Una verdad de Perogrullo

Por Guillermo Tres Diablos
Enviado el 10/02/2016, clasificado en Reflexiones
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Gustavo siempre ha tenido un sueño que jamás se ha atrevido a realizar. Desde la adolescencia ha deseado romper con su pasado, levantarse siendo un hombre nuevo. Le gustaría inventarse a sí mismo. Pero al terminar el desayuno se le suelen olvidar los buenos propósitos y continúa con su vida sin grandes variantes, reproduciendo más o menos siempre el mismo día.

Estamos hablando de la clase de hombre que no cambia jamás de peinado, uno de esos sujetos que desde la infancia parecen haber tenido siempre la misma cara. Nunca fue un gran estudiante. En casa gozó de apoyo económico y de afecto. De momento tiene trabajo y bastante tiempo libre. No disfruta demasiado con lo que hace, pero tampoco tiene grandes pretensiones.

El sueño de Gustavo es aprender idiomas, tocar un poco la guitarra, ser más habilidoso en las relaciones sociales, hacer un poco de deporte. Pero considera, adoptando una actitud fatalista, que para lograr llevar a cabo todas esas actividades hace falta talento, algo así como estar bendecido por los dioses. No hay quien le convenza de que para hacer las cosas hay que ponerse a ello sin más, intentarlo. Se chantajea a sí mismo aceptando que él es un ser mediocre que debe conformarse con una vida mediocre. Muchas veces ha deseado por la noche ser otra persona al levantarse, que se produjese un cambio abrupto, repentino, levantarse sabiendo tocar con decencia la guitarra o chapurreando varios idiomas. Le gustaría ser un seductor por arte de magia. Lo han educado en la obediencia y, si no le dan órdenes, por sí mismo no se atreve a desarrollar una conducta independiente y genuina. Sus amigos son muy similares a él. En lugar de aportarse algo entre sí parecen haberse puesto de acuerdo en arruinarse el tiempo libre mutuamente. Compartiendo el aburrimiento parecen justificar la precariedad de su día a día, como si un tedio compartido fuese menos tedio, o como si doliese menos el hastío por el hecho de ser colectivo. Olvidan que cada uno muere por independiente.

Gustavo comienza a estar muy harto de su vida. Está atrapado. Mucha gente pagaría por disfrutar de su bienestar. No pasa hambre, tiene el dinero suficiente para vivir con cierta holgura. Tiene tiempo libre para gestionarlo a su antojo. Vive en un lugar pacífico en el que el nivel de vida por lo general es más que aceptable. ¿Por qué se siente mal consigo mismo? Quizás porque nunca ha hecho lo que deseaba, quizás porque no le dejaron pensar por sí mismo qué es lo que le gustaría hacer de su vida, porque fue siguiendo a trancas y barrancas un ritmo que le imponían desde afuera.

Gustavo lleva una semana horrible. Ha decidido por fin llevar a cabo su sueño. Va a hacerse un hombre nuevo. No tiene intención de dejar su trabajo ni de abandonar a sus amigos. No. Simplemente va a pensar qué es lo que quiere hacer y se va a poner a ello. Ha decido que si quiere hacer deporte lo que tiene que hacer es deporte. Si quiere aprender a tocar la guitarra necesita intentar aprender a tocarla, si pretende ser más hábil a nivel social debe intentar desarrollar habilidades sociales y ponerlas en práctica de un modo activo. Es decir, tiene que hacer cosas que rellenen su vida de sentido. Se ha dado cuenta de que el cielo es azul bastante tarde. Aunque nunca es lo suficientemente tarde para darse cuenta de las cosas. Sí, el cielo azul es azul. Parece simple; sin embargo, las verdades del señor Perogrullo a muchos les cuestan. Sí, Gustavo ha tomado por fin una determinación. Va a cumplir su sueño. Va a vivir su vida. Ha comprendido por fin que para vivir hay que vivir.


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