MISIVA DE UNA MADRE

Por YUSUF AL-AZIZ
Enviado el 18/01/2016, clasificado en Varios / otros
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         A mi hija Nerea con todo        

el cariño de su madre. La llevaré

por siempre en mi corazón esté

donde esté, y porque soy incapaz

de enterrar su recuerdo.

 

¡Hola, mi amor! Sí, soy mamá, tú madre, la que te ha llevado nueve meses en su vientre, la que se enorgullecía cuando sentía tus pataditas en su barriguita porque sabía que tú, mi cielo, ibas creciendo dentro de mí y que pronto, muy pronto, estarías a mi lado, conmigo, en mis brazos, y te daría mil un beso con todo el amor que una madre puede dar a sus hijos. Sentía como una vida, tú, se iba gestando dentro de mí. ¡Que ilusión Dios mío! Fue un tiempo de inmensas alegrías, de gozos, estaba henchida de ilusión porque iba a ser  madre, porque daría a luz un retoño sangre de mi sangre, y fue  un tiempo donde mis pensamientos estaban contigo y me hacía múltiples preguntas que morían en el aire. En las noches, en las oscuras noches de silencio eterno, entre blancas y suaves sábanas, cuando yacía en brazos de Morfeo, donde tormenta ni bonanza alteran el sueño, me despertaba mis pensamientos de madre. En esas noches oscuras, con mis brazos, rodeaba con dulzura mi vientre,  y te veía correr hacia mí, te cogía con mis brazos, te abrazaba con cariño y  girábamos, girábamos mil una vueltas, luego yo me acurrucaba embozando una sonrisa celestial. ¡Nunca podré olvidar esos momentos! Han quedado perennes dentro de mí, y me abrazaba a ti con todo el amor de mi corazón, con toda la ternura y delicadeza que tú te mereces. Algunas noches, de esa guisa, volvía a dormir, pero eran las menos, las más, esperaba el alba absorta en mis pensamientos construyendo castillos donde tú eras la protagonista de mis deseos, y te veía corriendo hacia mí fundiéndonos en un largo y apretado abrazo. Pensaba en el día en que nacieras, sería un día maravilloso porque el nacimiento de un hijo es algo muy especial, sin comparación, que te llena de orgullo y te estaría dando besos toda una eternidad. Pensaba  en tu primer cambio de pañal, en tu primer baño, en tu primera “papilla… ¡Que ilusión! Pensaba si sería buena madre, y te vería crecer a mi lado haciéndote mujer, más la vida no es como una piensa, o como una quiere que sea, sino llena de realidades, una realidad diáfana, sin sabor, sinuosa, con múltiples piedras que se debe sortear para no caer en desesperación.

Y llegó el día de tu nacimiento. Fue un día frío de invierno, pero muy dichoso. Me sentía dichosa por ser madre, ya me podían decir mamá, aunque la dicha, a veces, se trunca. Cuando naciste no te pude ver, ni oír tu llanto, ese llanto de vida que una madre está ávida por oír de su hijo nacido. Te sacaron rápido de allí,  no sé dónde te llevaron, pero no te vi, ni acaricié tu suave piel, y en el silencio de la habitación desesperaba, nadie me traía noticias tuyas, era como si no hubieras nacido, como si fuera un efímero sueño, todo se volvió noche, oscuridad y llanto. No podía creer que habías muerto, no lo podía aceptar, pero la realidad tiende su manto, negro, y nos impregna de cuita y dolor. Los médicos me dijeron que tu fallecimiento es un caso que se da uno cada…no sé que tiempo, pero te había tocado a ti, a nosotros. La familia me dijo que tuviera resignación, que es cosa del destino, pero si el destino lo hacemos nosotros, vamos subiendo sus escalones para ir forjando el camino de nuestra vida a seguir, pero ella no subió ni el primer escalón. Sí, el destino. ¡Maldito destino! ¿Por qué no me has dejado disfrutar de mi hija? El silencio se vuelve mudo y jamás tuve respuesta, pero mis ilusiones quedaron truncadas, quebradas, y aquellos castillos, grandiosos y fuertes, se derrumbaron porque eran castillos de arena. No percibía la realidad ni la sincronización del tiempo, no tenía don para cambiar el destino, pero jugué con la luz, con la esperanza, haciendo de ti eje de mis pensamientos, de mis arduos deseos, y he aquí que la vida me muestra la dura realidad, porque no somos quienes para cambiar nuestro designio en la losa del tiempo,  ya que están escritos con letras de oro imborrables. Ya no puedo pensar en otra cosa sino es en ti, tú acaparas mi vida, fuente de mi alegría, eres mi llanto y es tanto mi quebranto que, a veces, quiero estar a tu lado, no importa el lugar donde estés, y realizar juntas  todas mis ilusiones perdidas, todos mis deseos encontrados. Me dicen que no sueñe despierta, que no sea onírica, que la visa es un compendio filosofal, pero yo me resisto a olvidarte, y no puedo ocultar mi deseo de cuidarte, que te hubieras hecho mujer a mi lado, que te hubiera aconsejado en tu vida sentimental y te hubiera hecho ver, que comprendieras, las luces y las sombras que se esconden en la vida, que estaríamos juntas toda nuestra existencia, pero la realidad vuelve a mí y  lloro el dolor de tu ausencia. Ahora, en las noches de profundo sueño, intento abrazar mi vientre queriendo cogerte, pero no puedo, abro los ojos y tan solo veo oscuridad, y mi mente se preña de añoranzas manando mis ojos gélidas lágrimas. Estuve preparando tu llegada durante nueve meses, pero cuando llegó ese día, fue efímero, te fuiste en silencio, sin hacer ruido, haciendo mutis por el foro, del cual yo no sabía de su existencia, o al menos no pensaba en ello, y me dejaste con una gran pena, negra como el azabache, y fue tanta su impregnación, que la cuita no puedo desterrarla, y ya no puedo llorar porque se han secado  mis ojos y han dejado de manar sus lágrimas, por algo el dolor más grandes que puede padecer una madre es ver morir a un hijo, pero con tu marcha algo de mí se fue contigo, algo que espero esté eternamente  a tu lado, porque tú, mi amor, estás conmigo, te llevaré en mi corazón así pase una eternidad. Siempre maldeciré a ese destino que te separó de mí, que rompió todas mis ilusiones, que quebró mi vida, y podrá sequír quitándome lo que le apetezca, pero jamás me podrá arrebatar el hecho de haber sido madre.

Adiós cariño. Te quiero.

     Siempre contigo

         MAMA

 

 

 

 


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