El francotirador

Por cclecha
Enviado el 10/02/2016, clasificado en Fantasía
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     En la trinchera cada vez quedamos menos soldados. Muchos habían caído. La efectividad de nuestros enemigos era enorme…a pesar de que nos protegía la trinchera, cuando nos asomábamos, recibíamos un balazo.

     A escasos metros de mí, doblado y encorvado se encuentra un compañero mío, con despojos de lo que queda del uniforme caqui de reglamento. Acababa de caer fulminado por una bala, cuando se encaramó para controlar al enemigo.

     Todo se confunde con el barro, las ratas y la suciedad. Los cuatro soldados que quedamos, orinamos allí mismo, en la trinchera, haciendo que el ambiente sea irrespirable.

     Cada vez somos menos los que quedamos…pero he de reconocer que yo, por mi parte y gracias a mi rifle de precisión, también he abatido a bastantes soldados enemigos. Sin embargo, ahora estoy asustado, porque se que ya nada puede detener al rival. Para no caer exterminado por la precisión de las balas de este, me he confeccionado un pequeño espejo de mano, atado a un palo, que asomo por lo alto de la trinchera, para ver al enemigo. Gracias a este artilugio, he podido observar a un oficial enemigo, con unos prismáticos al cuello, que donde pone el ojo, pone la bala, es mortal.

       Afortunadamente, una vieja radio que nos distrae y que funciona con unas pilas casi sin vida, anuncia que la guerra acaba de terminar…en realidad se aconseja a los de nuestro bando que nos rindamos como mal menor. Nuestro ejército ha perdido mucho territorio y posiciones, se impone la paz.

       Desato el espejo, me lo guardo en el bolsillo y en el mismo palo, ato un trapo blanco y lo agito a modo de rendición. Al poco, oigo las voces de los enemigos que se acercan… irrumpen en la trinchera, capitaneados por el oficial mortífero y nos hacen colocar de rodillas y desarmados. El oficial saca su pistola y sin pensárselo, da un tiro a la cabeza a mis compañeros.

       Yo miro hacia lo alto, por si hay alguien que me escucha, rezo e imploro…no creo que el asesino se detenga…mis plegarias, temblorosas, atraviesan las nubes y se elevan hacia el infinito, cuando un una voz ronca me dice

       -Tú…el del espejo….levántate. Pasarás a ser nuestro prisionero. Creo que nos podrás ser útil.

       Me sacan en volandas de la sucia trinchera, me meten en un camión de tropas y al cabo de un tiempo, estoy en una no menos sucia y húmeda mazmorra.

       Injustamente el tiempo va pasando y no tengo la menor noticia de ningún intercambio de prisioneros, ni de conversaciones de ningún tipo. Estoy vivo, por el simple capricho de mi captor y de sus oscuras intenciones. Hace tiempo que me hallo cautivo. No sé, si han pasado un mes o dos, he perdido la noción del tiempo… estoy desesperado y haría cualquier cosa por salir de esta terrible prisión. Cuando ya he perdido cualquier esperanza de ver el exterior, la puerta de mi celda se abre bruscamente y aparece el oficial asesino.

     -Creo que los dos nos podemos necesitar.-me dice- Si haces exactamente lo que te digo, volverás a ver la luz del sol, quedarás libre y serás dueño de tus actos, sino…te aplastaré como una cucaracha

     Yo, ya no tenía voluntad, valía menos que un trapo sucio…en estos momentos haría lo que fuera por salir de aquella situación. El oficial, adquiriendo un aire cínico, siguió hablando

     -No sé por qué motivos, uno de los jueces que lleva los delitos de guerra, tiene mi expediente y mi foto-me dijo mirándome socarronamente-¡Como si yo tuviera que ver con ningún acto de las actuaciones innobles que se producen en las guerras! ¿Me sigues?

       Asentí un tanto atemorizado

       -Dentro de un par de días, este juez, irá a comer a un restaurante con no sé con qué comisión de justicia y paz para organizar las cosas. Se de buena tinta, que mi expediente solo está en sus manos… ¿Vas comprendiendo?

       Negué con la cabeza, implorando una explicación

       -Muy simple…solo él tiene mi expediente, al igual que solo yo, se de ti y de tu cautiverio. Si él desapareciera, se perdería mi expediente. Y sí tú, hicieras bien tu trabajo, quedarías libre.

     Ahora empezaba a comprender…mi misión consistía en matar al juez.

     -Me demostraste que eres muy bueno con el fusil. Cuando salga del restaurante el juez, le dispararás desde la azotea del edificio de enfrente con el fusil que te suministremos. La pequeña escolta que lleva, te buscará, pero si haces las cosas con celeridad, escaparás. Yo te estaré observando…si fallas, te mataré. Podría matar al juez, yo mismo, pero prefiero quedarme en un segundo término. La escolta seguirá la dirección de la bala y prefiero que escapes tú, que no yo.

       Hice un gesto de conformidad con la cabeza. Entendía que no podía hacer nada más.

       -Bien…tienes un aspecto deplorable con esta barba…no te puedo sacar a la calle de esta forma. ¿Todavía tienes el espejo de mano?

       Asentí

       -Bien, te traeremos una navaja y un recipiente con agua y te afeitas.

 

       Llegó el día señalado y dos esbirros del oficial me condujeron a la azotea del edificio de enfrente del restaurante, me dieron el fusil pertinente y me enseñaron la foto de la víctima. Fueron concisos

       -Cuando salga el juez lo matas y sales a todo correr escaleras abajo…los escoltas todavía estarán confundidos. No olvides que el oficial te estará observando.

     Aposenté mi fusil, entre la pared maestra del edificio de al lado y la baranda de obra de la azotea. Esperé a que mi victima saliera del restaurante, pero antes puse mi espejo de mano, entre la pared y a baranda, por si su reflejo me podía dar alguna pista de quien me estaba observando. No tardé en ver como en un edificio no muy lejano, detrás de un balcón generoso, las cortinas se abrían y aparecía la maléfica figura de mi perseguidor en forma de oficial.

       Esperé a que mi víctima, el juez, saliera del restaurante…no sabía cómo iba a reaccionar…mi mente estaba en blanco y cualquier reacción mía era posible. En estos momentos no me conocía a mí mismo. No sabía cómo reaccionaría. Las circunstancias me llevaban a cometer el asesinato, pero mi entendimiento se negaba a seguir un rumbo fijo. Matar en la guerra era una cosa, pero cometer un asesinato en tiempos de paz, era una acción innoble. Recordaba como mis superiores me alababan que matara soldados enemigos. Me llamaban patriota, héroe y soldado ejemplar…en el fondo me utilizaban para el beneficio de unos pocos. Pero ahora me encontraba sujeto por las circunstancias. Tenía un colapso interior, no quería volver a matar.

       La víctima estaba saliendo del restaurante con su escolta…entonces actué sin pensar…sorprendentemente me revolví…apunté con celeridad a la ventana de las cortinas abiertas, el oficial acababa de salir al balcón, con su fusil, para observarme mejor…disparé un par de veces…el oficial cayó hacia delante, doblándose y precipitándose a la calzada.

         Se armó un revuelo considerable, la confusión era enorme, los escoltas fueron a ver qué había sucedido y yo milagrosamente, aproveché el caos para escapar.

 

 


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