón. Mi nariz rozaba su cuello disfrutando su aroma, lo besaba, lo lamía, lo chupaba. Lentamente, entre besos y lamidas hice un camino buscando el lado inexplorado de su cuello, subí por el otro lado de su rostro hasta que llegué a la oreja que no había entrado en calor todavía. Mis manos acariciaron su espalda, la recorrí completamente por debajo de la blusa. Tenía una espalda divina.

Me pidió que la besara en la boca, quería sentir mis labios y nuestras lenguas atrapadas. Degustamos nuestros líquidos como quien degusta una Don Perignon. En un beso largo, suave y al mismo tiempo apasionado, nuestras lenguas bailaron en armonía dentro del salón de fiesta de nuestras bocas. A Mercedes le gustaba que le dieran amor, le gustaba sentirse querida, deseada, amada, consentida, pero sobre todo le gustaba sentirse hembra. La profundidad de nuestros besos, el recorrido de nuestras lenguas, siguió subiendo la temperatura. La intensidad era cada vez mayor, nuestra respiración se aceleró, nuestros deseos crecieron, cada uno quería más del otro. La presión de nuestros sexos así nos lo decía.

Sin decir nada, ella se acostó en el sofá utilizado el cojín y la esquina como almohada. Su mirada de lujuria era una invitación a un mundo excitante para explorar las partes no descubiertas del otro.

De forma seductora se recogió el cabello y mostró su rostro. Con el cabello suelto era una mujer muy atractiva, sexy, llamativa. Sin embargo, su rostro era aún más hermoso.

Su apertura al sexo era otro de sus atractivos, actuaba sin tabúes sociales, disfrutando el momento. Su experiencia era evidente a pesar de su juventud. Sabía que tenía mucha felicidad y amor que dar al sexo opuesto y lo hacía sin prejuicios. Era una mujer fogosa, inteligente, libre. Era una mujer que volvía loco a cualquier hombre.

Quería besar cada centímetro de su piel, oler cada parte de su cuerpo, disfrutarla plenamente. Me incliné entre sus piernas hasta que mi boca besó su desnudo ombligo y mi lengua lo saboreaba con ternura. Mordí su barriguita con delicadeza y pasé mi lengua por su vientre. Toda ella estaba divina, no había parte de ella que no quisiera tocar. Llegué hasta su brasier y lo desabroché por delante. Ella me ayudó a quitarse la blusa. Sus hermosos senos saltaron paraditos de la excitación. Estaban bronceados, como si hubiese estado en topless en la playa. Son bellos, pequeños, pero realmente bellos. Comencé a acariciar con mis labios la aureola su seno. Mi lengua jugaba con su pezón, el cual iba ganando, con cada roce, más firmeza. Lo chupé como si tuviera el bombón más rico del mundo en mi boca. Todo con suavidad, teniendo cuidado de no lastimarla pero subiendo poco a poco la temperatura. Mientras tanto, mi mano descubrió la excitación de su otro seno, mis dedos jugaban con su pezón que también estaba duro. Mi boca cambió de seno, pero antes en el trayecto, besó y lamió su cuello y pecho. La besé nuevamente en la boca, sus ojos estaban cerrados. Por un rato fui variando entre sus senos, cuello y labios. En algunos momentos mi boca volvía a su oreja para decirle lo hermosa que estaba, lo divina que estaba, lo loco que me tenía.


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