El desconocido ( 1º parte )

Por Piculino68
Enviado el 18/02/2016, clasificado en Intriga / suspense
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Todo comenzó hace un par de años. Habíamos conseguido ocultar a nuestras parejas, el idilio de nuestra relación.

Los dos teníamos claro, desde el principio, que lo nuestro era única y exclusivamente eso.....SEXO y en estado puro, que jamás nos implicaríamos con los sentimientos y si alguna vez pasaba, cortaríamos de raíz.

Nuestro comienzo fue todo un clásico. Siempre en hoteles y practicando el sexo de mil posturas diferentes, pero enseguida caímos en la rutina, por lo que dimos un giro radical a la relación.

Ya había suficiente monotonía en nuestras vidas y decidimos lanzarnos, a dar rienda suelta, a nuestros más obscuros deseos sexuales.

La primera vez, fue en un ascensor de un centro comercial. Tener sexo allí fue maravilloso, nuestros cuerpos llegaron al éxtasis casi de inmediato. La adrenalina y la testosterona, se podían cortar en el ambiente.

 Aún recuerdo la cara del guardia de seguridad al verte salir abrochándote la blusa y la mirada pícara, que para mas inri, le lanzaste mientras te mordisqueabas el labio inferior.

La segunda vez, fue en la calle. Nos atraía la idea de hacerlo en público, ser observados  y sentir como las miradas se clavaban en nosotros con aires pecaminosos; pero el miedo pudo con el deseo y acabamos haciéndolo en una zona a medio urbanizar, donde era extraño cruzarse con personas.

Pero poco a poco fuimos tomando confianza y llegando cada vez más lejos con cada uno de nuestros sueños. Empezamos a añadir elementos en nuestro juego, por llamarlo de alguna manera.

Al principio un juguetito sexual, una película porno y muchas ganas de imitar cada una de las escenas, lo que mantuvo nuestra relación caldeada hasta limites insospechables.

La necesidad de ir más allá, nos daba alas para imaginar y crear nuevos juegos y llevarlos a cabo.

Tu cuerpo y el mío se fundían en un éxtasis embriagador, que me llevaba a sacar el demonio obsceno que crecía dentro de mi y proponer nuevas y más arriesgadas aventuras, a las que tu añadías un poco de pimienta, para hacerlas más excitantes.

Lo acabamos llevando hasta tal punto, que hicimos un trío con hombres y otro con mujeres, empujándolos, en nuestra locura libidinosa, a tener relaciones homosexuales, casi sin su consentimiento.

La imaginación volaba a sus anchas poniendo, cada vez, retos imposibles que siempre llegaban a buen fin.

Éramos los amantes perfectos. El disfrute estaba garantizado con cada nuevo juego y los orgasmos eran cada vez mas intensos y diferentes.

El siguiente reto marcado era algo que llevábamos tiempo deseando ambos. Contratar a un desconocido, pedirle que nos ate y que nos folle a ambos, todo ello acompañado de un ritual de juegos, en el que van incluidos ciertos toques de sado-masoquismo.

Le pedimos que se hiciera cargo de todo. Que buscará un lugar tétrico y desangelado, donde hacer fluir sus ideas.

Que trajera consigo distintos juguetes que ayuden a la excitación y que jugara con nosotros, para después follarnos como un poseso, mientras el otro miraba como lo hacía.

Llegó el día, ambos habíamos pedido el día libre en nuestros trabajos. Ninguno sabía como era el desconocido, ni su altura, ni su color de pelo tan siquiera.

Nos citó mediante mensajero. Nos hizo llegar un gps a cada uno con una dirección pregrabada y nos pidió que fuéramos cada uno a horas diferentes, distanciadas entre sí por una media hora.

El primero en llegar fui yo. Lo primero que me encontré fue una casa abandonada, medio en ruinas. La casa estaba rodeada por un banda de advertencia de la policía y señales de peligro de derrumbe.

Al poco apareció el, era una persona corpulenta, bien formada, sus ojos eran negros azabache, moreno y de tez blanquecina, casi enfermiza. Era muy guapo, nada más verle sabía que te iba a encantar.

Venía arrastrando una silla de ruedas en perfecto estado, de echo le colgaba aun la etiqueta de compra. Me pidió, con voz sobria y ronca, que me sentara en ella y ato mis muñecas a los reposabrazos de la misma, vendó mis ojos y nada más hacerlo metió en mi boca una dulce fruta y entre susurros al oído me dijo que sería la noche más inolvidable de nuestras vidas.

Acto seguido, sentí como se desplazaba la silla sin rumbo  cierto, pero oí tras de mi el golpear de una puerta de chapa al cerrarse. Todo quedo en silencio y la espera se hizo interminable.

Poco después, casi pasada esa media hora, sentí como se abría de nuevo la puerta y el chirriar de las ruedas de lo que creo era otra silla como la mía. La colocaron de espaldas a la mía y nos pidió mantener un silencio sepulcral.

Pero mi asombro fue mayor al oír entrar lo que me parecían otras dos sillas, acompasadas por el ruido de unas pisadas que me hicieron comprender que no estaba sólo.

 


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