Corolario

Por Jose Rodríguez Rivero
Enviado el 22/03/2013, clasificado en Drama
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Cuando la recibí serían las diez y cuarto de la mañana del lunes. Me había afeitado, duchado y desayunado como cualquier mañana monótona de cualquier día de cualquier año. Recién me había sentado frente a la pantalla del ordenador para pulir ese cuento que tanto trabajo me ha dado cuando sonó el timbre. En la puerta, un trabajador de una floristería la sostenía en la mano derecha mientras una leve sonrisa nerviosa le cruzaba la cara. Mi reacción fue la misma que se tiene con esas cosas inverosímiles que suceden de improviso, los ojos muy abiertos, un rapto de risa incrédula y la rabia que iba subiendo a causa de lo que yo pensaba una broma de muy mal gusto. Pero antes de mi reacción, hablemos de la corona. De un tamaño considerable, estaba conformada de flores blancas y amarillas (luego supe que se trataba de crisantemos y rosas) bastante olorosas y con una banda violeta en la que, en letras blancas, se leía “siempre estaré contigo”.

 

            Puede que pasaran cinco o diez minutos en los que no reaccioné ante ninguna frase del mensajero de la floristería o puede que fuera el mensaje escrito el que me ensimismó hasta un punto muy profundo. Al final, pasando los estados descritos antes de risa y de enfado, firmé en un papel y me quedé con ella. Lo que sucedió tras cerrar la puerta es sencillo: vacié el estante que está junto al televisor, con baldas de grandes dimensiones donde colocaba un viejo tocadiscos, y coloqué la corona, muy visible a toda la sala. Y así, observándola día, tarde y noche mientras hago mi vida entre esas cuatro paredes, voy rematando el cuento que tanto me ha costado escribir. Hoy es viernes, es decir, hace cuatro días que me acompaña, y todavía no me he preguntado quién habrá podido enviarla para burlarse de mí o si simplemente había sido un error de la floristería porque, en definitiva, ¿qué me importa? A lo mejor ya muy de madrugada, cuando confirme a la editorial que he terminado el dichoso cuento, pensaré qué uso podré darle a mi corona. Y dándome prisa, no sea que se marchiten las flores. 


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