La muerte viene de frente

Por Mario Finestra
Enviado el 13/01/2016, clasificado en Intriga / suspense
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Dos golpes en la parte frontal del cráneo secaron la vida de Miguel Bold. Dos días antes del asesinato, Miguel había comprado unas botas azules a su hija de tres años. Alicia nació durante un invierno de nieves y cielos metálicos. La niña se parece a su madre. Temperamental, graciosa, feliz. Miguel Bold murió porque se lo merecía. El hombre que le sacudió con la barra de hierro a plena luz del día abandonó andando el lugar del crimen, sin síntomas de ansiedad ni premura. Sin hacer aspavientos, arrojó la palanca en un contenedor y, trescientos metros más adelante, montó en el autobús de la línea 11 con dirección al centro. Tres gotas de sangre salpimentaban la gabardina beis del asesino, un tipo de 36 años con pelo cobrizo y tez rosácea, como la piel de un cerdo.

A Miguel le encontraron inerte cuatro minutos después de recibir los golpes. El mecánico de un taller de automóviles había salido a la acera a fumarse un cigarrillo cuando se topó con el cuerpo tendido en la calle. Hizo un leve gesto de acercarse pero inmediatamente volvió sobre sus pasos y marcó el teléfono de la Policía. Los agentes tardaron quince minutos en llegar. Miguel estaba tibio, como aquella mañana de otoño.

 

Yo no quería morir. Aquel día me levanté a las ocho de la mañana y me fui directo a la cocina a preparar el desayuno de Alicia. Encendí el fuego y cocí las manzanas con avena y un poquito de canela. Era el desayuno favorito de la niña desde que un día cerró el capítulo del biberón. Marina, mi mujer, irrumpió en la cocina diez minutos más tarde. Me recriminó no sé qué y se marchó al baño a ducharse. No volví a hablar con ella. Nuestra relación se fue por el retrete hace dos años y tres meses, justo después de abandonar mi último empleo. Se cansó de verme estancado, lánguido y perdedor. No follábamos porque no le parecía lo bastante hombre. Si aquel tipo no me hubiera matado, mi mujer se habría divorciado dos semanas más tarde. Lo tenía bien rumiado. Se lo había dicho a su amiga Pepa Gómez, una mujer asertiva y cortante. Yo no le caía bien a Pepa, pensaba que era un vago y un jeta. Su papel de jueza me resultaba insoportable. Una sola mirada suya servía para que comenzara a balbucear palabras y justificarme por cualquier cosa.

 

—No le aguanto más. Estoy harta de verle deambular por la casa como un fantasma. Lo siento por la niña, porque le quiere, pero cuando me cruzo con él por el pasillo se me eriza el bello. De asco, — aclaró Marina mientras se llevaba otra onza de chocolate a la boca. Eran las cuatro de la tarde de un viernes, cuatro días antes de la muerte de Miguel. Marina y Pepa estaban sentadas en el sofá. Charlaban despreocupadas mientras la televisión volcaba imágenes de una serie victoriana.

 

—Sí ya lo tienes decidido, no esperes ni un minuto más. Es una rémora para ti y tu hija, — zanjó Pepa mientras se sacudía las migas de la tarta de zanahoria prendidas al suéter. Marina y Pepa no volvieron a hablarse hasta el día del deceso.

 

Ese día, el de mi muerte, arrancó como una fotocopia de los anteriores. Después de perseguir a Alicia por toda la casa para vestirle, salimos a la carrera hasta la guardería. Nada más entrar, la niña me preguntó por su mochila.

—Joder, se me ha olvidado en la entrada. Ahora vuelvo —le dije a Katrine, la dueña del jardín de infancia. Ella movió su boca hacia el lado izquierdo y dejó caer los ojos con lentitud. Solo le faltó llamarme 'pasmarote'.

 

Al volver a casa atajé por las calles estrechas que se extienden por detrás de mi casa. Ya no resido allí desde hace un par de horas. Ahora estoy muerto. Pero hace un instante, como quien dice, esa cuadrícula de asfalto formaba parte de mi rutina. Son calles desamparadas, jalonadas por contenedores, feas, avasalladas por pisos de paredes de cemento en cuyos bajos se concentran almacenes, talleres mecánicos y fruterías. Andaba ensimismado por el medio del asfalto cuando alcé la mirada al frente. Mi asesino estaba a veinte metros. No le conocía. Blandía una barra metálica en su mano izquierda. Sin embargo, lo que me llamó la atención fue su cara rosácea y esas dos fosas que albergaban unos ojos acuosos. Me resultó un tipo curioso, así que le empecé a mirar con atención. El tipo caminaba hacia mí. Si seguía ese rumbo, nos daríamos de bruces, pensé. Pero no. Cuando faltaban dos metros para producirse el impacto corporal, se detuvo. Entonces vi sus ojos más de cerca. No había sentimientos en ellos y eso me inquietó. También el trozo de hierro metálico que levantó con sus dos manos hacia el cielo.

 

 

 


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