Solo un beso Parte III

Por Prometea
Enviado el 15/01/2016, clasificado en Amor / Románticos
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El gran evento

Ella sentía mariposas en el estómago y empezó a percibir el aliento de él ya muy cerca de la comisura de los labios. Él rápidamente se humedeció con la lengua los suyos. Parecía que saboreaba de antemano el gran  premio.

“Ariana, te amo, te amo profundamente y te deseo como nadie te puede desear”.

Los labios estaban frente a frente, a menos de un milímetro. Ella no pudo más y cerró los ojos como para recibir el castigo y para evitar verlo a los ojos en ese momento. El siguió avanzando lentamente. Los labios entraron en contacto tan suavemente como una nave que aluniza. ¡Él sintió que una descarga eléctrica recorría su espalda y nunca supo que ella sintió lo mismo!

Siguió lento, aumentando la presión muy despacio, muy suavemente. En un momento la amable presión provocó que ella empezara a abrir un poco su boca. Él entendió la débil señal y abarcó con su boca la de ella, pero en realidad seguía acariciando muy despacio sus labios. Primero el de arriba, luego el de abajo. El momento se volvió desesperante, pero precisamente esa era su intención. Ella que ya había dejado sin ver la copa en la mesa, no se contuvo y cambió las caricias lentas por un embate frontal en el que ahora las protagonistas eran sus lenguas. El episodio cobraba una violencia completamente erótica. Los dos se tenían abrazados fuertemente y él podía sentir los pezones erectos de ella. Se estaban comiendo a besos. En medio de la batalla él dijo:

“Ariana, te quiero hacer el amor”.

Ella hizo como que no escuchó y él repitió “Te quiero hacer el amor”.

Esta ocasión ella primero disminuyó la intensidad y después paró por completo el beso al mismo tiempo que lo soltaba.

“Eso nunca podrá suceder”, contestó ella.

Guardaron silencio. Él lleno las copas de nuevo y propuso un brindis:

“Por el mejor beso que dos personas se han podido dar”.

Ella sonrió levemente, aceptando el brindis como una tregua, un acto para hacer las pases que dejara en el pasado para siempre algo que ahora le parecía demasiado bochornoso. Él volvió a dejar su copa y le preguntó acercándose de nuevo a su oído:

“¿Te gustó?”

Ella bajó la mirada y pareció que se quedó pensando.

“¿Tan mal estuvo?” insistió él. Como no obtuvo respuesta, se quedó quieto, absorto en sus pensamientos. Se comportaba como un perro sumiso que mostraba total arrepentimiento. Como un verdadero tonto que está al tanto de cualquier movimiento o pensamiento de su amo. Al menor movimiento de ella, él saltaba atento como su absoluto esclavo. Así estuvieron varios minutos. Ella sintió lástima de ese comportamiento en una persona que en el fondo admiraba aunque sea un poco.

Alzó la cara, dejó su copa en la mesa y le dijo “Está bien. No estuvo mal, pero… tú sabes que no debemos”. Al romper el silencio él mostro una expresión que deben tener lo creyentes cuando están entrando al cielo.

Como habían permanecido con los rostros muy cercanos, cuando empezó a hablar,  en un acto que ella misma nunca comprendería del todo, lo besó pero no con cualquier beso, sino con una réplica exacta del primero, tal como él lo había hecho. Fue una repetición del primer episodio con la única diferencia en quién había tomado la iniciativa. Él se dejó llevar. Ambos disfrutaron mucho más este segundo beso pues los nervios parecía que ya habían salido huyendo.

Cuando pararon, se sentaron derechos y se quedaron callados viendo la magnífica escena que tenían enfrente. Los dos suspiraron tan sincronizadamente que esbozaron una sonrisa. Al fondo se escuchaba una canción que un mesero con más iniciativa que buen gusto, puso pensando en que así colaboraría con los que se estaban comiendo a besos. La canción decía “Amor como el nuestro, no hay dos en la vida….” la estaba cantando José José. Ella solo meditaba en lo que acababa de suceder y la parte de responsabilidad que había tenido en el segundo encuentro. No entendía porque había hecho lo que había hecho. No comprendía que el alcohol, la excitación, el momento, la respuesta de su sistema nervioso, eran más responsables que su moral o fuerza de voluntad. Pero Eric si lo sabía. Lo sabía perfectamente.

Él rompió el silencio.

“Fue peor el remedio que la enfermedad”.

Sorprendida con esas palabras balbuceó: “Pero,,, ¿por qué? Yo creo que no fue tan malo”. Ella reaccionó muy tarde, ya se había delatado. Agregó queriendo componer las cosas, “además ya no se volverá a repetir” dijo enfadada consigo misma. Eso la delató más. Se había escuchado claramente como una justificación de lo primero que había dicho. Le dio un gran trago a su copa de champaña como queriendo tragar su coraje por el error de confesar algo que no quería haber dicho. Sin embargo el depredador no dejó pasar nada.

“Precisamente a eso me refiero”, la tomó de los hombros y buscó su mirada. Ella un poco asustada abrió los ojos y preguntó “¿A qué?” … “A que va a ser imposible vivir sin esto. Sin tus besos. Te juro por Dios que antes preferiría morir. Te lo juro”.

Se quedaron unos segundos quietos y ahora los dos aproximaron sus rostros al mismo tiempo en perfecta armonía de tiempo y ritmo. Vino el tercer episodio.

“Seremos unos amantes ejemplares y respetuosos” decía mientras los besos se habían mudado al cuello de ella. Se abrazaron muy fuerte y ella hizo la pregunta que exactamente él esperaba: “Pero, Eric, ¿qué vamos a hacer? Esto no puede continuar. No podemos, no debemos”. Ella recargó su sien derecha en su dedo índice, como cuando normalmente leía concentrada para entender algún concepto. Pero Eric no la dejó pensar, inmediatamente contestó:

“El amor siempre encuentra el camino. Tenemos toda la vida para besarnos. Tenemos tu mente brillante para encontrar miles de formas para vernos, para amarnos,,, para besarnos,,, para besarnos”, repitió como si estuviera soñando. “Nunca nadie lo sabrá. Ni tu esposo ni tu hermana ni nadie, más que tú y yo”.

Volvieron a ceder ante la tentación del placer que habían descubierto en sus besos desenfrenados y se sucedieron muchos más episodios hasta que se agotó la botella de champán.

Era muy buena hora pues apenas el sol se empezaba a poner.

Sin que ella se diera cuenta, él había hecho a sus espaldas unas señas para que en medio de uno de los besos más intensos, el capitán cambiara la botella por otra nueva destapada. La orden fue captada perfectamente.  Cuando estaban en un receso de intercambio de fluidos bucales, él llenó las copas de la manera más natural. Ella se sorprendió y solo balbuceó “Pero, pero, ya se había acabado, ¿Acaso es otra botella? Creo que ya estoy muy mareada y…”. Él puso su dedo índice en los labios de ella y colocó en sus manos la copa llena. Las chocaron logrando un tintineo muy agradable.


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